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ABC MIÉRCOLES 31 5 2006 Nacional 17 EL DEBATE SOBRE EL ESTADO DE LA NACIÓN ANÁLISIS Los ministros Alonso y Pérez Rubalcaba, en posturas simétricas, comparten el gesto de frotarse el lagrimal mientras escuchan el debate del estado de la Nación IGNACIO GIL La exclusión pactada del diálogo con ETA minimizó el debate y dejó en ventaja a Zapatero, que abusó del tiempo frente a un Rajoy constreñido por el reloj El efecto de las mariposas gamma IGNACIO CAMACHO MADRID. En España se puede discutir de muchas cuestiones ahora mismo: de la inmigración ilegal, de las reformas de los estatutos, de las bandas que asaltan chalés, de la plaga de polillas o mariposas gamma- -inofensiva pero molesta, dicen los periódicos- de si Pernía o Capdevila deben sustituir a Del Horno en la selección del Mundial. Y de la negociación con ETA, claro. Unas cosas son muy importantes y otras menos, aunque en política, a falta de mayor objetividad, la importancia la suelen establecer las encuestas. Objetivamente, se diría que lo más importante de todo es el asunto de ETA, nudo gordiano del futuro político, social y territorial de España. Pero de tan importante como es, los representantes del Gobierno y de la oposición decidieron excluirlo del debate del estado de la Nación, donde se supone que se discuten los asuntos que verdaderamente importan. Y se lo cargaron, zas, de un plumazo. Lo sacaron fuera del orden del día, reduciéndolo apenas a una mención simbólica, para distinguirlo de la convocatoria de Pernía o de la plaga de mariposas. Rajoy, por ejemplo, podría haberle dicho a Zapatero: Tiene usted todo mi apoyo para luchar contra las mariposas gamma Y le habrían elogiado la voluntad de consenso. Excluida la cuestión crucial, el debate se quedó en una confrontación de guante blanco. Quedaban las reformas de los estatutos, el lío de Cataluña, la realidad nacional andaluza y todo eso, pero se ha discutido ya tanto que los líderes parecían hastiados del tema. Y a Rajoy, que es de largo el mejor parlamentario del momento, el hastío se le nota: se le pone gesto como de fastidio, como de hartura de luchar por lo evidente, que diría Brecht, como si estuviese cansado de llevar razón y no tener mayoría. Y pierde contundencia. Como tampoco podía sacar la tranca con que mejor golpea, que es la de la política antiterrorista- -tuvo un arranque prometedor, pero pronto se vio que se trataba de una mención pactada- pues se tuvo que fajar en un combate menor, que si más o menos inmigrantes, que si más o menos policías, que si más o menos viviendas, que si más o menos chorizos. Y ahí el presidente, siempre tiene ventaja: cuenta con la munición de datos, estadísticas y cuadros que proporciona el poder, y con tiempo sin tasa para explicarlos. Rajoy, además, se ofuscó con el tiempo. Zapatero abusó de su privilegio, le abrió mil y un abanicos de datos, le provocó con trucos y menciones al Gobierno del PP, las Azores y tal, y logró enredarle en el reloj, que para el líder de la oposición sí corría, y de qué manera. Refugiado en la discusión sobre inmigración y seguridad, el presidente lo- gró eludir el debate a fondo sobre el modelo territorial, en el que se limita a sus consabidos lugares comunes de la España plural, la realidad de todos y demás zarandajas. Zapatero, que ha cuajado en un parlamentario peligroso, que marea al rival aburriéndole y de repente le saca un gancho, brincaba sobre los tópicos hasta el tedio y de vez en cuando atizaba un golpe al mentón. No tiene usted ni idea de lo que es realmente España le dijo a Rajoy en un momento dado. Y se quedó tan pancho, pese a que eso era exactamente lo que el líder del PP le estaba criticando a él mismo. Por cierto, cuando habla de España, Zapatero dice este país Este país es tal, este país es cual; este país por aquí, este país por allá. Rajoy hablaba, significativamente, de nación. Nación de ciudadanos, de voluntades individuales: ni tierras, ni comunidades, ni lenguas decía. Y acusaba al presidente de desguazar esa nación de iguales, de sembrar la discordia, de andar por el poder sin rumbo, ni plan, ni esquema. El debate se quedó en una confrontación de guante blanco, en la que Rajoy no podía sacar la tranca con que mejor golpea El otro ni se inmutaba: seguía pintando el mejor mundo posible, un país alegre y confiado, moderno y próspero, y hasta se puso a sí mismo de ejemplo... ¡de oposición! Ahí salió el Rajoy zumbón, irónico, de otras veces, y le contestó que, puesto que tan ejemplar opositor había sido, no tardaría en volver a serlo. Esgrimas de salón. Pero al presidente se le veía más cómodo, apoyado en su tiempo sin límite frente a la clepsidra que agobiaba a su oponente. Zapatero, que ha aprendido mucho, colocó dos o tres mensajes eficaces de cara a su público y al de los indecisos, a esos millones de electores que oscilan de un partido a otro y deciden quién gana. Pensando en ellos, acusó al PP de catastrofismo fallido- profetas del desastre y un desastre como profetas frase ensayada- de no hacer propuestas constructivas y de instalarse en el no sistemático frente a una sociedad que no quiere dramatismos ni trifulcas porque se ve instalada en un cierto confort. Una estrategia que le ha rendido probados réditos electorales. Amparado en la ventaja que le concedía el ninguneo del Problema, con mayúsculas, boxeó contra un rival que tenía un brazo atado. Al anochecer, España se volvió a llenar de mariposas que aleteaban vivaces, como el diálogo con ETA, por fuera del Congreso de los Diputados.