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ABC LUNES 29 5 2006 Opinión 5 UNA RAYA EN EL AGUA ¿EL ESTADO DE LA QUÉ? D AMÓLDENSE, SEÑORES JUECES O acaba de reclamar sin ambages el señor Imaz: la Audiencia Nacional debe amoldarse a las circunstancias en su aplicación de la ley. Todo sea por conseguir la paz, convertida en el Bien Absoluto ante el cual deben claudicar las instituciones del Estado y suspenderse la aplicación de las leyes. Se ha sostenido que el llamado proceso de paz encubre en realidad una negociación política; empiezo a sospechar que esconde algo más aberrante aún: una nueva era en la que decaerá el imperio de la ley y se obstruirá la acción de la Justicia. Los pocos jueces que aún se atreven a contrariar este designio de impunidad son contemplados como enojosos aguafiestas sobre quienes de manera sibilina, pero creciente, se empieza a arrojar la responsabilidad de un posible fracaso. Y, mientras tanto, los terroristas y sus valedores elevan el tono de sus JUAN MANUEL coacciones y amenazas: a Otegi le DE PRADA bastó mencionar las condiciones de extrema gravedad en que se hallaba el llamado proceso de paz para que el presidente del Gobierno anunciara su decisión de sentarse a dialogar con los terroristas; y ahora el diario Gara advierte al Gobierno que una negociación no puede llevarse adelante si se impide a una de las partes mantener su interlocución en igualdad de condiciones Nadie podrá culpar a los terroristas de envolver sus pretensiones con una retórica mistificadora. En la muy prolija entrevista que publicaba el diario Gara hace quince días volvían a insistir en lo mismo: la tregua está supeditada al logro de una serie de objetivos políticos que, por lo demás, ya estaban sobradamente explicitados en su declaración de alto el fuego; si dichos objetivos no se alcanzan, se muestran dispuestos a volver a las andadas. Asimismo, justificaban sus campañas extorsionadoras y la violencia callejera. Pero a los terroristas no les basta L con que el Gobierno se siente a dialogar exigen también que la Justicia interrumpa sus actitudes irresponsables y ceda en su persecución del delito. Las formaciones nacionalistas vascas no han mostrado empacho en mencionar las actuaciones del juez Grande- Marlaska contra los cabecillas de Batasuna como factores que retrasan el proceso de paz y normalización A este clima de apología desvergonzada de la impunidad se añade una sospechosísima política de gestos desde las más altas magistraturas públicas. La Fiscalía General del Estado, convertida en un apéndice gubernativo, lanza admoniciones a la judicatura en un flagrante atropello del principio de división de poderes, releva a los fiscales más incómodos de la Audiencia Nacional y declina el ejercicio de sus obligaciones, evitando la petición de prisión provisional para los dirigentes batasunos más recalcitrantes en su desfachatez delictiva. El Gobierno, por su parte, parece empeñado en anteponer el deseo a la realidad; y aunque todos los signos visibles permitan dictaminar que no se cumplen las mínimas condiciones exigibles para iniciar el llamado proceso de paz está dispuesto a instaurar un indecoroso estado de excepción legal que permita sentarse a negociar a unos criminales confesos que siguen reafirmándose en sus reivindicaciones más trasnochadas y delirantes. Todo sea por preservar esa esperanza de paz que las vírgenes vestales o bestiales del progresismo reclaman, repartiendo capullos cándidos entre las pobres gentes estragadas por la propaganda. Siempre había sospechado que quienes se llenan la boca con apelaciones al Estado de Derecho son los mismos que menos rebozo muestran en hacer gárgaras con él, antes de escupirlo al suelo. Amóldense, señores jueces, amóldense a la paz indigna que viene, y no entorpezcan con pejigueras legales los gargarismos de los claudicantes. ESDE hace dos años, el debate parlamentario de repaso anual es el único momento en que España recibe el tratamiento oficial de nación, ahora reservado para las autonomías con aspiraciones. En el nuevo lenguaje políticamente correcto, Cataluña es una nación y España un Estado, todo lo más una nación de naciones, según el credo deconstructivo de Anselmo Carretero; no hace mucho que, en plena borrachera nacionalista, cuando se discutía sobre las selecciones deportivas, alguien propuso cambiarle el nombre a la de España para poder competir con ella de tú a tú. Quizá no ande lejano el día en que la sesión delCongreso pase a llamarse el estado de la Confederación o más ambiguamente, el estado de la cuesIGNACIO tión que en realidad es lo CAMACHO que viene siendo desde que Zapatero empezó eso que Felipe González llama despectivamente la centrifugación de España: un debate sobre la cuestión del Estado. Al revés que don Américo Castro, que investigó cómo los españoles habíamos llegado a serlo, el presidente del Gobierno y sus aliados de la periferia parecen empeñados en invertir el proceso hasta tomarse en serio la chusca broma desengañada de Cánovas del Castillo: serán españoles los que no puedan ser otra cosa. Las reformas de los estatutos han abierto una especie de autoservicio de identidades en el que cada cual puede tomar la que más le convenga. El Congreso de los Diputados, residencia delegada de la soberanía del pueblo, se ha transformado en el mostrador de un bufet libre donde se sirven realidades nacionales, hechos diferenciales, bilateralidades institucionales y financiaciones a la carta. Pasen y pónganse cómodos. La vieja nación cuarteada es apenas la vaga referencia de un debate anual en cuyo curso se moldea la estructura del Estado como si fuese un puzle de plastilina. Ocurre, sin embargo, que sobre el solar de la nación habita un pueblo bastante estupefacto ante este toma y daca de definiciones identitarias. Los ciudadanos de la flamante realidad nacional andaluza agitaban ayer con entusiasmo cientos de enseñas rojigualdas en el desfile de las Fuerzas Armadas, que junto con la selección de fútbol parecen ya el único referente de un Estado en despiece. La izquierda ha abandonado las banderas jacobinas de la cohesiónpara refugiarse en unrevoltijo de particularismos, un error histórico que jamás permitió el pragmatismo felipista. Los adanes de la nueva frontera zapaterista llaman la gente antigua a aquellos socialdemócratas que el New York Times tildó en su tiempo de jóvenes nacionalistas españoles y que al menos llevaron a España a la Unión Europea y modernizaron sus infraestructuras antes de despeñarse en un barranco de corrupciones, pero el flamante deconstructivismo republicano sólo nos conduce al marasmo de un Estado menguante que ha convertido la Constitución en una hojilla volandera. El debate sobre el estado de la Nación va camino de parecerse a una doble falacia en la que no quedará ni nación ni Estado, y en vez de en el Congreso podrá celebrarse en una cafetería, como si fuese una comunidad de vecinos. Mal avenidos, por cierto.