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60 Cultura PAUL AUSTER, PRÍNCIPE DE ASTURIAS JUEVES 1 6 2006 ABC REACCIONES Justo Navarro Novelista Su mejor libro es La invención de la soledad Conecta por su rebeldía, como la crítica a la guerra de Irak Andrés Amorós Catedrático de Literatura Aporta al cine y toma cosas del cine para la literatura, por lo que es un escritor de hoy, muy vivo Jorge Herralde Editor de Anagrama Su literatura es de extrema elegancia. Es un creador muy apreciado por los lectores de habla española César Antonio Molina Director del Instituto Cervantes Tiene el raro privilegio de convertir la realidad cotidiana en algo mítico y misterioso ABSORBENTE, HIPNÓTICO, IRRESISTIBLE POR JUAN MANUEL DE PRADA C ada época nos procura, junto a sus escritores de temporada, sus escritores consagrados y sus escritores secretos, lo que podríamos denominar escritores fetiche que son aquellos que provocan en sus lectores un furibundo e incontenible apetito coleccionista, que abarca por supuesto su producción literaria pero que con frecuencia se extiende a otros ámbitos limítrofes. Durante un tiempo, ese escritor fetiche (al menos en el ámbito hispánico) fue Jorge Luis Borges: suficientemente divulgado entre un público culto, nunca llegó a ser popular al estilo de García Márquez; sin embargo, en torno a su obra literaria se llegó a desarrollar todo un subgénero editorial: libros de entrevistas con el maestro, libros prologados o meramente recomendados por el maestro, libros de fotografías del maestro, etcétera. El borgiano de pro no podía conformarse con nutrir sus anaqueles con los volúmenes escritos por su venerado escritor fetiche; debía, también, avituallarse de todo libro que ayudase a dilucidar su figura, su personaje, sus simpatías y aborrecimientos. Algo semejante ocurre hoy con Paul Auster (Nueva Jersey, 1947) quizá el autor más influyente de nuestra época. Que Auster se ha convertido en una escritor fetiche se demuestra cuando comprobamos que también se editan con éxito sus guiones, ya sean para películas propias Lulu on the Bridge o ajenas Smoke incluso aquellos libros recopilatorios que bendice con su prólogo Creía que mi padre era Dios Pero este culto desbordado y fervoroso no lo habría logrado Auster sin una serie de novelas que han logrado acuñar un universo intransferible, sostenido por la brillantez sorpresiva de sus tramas, por su limpidez estilística y por un despliegue imaginativo que las convierte en festines para la inteligencia. Quizá pueda reprocharse a Auster una cierta propensión reiterativa (que sus detractores tildarán de manierista) pero este reparo podría hacérsele también a casi todos los grandes escritores que en el mundo han sido. A la postre, el rasgo distintivo del escritor verdadero es la lealtad a un universo propio que él mismo ha configurado; y aún podríamos añadir que, cuanto más ceñido resulta ese universo, cuanto más circunscrito a unas obsesiones recurrentes, más grande es el tamaño del talento del hombre que lo ha urdido. El austeriano de pro conoce sobradamente dichas obsesiones. Expuestas sucintamente, podría parecer que las ficciones de Paul Auster adolecen de inverosimilitud, por incluir situaciones demasiado calculadas o tributarias de un azar poco plausible. Su fascinación y encanto residen, sin embargo, en la capacidad del autor para crear- -mediante una pasmosa economía expresiva- -una especie de estado de gracia o excepción en el que los acontecimientos más improbables se nos revelan como cotidianos. Personajes que deciden, un tanto irracionalmente, romper con la vida que han mantenido durante décadas para hundirse en el anonimato Ciudad de cristal personajes que se lanzan a una epopeya de redención con tintes autodestructivos Leviatán personajes en busca de una fi- gura paterna que los explique El Palacio de la Luna o El libro de las ilusiones Las criaturas austerianas- -a menudo escritores como su propio creador- -habitan un laberinto de desazones existenciales que a menudo los conduce hacia la disgregación de la identidad, hacia la inmolación vital y artística, hacia