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ABC SÁBADO 27 5 2006 Opinión 5 UNA RAYA EN EL AGUA HEROÍNAS TREPADORAS T QUÉ CRUZ N apetito de autodestrucción se enseñorea de nuestra época. Como los alacranes que se clavan su propio aguijón y agonizan víctimas de su propio veneno, diríase que los europeos hubiésemos decidido aniquilarnos, renegando de nuestras raíces, marginando y olvidando la herencia histórica que nos constituye. Este apetito autodestructivo halla su más triste y contumaz expresión en el afán por borrar de nuestra memoria el legado moral y cultural cristiano, que de vez en cuando propicia episodios tan chuscos como el que hace un par de días asaltaba los titulares de prensa. A requerimiento de un padre que se negaba a que sus hijos asistieran a clase mientras las paredes de las aulas ostentaran símbolos cristianos, una circular de la Junta de Andalucía ha ordenado retirar los crucifijos de una escuela de Baza, erigida paradójicamente bajo la advocación JUAN MANUEL de San Juan de la Cruz. Quizá mañaDE PRADA na ese mismo padre, u otro cualquiera, reclame que le cambien el nombre a la escuela; y quizá la autoridad incompetente acceda a la petición, evacuando otra circular que prohíba a las escuelas públicas cualquier mención o referencia al cristianismo. Mientras leía esta noticia han acudido a mi memoria aquellos emocionantes versos de León Felipe, que desde luego no era el prototipo del poeta meapilas: Más sencilla, más sencilla. Sin barroquismo, sin añadidos ni ornamentos, que se vean desnudos los maderos, desnudos y decididamente rectos. Los brazos en abrazo hacia la Tierra, el astil disparándose a los cielos. Que no haya un solo adorno que distraiga este gesto, este equilibrio humano de los dos mandamientos. Más sencilla, más sencilla: haz una cruz sencilla, carpintero En la belleza elemental y escueta de un crucifijo León Felipe descubría algo más, mucho más, que un U mero cachivache religioso. Ni siquiera necesitaba la luz de la fe para entender que en esos dos maderos cruzados se compendia la historia del género humano, con toda su genealogía de debilidad y grandeza, dicha y dolor. La cruz, epicentro de la iconografía cristiana, es también un emblema formidablemente humano: en ella quedan compendiadas todas las barbaries que el hombre ha perpetrado, desde el asesinato de Abel hasta cualquiera de las matanzas de inocentes que hoy diezman la humanidad. En el símbolo de la cruz queda expuesta la odiosa capacidad del hombre para asesinar lo mejor de sí mismo; y también su feroz anhelo de rebelarse contra la muerte. Los brazos en abrazo hacia la Tierra, el astil disparándose a los cielos En estos dos versos de León Felipe se cifran las dos vocaciones más nobles del hombre: una vocación de piedad, de entrega y donación al que sufre; una vocación de trascendencia que nos empuja a levantarnos siempre sobre el barro del que estamos hechos. La cruz se erige así en un aldabonazo para nuestras conciencias, tan olvidadas con frecuencia del sufrimiento humano, tan olvidadas también de ese soplo misterioso que cada día nos invita a resucitar. Durante veinte siglos, la cruz ha sido el refugio de la belleza, el trampolín que ha impulsado las más perdurables creaciones del arte y el intelecto; también, es cierto, el espantajo que algunos ha enarbolado para justificar sus crímenes. Veinte siglos de cultura occidental se resumen en esos dos maderos desnudos y decididamente rectos veinte siglos de conquistas que enaltecen la historia humana; veinte siglos de crueldad que un hombre entreverado de Dios nos invita a detestar. En la cruz, equilibrio humano de los dos mandamientos está todo lo que somos, todo lo que anhelamos ser, todo lo que nos avergüenza haber sido. Al retirarla de una pared sólo afirmamos un afán suicida de caminar hacia la desmemoria, hacia la disgregación, hacia una nada voraz y suicida. ITA Cervera no está sola. Joan Baez y Daryl Hannah, la musa hippie y la sirenita platino, han abandonado provisionalmente sus mansiones californianas y se han encaramado a sendos árboles para protestar contra cierto proyecto especulativo y arboricida. Dicen que se van a quedar un tiempo ahí arriba, como aquel personaje de Italo Calvino, elbarón rampante, que tan obvia puso la comparación cuando la baronesa Thyssen se echó al Paseo del Prado. Pero nuestra reciente heroína ecologista no estaba por desgarrarse el modelito blanco de los pantalones pirata, pese a que- -como ha recordado el flamante Cavia y vecino de recuadro, querido Juan Manuel de Prada- -fue esposa de un TarIGNACIO zán musculoso y medioCAMACHO cre que no debió enseñarle los secretos del ramaje y las frondas. De modo que se quedó abajo, jaleada por Pilar Bardem, Boris Izaguirre y demás miembros de la plataforma polivalente, ese ramillete de ciudadanos en permanente estado de activismo que lo mismo reparten rosas a favor del diálogo con ETA que se tiran a la calle contra la guerra de Irak o salen a solidarizarse contra los parquímetros de Carabanchel, pero que todavía no han aprendido a trepar. A los árboles, digo. Joan Baez y Daryl Hannah, al menos, sí se han subido a las copas de las especies amenazadas. Debe de ser el peso de la Historia; en los sesenta, bajo la lluvia de Woodstock y la eléctrica atmósfera de la marcha sobre Washington, la bella Baez fortalecía los ánimos de las muchedumbres contestatarias cantando No nos moverán con su voz de soprano folk y su falda de flores. Una mujer que ha sido el icono universal de la protesta tiene que respetarse a sí misma, aunque Carlos Cano me contó una vez su hondo desengaño moral cuando fue a conocer de cerca a aquel ídolo de los años rebeldes: ella lo recibió en la suite de un hotel de lujo desayunando champán francés. Algo le ha de quedar, no obstante, de aquella época levantisca e insurrecta con cuyo recuerdo abraza las nuevas causas de la subversión chic. Y Daryl Hannah, pues bueno; no tiene tanto pedigrí de insurgencia, pero cualquier mortal masculino treparía con ella a la palmera de los deseos, y a donde fuera menester. Elimpacto mediático de esta protesta californiana le ha puesto el listón muy alto a la baronesaThyssen; concretamente, a la altura de las copas de sus queridos plátanos de la acera del museo. Para defender la fronda verde del Prado ante los embates del urbanismo remodelador de Siza Vieira y el alcalde Gallardón- -que, broncas políticas aparte, haría bien en desconfiar de los arquitectos y su empeño en complicar lo que funciona- ya no basta quedarse con los tacones de aguja plantados sobre una tarima de leer manifiestos. Hay que ser coherente y escalar. Es lo que tiene la fama, el renombre, la fortuna: la gente pasa la vida trepando para alcanzarlos y al final acaba presa de su propia biografía. Cósimo Piovasco, el verdadero barón rampante, no esperaría menos de una viuda de Tarzán.