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2- 3 S 6 LOS SÁBADOS DE Comida con descorche La gastronomía egipcia es un compendio de cocinas mediterráneas de Oriente Próximo mezclada con sabores africanos y árabes y de las pocas cosas que, desde la antigüedad, no han cambiado. Les encantaban las legumbres y les siguen gustando, igual que las hortalizas. Eran unos apasionados de la cebolla y el ajo y siguen utilizándolos. En lo único que han empeorado ha sido en la elaboración del vino. En la época faraónica lo endulzaban con miel o dátiles hoy hacen unos vinos insufribles. La base de su cocina son los aish, (panes inflados cuya masa se prepara con distintas harinas) Las ful (judías blancas) se sirven en todo: como verduras, en ensaladas, y las felafel (albóndigas muy especiadas) también, lo mismo que el mashi (arroz con carne y verduras) bastante sabroso, y con el arroz en su punto, a veces con sabor a canela. Las carnes (vacas, pollos y corderos maduritos las suelen poner al carbón y con un toque de limón. Las carnicerías son peculiares, pero los corderos demasiado grandes Como en todo Oriente Medio el mezze (colección de entrantes o aperitivos) no falta en las mesas, con el tabbouleh (ensalada de perejil, sémola de trigo ácido, pepino, tomate y pimiento) el puré de berenjenas con ajo, el humus (garbanzos en puré con sésamo) las wara annab (hojas de parra rellenas de ingredientes y las betingan (rodajas de berenjena adobadas) Se come con agua o té, pero los restaurantes admiten el descorche es decir uno se puede llevar el vino de casa que ha comprado en una tienda europea y abrirlo en el restaurante. No ponen pegas y es una moda entre los occidentales. En la carta de los buenos restaurantes figuran vinos franceses, australianos o italianos a precios astronómicos y la cerveza es buena y suave. Los postres son deliciosos, bien a base de frutas o de pequeños pastelitos de hojaldre con pistachos, higos secos, miel, nueces, coco, pasas... FOTOS: ABC Un niño copto se asoma por una ventana El camello sigue siendo en el desierto el animal favorito para el transporte ble. Cuando vienes, quieres volver señala Cabanas. REUTERS cos. Hasta los sabios griegos acudieron a Egipto a estudiar. Pitágoras estuvo siete años (antes de idear su famoso teorema) estudiando en los templos. También Platón. Hay que viajar a Egipto para darse cuenta de que los occidentales vivimos en una burbuja, en una realidad que no es la del planeta. Tienen una vida muy dura, que tratan de ganarse como pueden, no con mendicidad, sino vendiendo lo invendible. Algo inestimable es ver cómo llevan sus penas de la mejor manera posi- La ciudad de los muchos rostros El Cairo desprende magia por todos los rincones, empezando por el majestuoso Nilo. Es una mezcla rara de orientalismo e influencia europea, especialmente en los nuevos barrios a las orillas del río o en las afueras. Pero El Cairo son muchos barrios. El árabe, por ejemplo, un dédalo de callejuelas que se entrecruzan o se cortan con brusquedad convirtiéndose en laberintos sin salida. Para no perderse, es mejor dejarlo todo en manos del taxista (llevan coches decorados al más puro estilo tunning rondando lo cutre y lo viejo) Por el camino nos sorprende un gran escalextric que invade la intimidad de las casas pues pasamos a escasos dos metros de los dormitorios de los sextos o séptimos pisos. Abajo, y como la gente vive en la calle, todo es una pura tienda, abierta día y noche cual after hours donde la familia, come, duerme, trabaja y se divierte charlando o viendo con la parabólica cientos de canales. Los cairotas, incluidos los más pobres, empiezan la casa por la parabólica. Aún no han puesto el tejado y ya tienen colocada la antena. ¿La razón? Como todas las cadenas son del Gobierno el dicho afirma: no te creas nada de lo que dice la televisión egipcia La mujer trabaja, friega, cose, compra y cocina. Todo El Cairo es una nube de olor a comida, especias, gasolina, goma quemada, frutas frescas o pasadas, perfumes y tabaco dulzón de la narguile (pipa de agua) y la palabra bacshis- -propina- -es lo primero que debe aprender un turista. Al atardecer, la mayoría de los cafés populares de los barrios árabes están repletos de fumadores de pipas de agua mientras saborean el café con sabor a cardamomo. La ciudad, de casi 20 millones de habitantes, es un caos automovilístico absoluto, inexplicablemente sin semáforos ni accidentes (algo deberán al no consumir alcohol) con un ensordecedor ruido de cláxones amortiguados dos veces al día (amanecer y atardecer) por el toque desde las mezquitas llamando a la oración. Burkas o yabrahs tapan vaqueros de marca, rotos y ajustados, a juego con guantes negros, que impiden ver la más mínima señal del brazo femenino. Guantes que sujetan los últimos modelos de móviles o los (Pasa a la página siguiente)