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42 Madrid VIERNES 2 6 2006 ABC SE DICE SE COMENTA BUSCAR A LOS COBISTAS Hubo distracción en el último Pleno del Ayuntamiento madrileño. Bastó que ABC presentara en sociedad al grupo de fieles compañeros de Manolo Cobo, para que más de uno de los ediles, sobre todo populares, se pusiera a echar cálculos. Alguna lengua viperina aseguró que los cobistas son menos de los que podían imaginarse antes del fortalecimiento de Ana Botella. Otro, éste socialista, señalaba que cobista es sinónimo de gallardonista y que no puede establecerse divisiones. Incluso al ver marchar al alcalde y a su mano derecha hacia Ocaña, en la misma noche del Pleno, algún que otro concejal de distrito seguía buscando cobistas MADRID AL DÍA LEVANTAR LA MORAL A TRINI TABARRÓN IGNACIO RUIZ QUINTANO En la Plaza Mayor hay unanimidad: Trini sigue aún noqueada tras sufrir las garras oratorias de un Gallardón implacable en el debate sobre Madrid. En el PSOE hay preocupación porque la todavía candidata no levanta cabeza. Algunos atribuyen a tal estado de zozobra que se le ocurriera reclamar, entre la perplejidad general, el final de las obras de la M- 30. Sus compañeros no daban crédito. Hasta la propia Inés Sabanés- vaya rato que le están haciendo pasar sus enemigos de IU, por cierto- se frotaba los ojos. No son los mejores tiempos para TJ, abatida al ver cómo Zapatero no engaña a nadie para asumir el marrón de encabezar la lista municipal. N ada más salir a la calle, la gente te habla de Marín, que no es el pueblo de esos gallos por los cuales algunos restaurantes de la capital tratan de pasarte los fletanes, sino el nombre del tío más cursi, vivo o muerto, que uno haya conocido en Madrid. Cuando habla, siempre más apretado que las tuercas de un submarino, se percibe lo que un cronista clásico describía como el mosconeo irreverente de un vocablo que escapa de gargantas audaces: Un vocablo feo, plebeyo, reprochable, que ronronea con todas sus erres y alarga su rotundo final aumentativo: el vocablo tabarrón Y el cronista, por clásico, más que escribirlo, lo pinchaba con su pluma sobre el papel, como se suele hacer con un insecto repugnante. Con el repunte de la primavera, Madrid rebosa de insectos repugnantes, es decir, de tabarrones, y ahí quiero ver a la nueva y simpática delegada del Gobierno, que tan risueñamente recuerda a la marmota de Bill Murray en Atrapado en el tiempo ¿Quién y cómo ha de quitarnos esos tabarrones de encima? Es un tabarrón el debate político que los taxistas te obligan a escuchar por la radio, y un tabarrón, además, que huele a estafa: el presidente hace desplantes bobos- -desplantes para turistas, pero turistas de los de ahora, entre los que ya no están ni Ava Gardner ni Hemingway- -ante un jefe de la oposición escandalosamente afeitado no ya para el toreo de a pie, sino para el toreo de a caballo. ¡Tabarrón! Tabarrón como las banderillas al violín, que fue violón, del novillero moro, que es francés, igual que todas las plazas de toros parecen moras, pero son españolas, ¿o es que puede haber algo más español que el ladrillo? En España, el camino más rápido de hacerse millonario después del toro es el ladrillo, y por eso todas las plazas de toros son de ladrillo mudejarillo. Tabarrón como la teología del mal de Umbral, como la cultura de progreso de Alpuente o como el concierto de Año Nuevo, y van casi noventa, de Chavela Vargas, la única varona aceptada por el Indio Fernández, circunstancia que, desde luego, no da para casi noventa conciertos, que es que a Almodóvar le gusta mucho Tabarrón, tabarrón y tabarrón.