territorios lindantes con el vértigo metafísico en los que se trasluce el magisterio de Kafka, Beckett o Borges. A estas influencias notorias- -a las que habría que sumar la mejor tradición americana, de Thoreau a DeLillo, pasando por Hawthorne o Chandler- -se suma el particular e inevitable perfume austeriano: miedos latentes, irrupciones omnímodas del azar, delicadas simetrías que entrelazan a los personajes y acaban determinando su destino, pulsiones ingobernables que siembran semillas de culpa y dolor en su vida interior, relaciones afectivas talladas en fragilísimo cristal, asediadas de sospechas y conflictos de conciencia... Siendo un escritor muy cerebral y metaliterario, Auster ha logrado inyectar a sus ficciones- -y quizá en esta alquimia radique el secreto de su encanto- -una dosis palpitante de afirmación vital y experiencia autobiográfica. Sus protagonistas son siempre supervivientes arañados por la muerte y el infortunio, cercenados por la pérdida de algún ser querido, que pugnan por renacer entre los escombros de su convalecencia. Vida y literatura fundidas en un envolvente tapiz que, de repente, se metamorfosea en telaraña y nos atrapa. Así son las obras de Paul Auster: absorbentes, hipnóticas, irresistibles. Un tal Auster en Darfur ALFONSO ARMADA DARFUR. Encrucijada polvorienta, como todas las de aquí. Nueve de la mañana. Cielo despejado. Sobre uno de los muros de adobe y ladrillo asoma una buganvilla. En unos minutos, al azar desfilan tres burros sobrecargados de paja guiados por niñas de sonrisa fácil, un ciego de blanco impecable del turbante a los pies, una fibrosa árabe que lleva del ronzal a cuatro camellos, cabras sueltas, dos todoterrenos de la ONU... extractos de El Geneina, capital de Darfur occidental, donde la limpieza étnica prosigue desde hace tres años. Este cruce se parece al que sirvió al novelista Paul Auster para disfrazarse de cineasta y mostrar lo que no solemos ver por tenerlo ante los ojos: Smoke Humo. Esa misma mañana, ayer, a miles de kilómetros de aquí, se anuncia un premio para una carrera de invenciones. Pese a las apariencias, Auster no es una invención. Me fascina una pregunta del poeta ruso Ossip Mandelstam: ¿Cuántas sandalias gastó Dante mientras escribía la Divina comedia Dante hubiera encontrado innumerables ejemplos en Darfur para ilustrar sus estampas infernales: violaciones, asesinatos, bombardeos... están al alcance de la mano y de los ojos ávidos y cansados de occidente. La segunda vez que le vi fue en la sede de la ONU en Nueva York, donde cada mes se presentan informes sobre las atrocidades que se cometen en Darfur. La prosa no está a la altura de Auster, la sintaxis no es la de Dante. Pero son hechos. Realidad fuera de foco. Su cara me resultaba familiar de habernos encontrado en algún lugar del mundo acaso en Liberia o en Sudán, pensé luego. Seguramente me dijo. Cuando al cabo de un rato volvió a pasar ante la oficina de ABC, me dí cuenta de que era Paul Auster. Preferí seguir el juego de sus tramas. Le dije que se parecía mucho a un escritor de Brooklyn llamado Paul Auster, al que había enviado cuatro faxes pidiéndole infructuosamente una entrevista, pero que acaso era mejor dejarlo así, entre visillos. No cumplimos. La hicimos porque días después le dieron un reconocimiento los libreros de Madrid: pero austerianamente, por teléfono, que es una forma de cebar los enigmas de la identi- dad. Le había abordado por primera vez a la puerta de un nightclub de Manhattan en el que Almodóvar celebraba el estreno de Todo sobre mi madre Acompañado de su mujer y de su hija, no lograron entrar. Ahora podrán verse las caras en un teatro de Oviedo, otro espacio de grandes invenciones. Aunque parezca paradójico, su mejor libro no es una novela, sino un retrato de sí mismo y de su padre, La invención de la soledad plagado de silencios expresivos. Soledad, silencio y olvido es lo que más se cosecha en Darfur. No tiene nada que ver con Auster salvo en que forma parte del tejido del mundo, y de la voluntad de hacerlo existir aquí. A fin de cuentas, Darfur es otra historia por escribir.