Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
28 Internacional JUEVES 1 6 2006 ABC Después del devastador terremoto que ha asolado la isla, uno de los volcanes más activos del mundo amenaza con provocar otra tragedia en Java. A pesar de su erupción, hay pueblos en los alrededores que se niegan a ser evacuados A la sombra temible del Merapi PABLO M. DÍEZ. ENVIADO ESPECIAL KRINJING- KRAJAN (INDONESIA) A tan sólo 30 kilómetros escasos de la zona devastada por el terremoto de Java, acecha otro desastre natural en potencia: el Merapi, el más peligroso de los 129 volcanes activos que quedan en Indonesia. Así, mientras el archipiélago de las 18.000 islas continúa sumido en la desolación provocada por el seísmo, cuyo balance de víctimas asciende ya a 5.846 muertos y 22.000 heridos, el peligro de una nueva tragedia se yergue en el horizonte. Desde los campamentos dispuestos para los damnificados por el temblor se vislumbra la amenazadora silueta del volcán, cuyo cráter vomita desde hace algo más de un mes incesantes lenguas de humo de hasta 900 metros de altura. Con centenares de riachuelos de lava y nubes de ceniza liberados durante los últimos días, el riesgo de que se agrave su erupción es tan alto que el Gobierno ha ordenado desalojar las zonas vecinas. Aunque un total de 24.000 personas han sido ya evacuadas, hay aún quienes prefieren fiarse más de su instinto que de las recomendaciones oficiales y se niegan a abandonar sus casas. Eso es lo que ocurre en Krinjing- Krajan, un pueblo situado a tan sólo cuatro kilómetros del Merapi, cuyos escasos 300 habitantes han decidido unánimemente permanecer a la sombra siniestra del volcán haciendo caso omiso a las autoridades. ¿Qué sabrán ellos? No son nadie para dar consejos porque viven en la ciudad y no conocen el volcán como nosotros se justificaba Sukri, granjero de 58 años, en la visita que ABC realizó ayer a esta humilde aldea donde la electricidad llegó hace sólo una década. Ríos de lava y columnas de humo brotan del cráter del Merapi desde hace un mes, con mayor frecuencia desde el seísmo REUTERS gaban al voleibol ignorando la copiosa nevada de cenizas. De igual modo, una anciana pasa de largo cargando en la cabeza un pesado fardo de hierbajos y, un poco más allá, otro joven continúa como si tal cosa sembrando en su plantación de arroz. La mayor amenaza son las nubes de humo, que con una temperatura de más de 600 grados, avanzan a 100 km h Pero, ¿es que no tienen miedo a que el volcán estalle de un momento a otro? Rotundamente, no responden todos al unísono. Una muestra de valor bastante arriesgada, sobre todo porque 66 personas murieron en la última gran erupción del Merapi, en 1994, y cerca de 1.300 perecieron en 1930. El aire que abrasa Y es que los vecinos de la zona piensan que, en caso de explosión, pueden echar a correr para escapar de la lava, pero no saben que la mayor amenaza para sus vidas son las nubes de humo, que alcanzan una velocidad de 100 kilómetros por hora y transportan una abrasadora masa de aire que llega hasta los 600 grados. A pesar de tan serio riesgo, los aldeanos confían plenamente en el Abuelo Maridjan, un santón que se ha pasado su ya larga vida en Kinahrejo, en las inmediaciones del Merapi, y que asegura que no hay peligro alguno porque él es capaz de escuchar la voz interior del volcán. En los últimos tiempos, el ermitaño M Bah Maridjan se ha vuelto tan popular que, para su disgusto, riadas de peregrinos acuden a pedirle consejo, y hasta el presidente de la República, Susilo Bambang Yudhoyono, le ha rogado que abandone la zona, por supuesto sin ningún éxito. Mientras tanto, anoche llegó la primera ayuda humanitaria española a esta desolada zona de Java: mantas y artículos básicos para 10.000 personas que repartirá la Cruz Roja. Lluvia de ceniza Rodeado por un grupo de niños que corretean descalzos, Sukri se refugia a toda prisa bajo el porche de una sencilla cabaña de madera cuando arrecia la lluvia de ceniza procedente del Merapi. En unos instantes, en la atmósfera flota un ligero polvillo que lo vuelve todo blanco y que, como se aprecia en la estrecha carretera procedente del cercano pueblo de Babadan, quema sin remedio las tejas de las casas, las hojas de los árboles y los cultivos de los campesinos. Ahora no puedo trabajar porque mis tierras se han echado a perder, pero sólo me iré de aquí cuando ya no me quede nada afirmaba Chitro, otro agricultor, de 67 años, que ni siquiera se marchó cuando, hace una semana, el Ejército desalojó a un grupo de vecinos. Se los llevaron a un colegio cinco kilómetros más abajo, pero la mayoría ya están volviendo explicó Marsiti, una mujer de 50 años, mientras contemplaba a varios adolescentes que ju-