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ABC JUEVES 1 6 2006 Opinión 3 LA TERCERA DE ABC CUANDO CHIRRÍA LA GLOBALIZACIÓN ¿Es que Telefónica o Endesa defienden algún tipo de principio ético superior en sus operaciones? ¿Acaso contraen alguna responsabilidad mayor con los ciudadanos españoles que las multinacionales originarias de otro país? ANA la Liga de Campeones el Barcelona gracias a un camerunés, un sueco, un argentino y un holandés, pero se celebra con furor patriótico en Canaletas. Hay una identidad esencial e inmutable en los equipos que, según parece, no se ve afectada por el número de estrellas extranjeras. El Barcelona puede estar brasileño o camerunés, pero es español, o catalán según los gustos. El mundo del fútbol se ha globalizado gustoso, porque el becerro de oro siempre es un poderoso aliciente para dejar de lado otras pertenencias. Así que nadie mostró prejuicios hacia Zidane, todo un caballero por otro lado, cuando vino a defender los colores del Real Madrid: para él era un negocio, y para el equipo también debía de serlo. A nadie se le ocurrió sugerir que, al menos, se le obligara a vivir en la plaza del Dos de Mayo, con balcones a la estatua de Daoiz y Velarde. G P ese a la enorme masa de vísceras que tiembla en cada partido, hay una frialdad calculada en la afición, que respalda los fichajes de los mejores sin preocuparse lo más mínimo de su nacionalidad. Lo importante es formar el mejor equipo para ganar todos los títulos. Y parece que la identidad del club puede permanecer inalterable: los equipos de fútbol priman la eficacia, pero viven de los sentimientos, buscan la competitividad y el éxito, pero se alimentan de una lejana identificación emocional, del recuerdo de la primera camiseta, de una afición cultivada en el equipo del colegio. El Mundial, con sus invocaciones nacionales, es sólo una anomalía romántica que sucede cada cuatro años. Hoy día los equipos de fútbol pueden jactarse de ser las únicas máquinas transnacionales de hacer dinero que consiguen hacer llorar a su afición de emoción, de ira, de desconsuelo, de alegría... pero que las petroleras o los bancos pretendan suscitar sentimientos parecidos tiene algo de tongo. Los magnates de las grandes empresas, sin bramar, saben convencer a la elite política de la inconveniencia de poner cortapisas a sus operaciones empresariales, argumentando que perjudicará su competitividad en el mercado global, sobre el que no es posible actuar ni influir, y en el que la libertad ha de ser absoluta para que funcione. Lo mejor que piensan de los gobernantes es que por suerte cada vez mandan menos y en lo que todavía mandan, no hay preocuparse si se les puede corromper. Cuando se ven en apuros, no obstante, no les faltan valedores desde los escaños, que articulan su defensa en torno a valores nacionales impropios de la Liga de Campeones en la que las grandes empresas dicen estar jugando. A los que no entendemos de economía, la verdad es que ni nos resulta emocionante que Telefónica adquiera la británica O2 ni nos quita el sueño que la alemana E. ON quiera comprar Endesa, como tampoco que lo hiciera Gas Natural. ¿Es que Telefónica o Endesa defienden algún tipo de principio ético superior en sus operaciones? ¿Acaso contraen alguna responsabilidad mayor con los ciudadanos españoles que las multinacionales originarias de otro país? A estas alturas parece bastante evidente que las operaciones empresariales pertenecen a un mundo aparte, y que no las guía otro interés que el del mayor beneficio: es un rasgo común a todas las grandes empresas que se afanan en globalizarse. ¿Y los intereses españoles? Pues a los españoles nos resultaría bastante interesante que no se suprimieran puestos de trabajo aquí cuando se traslada la producción o ciertos servicios para llevarlos a Marruecos o a China porque allí la mano de obra es más barata y tiene menos derechos. Pero eso ya nos han dicho que es imposible, porque las consideraciones nacionales interfieren y distorsionan el mercado: se trata sólo de sentimientos. Slavoj Zizek denomina al proceso autocolonización que es lo que ocurre cuando la empresa global rompe el cordón umbilical que la une a su nación materna y trata a su país de origen simplemente como otro territorio que debe ser colonizado Si las grandes empresas tienen los mismos sentimientos hacia los ciudadanos de su país originario que hacia los de otro cualquiera, es decir, que respetan las leyes locales y se mudan, compran o venden en función de lo que les resulte más ventajoso, ¿por qué deberíamos los ciudadanos considerar a las empresas en función de su país de origen y sentirnos concernidos por sus problemas? cionales, se han movilizado los resortes diplomáticos del Estado y a una comisión encabezada por un secretario de Estado le hemos pagado el viaje para que eche una mano a Repsol. No se sabe cómo va a salir el traje que está cortando el nuevo nacionalismo iberoamericano, pero su hechura es decimonónica y es de temer que se le rompan las costuras antes de la primera puesta. Los políticos siguen comportándose como si los estados- nación no fueran ya un invento languideciente. No están avisados de cuán fácilmente neutraliza su legislación el capital globalizado, de cómo sus intentos de proteger a los trabajadores de un país apenas sirven para espantar la creación de empleo, puesto que no hay mecanismos para extender esa protección globalmente. Tal vez ni siquiera podamos culpar a los cerebros que nos gobiernan de haberse quedado varados en las viejas coordenadas nacionales, al fin y al cabo los votantes que deben ganarse pertenecen a un país: no se puede reprochar a nadie su indisposición a hacerse el harakiri. Pero debería verse con claridad que los brotes nacionalistas de los políticos que están haciendo chirriar la globalización no difieren mucho de los que parecen afectar a los grandes empresarios. P A juzgar por la reacción del poder político, parece que sí, parece que debe preocuparnos mucho que unos señores particulares, que tenían su dinero invertido en Bolivia, vayan a empezar a ganar menos de lo que ganaban hasta ahora. Porque se han invocado los intereses na- or eso resulta razonable pedir a los gobernantes y a los diputados que no se metan a picapleitos de las grandes empresas globales, que no nos intenten convencer de que se está jugando la Liga de Campeones cuando ganan y nos reclamen adhesiones ciegas como las que se profesan a la selección cuando van perdiendo. Porque resulta indecoroso invocar la solidaridad nacional con quien no ampara otra cosa que su propio lucro. No era eso el liberalismo económico, no consistía en anteponer el beneficio a toda costa y dar por hecho que el capital ha de moverse libre de toda traba, incluidas las éticas. Adam Smith, que no era precisamente un comunista, explicó en La riqueza de las naciones al servicio de quién debe estar la economía: Una sociedad en la que la mayor parte de sus miembros son pobres y miserables no puede prosperar ni ser feliz Si aceptamos su pronóstico, el mundo globalizado, tal como es hoy, no prosperará. Esperar que las grandes corporaciones multinacionales tomen sus decisiones conforme a consideraciones éticas, o que velen por la felicidad de los humildes y los recursos naturales, es quizá pedir demasiado. Pero con motivo de la crisis boliviana nos hubiera gustado ver al presidente de alguna gran compañía tremolando la bandera de la libertad y propugnando la abstinencia del Estado que les es tan cara otras veces. ¿O acaso también para las petroleras ha terminado la Champions y está a punto de comenzar el Mundial? IRENE LOZANO Periodista, lingüista y Premio Espasa de Ensayo 2005