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ABC JUEVES 1 6 2006 Cultura PAUL AUSTER, PRÍNCIPE DE ASTURIAS 61 Víctor García de la Concha Director de la Real Academia En él concurre el mérito de ser un gran renovador de los géneros literarios, no sólo de la novela Fernando Sánchez Dragó Escritor Es uno de los autores más en boga entre los jóvenes, por lo que su elección no puede dar lugar a controversias Rosa Navarro Durán Catedrática de Literatura Es un muy buen narrador por su originalidad y capacidad para llegar a capas muy amplias de la sociedad EL REALISTA AZAROSO JUAN ÁNGEL JURISTO E Paul Auster, fotografiado en Nueva York hace dos años CORINA ARRANZ EL MAESTRO DE LA ESCUELA DE BROOKLYN MERCEDES MONMANY aul Auster es uno de los grandes y más influyentes escritores de nuestra época. Su sensibilidad literaria no sólo ha enlazado de una forma notable con grandes capas de lectores de todo el mundo, sino que se está dejando ver también poco a poco, de forma muy visible, en la escritura de jóvenes autores de los más interesantes en este momento. Autores neoyorquinos como Nicole Kraus, que ha obtenido un gran éxito con sus dos primeros libros, y su marido Jonathan Safran Foer, podrían muy bien formar parte de una cierta Escuela P Brooklyn de la que Auster significaría el maestro principal o referencia en todo lo que concierne a sus tramas existencias y desasosegantes, a sus búsquedas de enigmas de identidad, a sus difusas huellas familiares o a los diversos traumas, huidas y éxodos que tienen que ver de forma muy directa con lo que es la historia de los judíos en nuestras épocas recientes. Unas tramas o misterios plagadas de referencias librescas y de guiños literarios, que son una marca de estilo importante en un autor como Paul Auster, gran conocedor de la literatu- Auster es el autor ideal para tender un puente muy necesario entre las dos orillas del Atlántico y dos formas de entender el arte: Europa y América ra de todos los tiempos, y en especial de la francesa, de la que es un incontestable y fino erudito, como demuestran muchos de sus libros de ensayos, traducciones y recopilaciones hechas por él mismo. El autor ideal, en definitiva, para tender un puente muy necesario entre las dos orillas del Atlántico y las dos sensibilidades y formas de entender el arte: la europea y la americana. n una entrevista inédita que concedió ya hace años a Larry McCaffery y a Sinda Gregory, Paul Auster confiesa su contradicción más íntima como escritor y que lejos de representar una ventaja le ha supuesto un sinfín de dificultades: el hecho de que quiera ser un escritor realista a conciencia y termine, luego, y gracias a esa introducción extraña del azar y de lo fortuito, siendo malinterpretado por los críticos y colegas y calificado de narrador de sincronías y ello hasta el punto de que muchos le han considerado un escritor de casualidades en discordancia frontal con sus propósitos de ser un cronista riguroso de lo que acontece. En vano Paul Auster defiende que el azar es parte de la realidad y que existe un poder de lo fortuito tan presente como el que se desprende de lo necesario. Y es que a este escritor norteamericano, a pesar, o quizá por ello mismo, de su éxito, le acecha siempre la sombra del malentendido, con el que ha tenido que luchar desde su juventud. Probablemente La invención de la soledad es el libro que defina con más rotundidad esta faceta. Hay en él una hermosa e intensa relación con el pasado de su tribu, en especial con su distante y frío padre, pero también con su familia, una de las muchas familias judías establecidas en Newark, la ciudad portuaria de Nueva Jersey, como años antes la de Philip Roth, y donde descubre que se había producido un asesinato en su seno. En este detalle donde vemos el modo en que la realidad se transmuta en otra cosa, pues es capaz de hacer entender ese carácter desabrido del padre y, a la vez, condiciona la relación que ahora el escritor establece con él y su memoria. Quizá sea esta relación con la estirpe y el dolor lo que subyace en sus obras, conformando un esqueleto denso y fiero, por debajo de las múltiples referencias a la cultura europea, en especial la francesa, de la que fue traductor apasionado, de su empeño y logro por cantar a las gentes y los lugares perecederos de Brooklyn y su inmersión en los modos y maneras del Nueva York de su generación. Y aunque no lo parezca en principio es esto lo que emparenta a sus personajes con los de un Bellow, un Malamud o un Roth, eximios y extravagantes representantes de la novela judía norteamericana de otro tiempo. Otras voces, otros ámbitos, sí, pero las vivencias permanecen ahí soterradas, casi eternas.