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66 Cultura JUEVES 1 6 2006 ABC TEATRO Cruel y tierno Autor: Martin Crimp. Traducción: Borja Ortiz de Gondra. Dirección: Javier G. Yagüe. Escenografía: Elisa Sanz. Vestuario: Alejandro Andújar. Iluminación: Kiko Planas. Intérpretes: Aitana Sánchez- Gijón, Iñaki Font, Gonzalo Cunill, Chusa Barbero, Chisco Amado, Judith Diakhate y Daniel Bolorinos, entre otros. Lugar: Teatro Valle- Inclán. Madrid. CLÁSICA Orcam S. Martínez: Roma (estreno) A. Ruiz Pipó: Concierto para piano y vientos O. Respighi: Las fuentes de Roma y Los pinos de Roma Intérpretes: L. Bosom, contralto. M. Gurkova, piano. Orquesta de la Comunidad de Madrid. Director: E. Diemecke. Lugar: Auditorio Nacional, Madrid SOBRE HÉROES Y TUMBAS JUAN IGNACIO GARCÍA GARZÓN INQUIETUDES ALBERTO GONZÁLEZ LAPUENTE S obre la falsilla de Las traquinias de Sófocles reescribe Martin Crimp una historia de despecho amoroso y guerra. En los ecos de la obra clásica presentes en el texto contemporáneo late también el destino inexorable que arrastra a los personajes, el fatum trágico marcado ahora por los vientos de la política y las necesidades de la propaganda, más implacables que el designio caprichoso de los viejos dioses. En la pieza que el dramaturgo ateniense estrenó en torno al año 420 a. C. Deyanira envía a Hércules un manto teñido con la sangre venenosa del centauro Neso pensando que está impregnado de un filtro de amor; la esposa trataba de recuperar el cariño de su marido enredado en los afectos de una joven tomada como botín de guerra. En la reescritura de Crimp, la venganza y no el amor guía el comportamiento de Amelia, quien, al enterarse de que la adolescente que ha acogido en su casa por deseo de su esposo no es una refugiada de guerra sino la amante de aquél, manda al general victorioso en la guerra contra el terrorismo internacional una almohada infestada con un virus. El manto consumía la carne de Hércules y si intentaba arrancárselo, se arrancaba también la piel. La almohada envenena mortalmente al general, condenándolo a una larga agonía con el cuerpo acribillado de pústulas y llagas. En Cruel y tierno el conflicto amoroso, la infidelidad del guerrero es un desencadenante de los acontecimientos P Aitana Sánchez- Gijón, en un momento de la obra posteriores, pero no el eje principal de la obra, que, a mi juicio, reside en la transformación de un héroe de guerra en criminal de guerra cuando la contienda ha concluido y los intereses políticos aconsejan la depuración de responsabilidades por los efectos colaterales- -léase víctimas inocentes- -de la campaña, desarrollada en África según se explicita, aunque tras los datos pueda adivinarse alguna velada referencia a Irak. El antes héroe y ahora genocida no comprende que el trabajo que ha hecho a conciencia siguiendo órdenes, y por el que antes había sido felicitado, sea ahora la causa de su desgracia. Este conflicto se concentra en el último tercio de la función; antes, la escritura de Crimp se pierde en meandros preparatorios, muy lejos del pulso de su maestro Pinter. Javier G. Yagüe, director de la sala Cuarta Pared, ha concebido un montaje- -con los espectadores dispuestos en tres de los lados de un espacio escénico rectangular- -que evoca alguno de los que ha firmado en ese ámbito alternatiABC vo. Una inteligente concepción espacial que transmite una sensación de provisionalidad y desorden, de adecuada incertidumbre, pues Amelia y sus sirvientes han sido trasladados con muebles y enseres a un hangar mientras aguardan el confuso regreso del general. La acción se desarrolla dispersa en distintos focos y esa aparente falta de concentración es la que precisamente otorga coherencia interna al espectáculo. Aitana Sánchez- Gijón, una Amelia que va de menos a más, es una actriz que se mueve en las gamas frías de la interpretación y por eso sus personajes parecen envueltos en distancia, aquí alcanza la temperatura de fusión en la escena en que se enfrenta a su hijo, un formidable Iñaki Font. La función, ya digo, levanta el vuelo cuando por fin aparece en escena el general, que Gonzalo Cunill encarna con acierto, convirtiéndolo en un ser perdido en el laberinto de sus contradicciones, lacerado y violento, brutal y tembloroso, incapaz de aceptar el cambio de signo de su fortuna. CLÁSICA Ciclo de la OCNE Obras de B. Bartók y L. Janácek. Intérpretes: Orquesta y Coro Nacionales de