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ABC MIÉRCOLES 31 5 2006 Opinión 3 LA TERCERA DE ABC LA CLARIDAD MORAL Lo más temible para la democracia es que todos estos pragmáticos y equidistantes ideológicos disfrazan su entusiasmo por el diálogo con los terroristas de altura de miras, de serenidad, y hasta de valentía... medida que pasan los días se acrecienta mi pesimismo sobre la batalla democrática contra ETA. Y no sólo por la debilidad y los recurrentes errores del presidente del Gobierno, que ya han otorgado a los terroristas una legitimidad negociadora que jamás debieron tener. Hay algo aún peor, que es la confusión moral con la que importantes sectores sociales han viciado quizá irremediablemente esta batalla. Batalla que ya ni siquiera es tal, que ha sido convertida en un proceso de paz en el que, en aras a la salvadora negociación, los demócratas son colocados a la misma altura que los terroristas, en el que parece difuminarse la infranqueable línea moral e ideológica entre el estado democrático y los terroristas, entre los ciudadanos pacíficos y los asesinos. No sólo se ha degradado el lenguaje. Las prioridades de la negociación también han dejado en suspenso los más centrales valores democráticos. En muchos lugares. Como en esa campaña a favor del proceso de paz que han emprendido unas conocidas actrices. La han denominado Rosas blancas por la paz. Pero tan desorientadas están estas actrices sobre sus destinatarios, que más parecen rosas de la violencia. Empezaron repartiéndolas a los diputados del Congreso y han seguido con los ciudadanos. Lo hacen con la inconsciencia y la frivolidad ideológica de quienes seguramente nunca tuvieron clara la nula legitimidad del terrorismo, de quienes aún recurren al discurso sobre el franquismo y las causas del terrorismo. No hay otra forma de entender que hayan tenido la insolencia de repartir rosas de la paz a los pacíficos, a los sojuzgados y perseguidos por los terroristas, como si tuvieran que aprender para la paz lo mismo que sus opresores, como si fueran parte de uno de los bandos de la guerra, como si hubieran participado en la violencia. O como si hubiera alguna otra violencia diferente de la terrorista. A que ahora debe asumir su discurso de la paz. Y ¿quizá sus planes de paz? Estos días he acabado un libro que me ha impresionado como no lo había hecho ensayo alguno desde hacía tiempo. Me refiero al Alegato por la democracia, de Natan Sharansky (Gota a gota, 2006) El título de este artículo, La claridad moral, es suyo. Es el concepto central que ha guiado su obra y, lo que es mucho más importante, su vida. Lo hizo cuando luchó como disidente contra la dictadura comunista en la Unión Soviética, cuando pasó nueve años en sus cárceles, lo ha hecho después en la defensa de Israel contra el terrorismo palestino. Pero también, que nadie se deje llevar por los prejuicios ideológicos, cuando clama por la democratización de los países árabes. Como él escribe cuando se lamenta de algunas de las pequeñas miserias de la competición electoral de la vida democrática cotidiana de su nuevo país, Israel, ésto no es una cuestión de izquierdas o de derechas. Se trata de lo justo y de lo injusto. las injusticias, las miserias ideológicas, los errores, son los mismos en todas partes. El apaciguamiento, la negociación con los violentos, el pragmatismo, la confusión ideológica que sostuvieron desde Occidente las dictaduras comunistas, que abandonaron a luchadores por la libertad como él en la Unión Soviética y en tantos otros sitios entonces y ahora se parecen demasiado a la historia de las flaquezas de la democracia española frente al terrorismo. Escribe Sharansky que un mundo sin claridad moral es un mundo en el que, en nombre de la paz, los pacifistas de Occidente se manifestaron al lado de emisarios de la KGB que, mientras fingían ser activistas de la paz, trataban de Y minar los esfuerzos del mundo libre para defenderse de la agresión soviética. Es un mundo en el que un dictador puede ser considerado como un socio fiable para la paz. Es un mundo en el que aquellos que sueñan con la paz están dispuestos a colocar al lobo y al cordero en la misma jaula y esperan que salga bien. Una y otra vez Una y otra vez, la misma historia, ahora en nuestra negociación con los terroristas: la falta de claridad moral. Y lo más temible para la democracia es que todos estos pragmáticos y equidistantes ideológicos disfrazan su entusiasmo por el diálogo con los terroristas de altura de miras, de serenidad, y hasta de valentía. O de objetividad, de claridad de análisis, de capacidad para ver por encima de la pasión de las emociones. Han convertido la rebeldía en enajenación, y la resistencia en desvarío ideológico. Como cuando una vieja colega me respondía en tono conmiserativo a mi crítica a los planes negociadores de Zapatero diciéndome que el problema de los que hemos vivido el conflicto desde dentro es que estamos demasiado condicionados por nuestra experiencia personal. En fin, que hemos perdido objetividad, que no estamos preparados para lograr la paz. Y lo mismo dicen de todas las víctimas del terrorismo y de todos los que han participado en la resistencia. Que se aparten los defensores de los principios democráticos y de la libertad, que no están psicológicamente preparados para entregárselos a los terroristas en la negociación. o son nuevos estos impostores morales, pero ahora han pasado al primer plano social bajo la protección de los planes de Rodríguez Zapatero. Y una cosa es que quizá tengamos que asistir en los próximos meses a la culminación de una nueva historia de pragmatismo y apaciguamiento. Y otra que sus protagonistas pretendan dar lecciones de ética democrática, de justicia o de libertad a quienes han defendido y defienden la dignidad de los valores democráticos. Natan Sharansky también escribe en su libro que a lo largo de los años ha llegado a entender una diferencia esencial entre la sociedad del miedo y la sociedad de la libertad. En la primera, dice, el reto principal es encontrar la fuerza interior para enfrentarse al mal. En la segunda, ese reto es encontrar la claridad moral para ver el mal Muchos creímos que España había alcanzado esa claridad moral. Pero ahora los pragmáticos la llaman ofuscación o extremismo. Y en sus peores perversiones, incluso la tildan de deseos de que el terrorismo continúe. N A estas actrices no se les ha ocurrido pensar que los únicos receptores de sus rosas de la paz deberían ser los miembros de ETA. Que los que matan, los que deben arrepentirse, pedir perdón, cumplir sus penas, y, quizá, aprender de las rosas, son ellos. Y no es que hayan pensado que San Sebastián, Bilbao o Bayona están demasiado a desmano para hacer la campaña. Ni siquiera creo que hayan temido lo poco aconsejable que puede ser para su seguridad llevar las rosas a Txeroki. Su problema, el problema social que representan, es mucho peor. Es el de la escandalosa nivelación de los dos lados, la misma que siempre ha hecho el terrorismo y que ahora asumen tantos grupos sociales al calor del liderazgo de Zapatero. Son rosas cargadas de violencia moral e ideológica, de derrota democrática para una sociedad que no sólo ha tenido que soportar la dictadura terrorista sino EDURNE URIARTE Catedrática de Ciencia Política Universidad Rey Juan Carlos