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ABC MARTES 30 5 2006 27 La reelección del presidente Uribe y el ascenso de Gaviria marcan un hito en la historia de Colombia Al menos catorce muertos en Afganistán en violentos incidentes contra EE. UU. y el Gobierno en Kabul El volcán Merapi, afectado por el seísmo, espera su turno Los movimientos tectónicos podrían favorecer una nueva erupción b Después del terremoto del sábado en Java, ha aumentado la actividad del cercano volcán, que podría entrar en erupción y traer un nuevo desastre a Indonesia P. M. DÍEZ BANTUL. Indonesia arde en el Anillo del Fuego una zona de la corteza terrestre donde hay localizados 497 volcanes (129 en activo) y rica en movimientos sísmicos. Indonesia se quema y, además, lo hace a fuego lento. Así lo demuestra el hecho de que la Naturaleza no haya querido dejar de ensañarse con este bello archipiélago de 18.000 islas ni siquiera después de que el tsunami de hace dos años se cobrara más de 130.000 vidas sólo en sus costas. Por eso, Indonesia se ha visto azotada por otro devastador terremoto justo cuando se sospecha que la gripe aviar puede haber comenzado aquí a transmitirse entre humanos. Para más inri, dicho desastre natural ha coincidido con una nueva entrada en erupción del volcán Merapi, enclavado a escasos kilómetros del epicentro del seísmo que ha asolado la isla central de Java y que ya espera su turno en este interminable carrusel de catástrofes. Según confirmaron ayer los expertos del Centro de Yogyakarta- -una de las principales ciudades afectadas por el terremoto- el volcán ha aumentado su actividad tras el devastador temblor de tierra del sábado. Aunque, de momento se ha descartado que dicho seísmo fuera provocado por el volcán, lo cierto es que el terremoto ciertamente parece haber acelerado hasta tres veces más la cadencia de las explosiones que se suceden día y noche y que no auguran nada bueno. La entrada en erupción del Merapi ya ha forzado la evacuación de decenas de miles de residentes de las poblaciones vecinas. Todas las rutas de esta parte de la región de Yogyakarta permanecen colapsadas, por lo que los camiones de ayuda humanitaria y los servicios médicos tienen numerosas dificultades para poder llegar a su destino. Amenazador panorama En medio de este paisaje desolador de edificaciones derruidas y plantaciones de arroz sembradas de tiendas de campaña para los refugiados, los habitantes que han decidido quedarse se echan a la carretera pidiendo limosna. Para ello, portan banderas de colores y sostienen en sus brazos cajas de cartón con las que asaltan a los conductores en busca de dinero. Mientras intentan superar la tragedia, miran de reojo al Merapi, de cuyo cráter hace ya varios días que viene escapándose un amenazante humillo negro. Todos estábamos pendientes del volcán y, de repente, hemos tenido un terremoto se lamentó Agus Hermanto, un parlamentario del gobernante Partido Demócrata que, al igual que las otras fuerzas políticas, ha tomado las calles para repartir ayuda humanitaria y, de paso, arañar unos cuantos votos de cara a las próximas elecciones. Todo ello mientras Indonesia se abrasa y su antiguo dictador, Suharto, apura sus últimos días en una agonía en la que, según muchos, su alma se está quemando junto a su castigado pueblo. PABLO M. DÍEZ vecino Hadim Anwor, quien también ha perdido su loji (típica construcción de Indonesia de madera y ladrillo que no utiliza cemento en sus muros, sino arena) Sin posibilidades Debido a la fragilidad de dichas estructuras, las edificaciones de la zona se han desmoronado como si fueran de chocolate, dejando a 200.000 personas sin hogar y necesitando muchos más de los casi 100 millones de euros que el Gobierno ha prometido destinar a la reconstrucción el próximo año. Aquí los campesinos no ganamos más que 500.000 rupias (42,56 euros) al mes. Con ese dinero, ¿cómo vamos a levantar una casa nueva? se pregun- taba Hadim. Al menos, a él aún le quedan fuerzas para plantearse el futuro porque afortunadamente no perdió a nadie de su familia en el violento temblor. Pero para Mardiyono, un vendedor ambulante de 31 años, su existencia ha dejado de tener algún sentido después de que su anciana madre pereciera aplastada por la caída del muro de su hogar cuando ya había conseguido huir al exterior. Quería ser enterrada en este lugar porque ha pertenecido a nuestra familia desde los años 40, pero por el miedo a las infecciones se la tuvieron que llevar a la fosa común explicó Mardiyono, quien se lamentó de que, al final, se ha quedado sin vida, sin casa y también sin tumba