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10 La Entrevista DOMINGO 28 5 2006 ABC ALFREDO DI STÉFANO Presidente de honor del Real Madrid Una enfermera me dijo que había tenido mi corazón en sus manos; si se le llega a caer... En julio cumplirá los 80 y tiene más ganas de vivir que nunca. Hasta ahora no había hablado de la amarga experiencia vivida cuando su corazón sufrió una entrada de esas que se castigan con la tarjeta roja. Cinco meses después, totalmente recuperado, hace repaso TEXTO ENRIQUE ORTEGO FOTO ÁNGEL DE ANTONIO MADRID. Alfredo di Stéfano disfruta de su segunda juventud. Recuperado totalmente del infarto que comprometió su vida y le obligó a pasar por el quirófano para que le colocaran cuatro bypass está acaparando premios y reconocimientos en los últimos días como coleccionaba títulos en sus años de jugador. De la medalla de oro de la Comunidad a la inauguración del estadio que lleva su nombre en la nueva Ciudad Deportiva de Valdebebas. Muchas emociones, demasiadas, que le han terminado de convencer de que su corazón responde porque los momentos de emoción le han hecho aflorar las lágrimas en más de dos y tres momentos, y que hablen de mí me da mucha vergüenza, y más si es bien... Don Alfredo no había querido hablar ni una palabra del patatús que le dio la noche del 23 de diciembre. Evidentemente no son cosas para recordar, pero quizá por eso, porque lo llevaba todo dentro, un día lo tenía que sacar en el transcurso de una deliciosa conversación. Di Stéfano cuenta a ABC cómo fueron esos momentos y la larga recuperación, primero en la clínica de Valencia y después en su casa. -Don Alfredo, le veo mejor que nunca, está usted para jugar... -Estoy bien. Estoy bien. Si no fuera por la maldita columna, por los seis clavos que llevo dentro y me tienen baldado, estaría mejor. La columna me tiene limitado, pero el bobo funciona como nunca... ¿El bobo -Sí, hombre, el corazón... ¿Por qué lo llama el bobo -Porque siempre trabaja y nunca dice nada. Y ahora el mío está trabajando más que nunca, mire, mire... (Se desabrocha los botones de la camisa y enseña la cicatriz del esternón y el bulto que acoge los cuatro by- pass -Estoy como para parar una pelota con el pecho... Ja, ja, ja. Al principio no me miraba, me daba no sé qué. Me lo miraba de reojo, poco a poco. Yo no podría ser nunca ni médico ni enfermero. Hay que tener un coraje impresionante y un estómago a prueba de bombas. Es impresionante lo que puede hacer la ciencia, lo que hace el ser humano. Yo me pongo a pensar que tengo un chisme ahí dentro y que estoy lleno de ca- Estoy para jugar, si no fuera porque la espalda me tiene baldado, pero del bobo estoy perfecto Al corazón lo llamo el bobo porque siempre trabaja y nunca dice nada, y el mío ahora más que nunca De esa noche recuerdo que me iba, me iba para siempre. Horrible. Del mes siguiente no me acuerdo casi de nada Admiro a los médicos, son unos genios, qué inteligencia tienen esos tíos para ponerte las cañerías nuevas He bajado diez kilos, no fumo, como sin sal, sin azúcar, sin vinagre, he jubilado el whisky. ¿Y qué quieren que haga? bles y no me lo creo... Me pongo malo. ¿Cómo lo harán? Son unos genios, la inteligencia que tienen esos tíos para ponerte las cañerías nuevas. Es que mire, mire la cicatriz de la pierna izquierda... (Se sube la pernera del pantalón, se baja el calcetín y la marca de las grapas le llega desde el tobillo a casi la ingle) -De aquí me sacaron lo que me pusieron arriba. Yo no sé cómo lo hacen. Con los puntos que me dieron hubiéramos ganado dos ligas. Tuve unos problemitas con la última grapa, que me lo dejaron un poco mal, pero no se me infectó... Me lo hicieron de la pierna izquier- da porque me la vieron más fuerte. ¿Qué recuerdos tiene de aquella noche? -Pues que me iba, que me iba, me agarré a mi yerno, que fue el primero en llegar a la cama, y le decía que me moría, que me iba para siempre. Fue horrible. Parecía que iba de pared en pared rebotando. ¡Qué fatiga! ¿Pero se sentía mal esos días? -Nada, todo lo contrario. Me senté en la cama después de cenar. Había cenado muy poco, además. Eran las 23.30. Agarré el periódico e iba a hacer el crucigrama. Comencé a sentirme mal y ya no me acuerdo de más. Bueno, sí, de los saltos que pegué en la ambulancia. Había trampas de esas que ponen para que no corras y parecía que iba a salir por el techo de la ambulancia. Ya luego me acuerdo de muy poco. De hecho, de todo el primer mes recuerdo pocas cosas. Sólo sé que estaba jodido. -Pero usted no había padecido nunca del corazón... -Nunca. Tenía de todo, menos eso. Tenía sal, azúcar, vinagre, miel... pero el bobo no me había dado ningún susto. Es más, antes de irme a Valencia para pasar las navidades me habían hecho un chequeo y los electros decían que el corazón estaba bien... ¿Sabe lo que le digo? Que en la vida cuando te tiene que pasar algo te pasa, aunque estés sano. Además, el 4 de julio voy a cumplir ochenta y ya es hora de que te salga de todo, aunque tengo primos italianos que tienen 97, 95, 94 años... Son hijos de mi tío. Somos duros, somos duros los Di Stéfano. Viven en San Fernando (Argentina) y no son listos ni nada, se han hecho millonarios sacando arena del río y vendiéndola... ¿Es usted valiente para esto de las enfermedades o más bien un poco hipocondríaco? -No me considero un cagón, pero es que fue un susto tremendo. Mi otro yerno sí que fue un fenómeno, que consiguió llevar la ambulancia hasta la casa, en una urbanización de esas en las que siempre te pierdes... Si tardan un poco más... Recuerdo cosas vagas. Cuando llegué con el oxígeno, oía que me decían tranquilo, don Alfredo, tranquilo, don Alfredo ¿Y cómo querían que estuviera tranquilo? Estuve muchos días sin hablar. Yo, allí en la UVI, veía a mis hijas, a mis hijos, pero no tenía movimiento en la mandíbula. La enfermera un día me llegó a decir si no sabía hablar... ¿Y qué carajo iba a decir? Si no me acordaba de nada y no tenía fuerzas, ni ganas de decir nada. No veía a todas las visitas que iban a verme, no me dejaban. Ahora hablo de ello como si nada, pero fue bárbaro. ¡Qué sueños tenía! Sí, pesadillas, pesadillas horribles. Ahora hay días que cuando estoy callado escucho como si la cicatriz hiciera cric- crac, criccrac Escuche, escuche. ¿Fue un buen paciente? -Y qué voy a hacer. Me quería ir al segundo día. Pero los médicos, unos fenómenos los tíos, no me dejaban. Hasta que un día llamé a mis hijos y les dije yo me voy de aquí, no puedo más Me acuerdo de que un día una de las enfermeras, encantadora, me cuidaba siempre, era gordita me dijo, don Alfredo, he tenido su corazón en mis manos, ni su mujer ni nadie... Era la ayudante de quirófano. De pensarlo me pongo malo ahora; se le llega a caer al suelo cuando lo tenía en las manos y a tomar por culo... ¿Y qué vida hace ahora? ¿Se cuida? ¿Y usted qué cree? He bajado diez kilos. El primer día que me puse de pie