España. Director: Josep Pons. Solistas: A. Roocroft (soprano) C. Wyn- Rogers (contralto) N. Schukoff (tenor) J. A. Lopez (barítono) P. Mikulas (bajo) y J. Joseph (órgano) Lugar: Auditorio Nacional, Madrid. PARTITURAS DE CENTROEUROPA ANTONIO IGLESIAS H e de declararme ferviente admirador del húngaro Béla Bartók, antes de manifestar mi indiferencia ante la escucha de su Cantata profana escrita para dos voces solistas, coro y orquesta, apenas cono- cida por poco programada; indudablemente que una de las razones será la de su incuestionable impersonalidad, por muy cuidada escritura que se denote, además de la enorme dificultad que conlleva la parte del tenor solista, diríase que casi irrealizable, vencida en esta ocasión por Nikolai Schukoff, excelente solista austríaco y, a su lado, el barítono español José Antonio López. Bastante equilibrada la versión dirigida por Josep Pons, bien podemos asegurar que nos ofreció a la perfección de la obra bartokiana, con la respuesta lograda de sus profesores y voces de la prestigiosa OCNE, bien preparado el Coro por su titular, Mireia Barrera, en un esforzado trabajo que se aplaude. Esta misma respuesta triunfal de los oyentes, aumentada, ratificó un merecido éxito tras la interpretación de la Misa glacolítica del checo Leos Janacek, dictada con seguridad por Pons, partitura que pudo hasta consagrar un nombre y que, si oscila entre lo religioso y lo patriótico, lo mismo puede observarse en una estética que parece abandonarse dentro de un sentido romanticismo general. Excelentes sus momentos de puro sinfonismo, lo mismo que sus dos parlamentos del órgano solista (muy bien traducidos por el surafricano Jeremy Joseph) aun cuando en primer lugar corresponda la cita del tenor austríaco ya citado, cuyo esfuerzo obtuvo momentos extraordinarios de verdad, seguido por la soprano inglesa Amanda Roocroft y, ya en una lejanía en razón de sus parcas intervenciones, por el bajo Peter Mikulas y la contralto Catherine Wyn- Rogers; insistiré en la lograda actuación del Coro Nacional de España. A recordar el Credo impresionante por su lograda, aunque difícil unidad conceptual, indudablemente, el mejor momento de la interesante jornada. or mucho que se escriba y se diga de ella, la música sólo sabe hacerse efectiva a través de la audición. Lo que no suena es tanto como lo que no existe. Y así, se van acumulando partituras de vida efímera, y a veces triunfal, pero de las que apenas podrá ya conocerse nada. Sencillamente porque el tiempo las perdió. El silencio es la muerte y, en muchos casos, también la de sus autores. Por eso, hay que valorar en su justa medida cualquier esfuerzo realizado con el solo afán de revitalizar la memoria. Hoy es la Orquesta de la Comunidad de Madrid, porque una vez más en un concierto de temporada ha sabido mezclar el repertorio más popular, a través de la música de Respighi; el más nuevo, mediante el estreno de Roma de Sofía Martínez; y el recuperado, con el Concierto para piano y vientos del, no hace mucho, conocido pianista, profesor, gestor y compositor Antonio Ruiz- Pipó, fallecido en 1997. También la descripción de su vida se ha refrescado con la pequeña monografía escrita por Andrés Ruiz Tarazona y entregada con el programa de mano. Pero hay más matices. Jorge Fernández Guerra remueve conciencias al explicar, en este mismo programa, cómo el fascismo español tuvo éxito al extirpar cualquier atisbo de vitalidad en un españolismo de raigambre noble Y se refiere al que abanderó el Falla final, el más espiritual aquel al que quiso aferrarse la obra de Ruiz Pipó. Al menos, este Concierto teñido de españolidad de ley, de sólido oficio, de rectitud francesa y de un stravinskismo frío y objetivo que, ya en 1989 (tiempo para una tradición perdida) era apenas un eco algo forzado. Pero en paralelo a ese recuerdo hay obras como Roma de Sofía Martínez, cuyo colorismo afrancesado y su estructuración dan cuenta de un pensamiento sincero y muy personal. Se trata de un breve díptico orquestal enlazado a través del silencio y unificado por la variación y el sentido modal de los temas. Una obra concreta, medida, y exacta, afín a los cuatro versos de Gianni Rodari insertados al final, que encontró una lectura atenta en la voz de Lola Bosom, el maestro mexicano Enrique Diemecke y la orquesta madrileña, como antes lo fue en la seguridad de la pianista Mariana Gurkova. Todos actores para textos de necesaria escucha.