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ABC VIERNES 26 5 2006 Opinión 5 UNA RAYA EN EL AGUA PICOLETOS H CINTURA ZAPATÉTICA ODRÍGUEZ pasa su tiempo, como ya debemos saber a estas alturas, entre las solemnidades y la propaganda. Venga cintura. Ello es, probablemente, una forma más de escabullirse de las responsabilidades propias de su cargo, pero, por encima de todo, muestra una disposición absoluta a usar las escaleras del poder para quedar bien retratado en la imprevisible fotografía de la historia. Y muestra también una indisimulada habilidad para hablar y, la mitad de las veces, no decir nada. Pero eso ya es sabido. El habitual autismo de la clase política española se ha puesto de nuevo de manifiesto: mientras ésta dilucidaba los detalles imprescindibles del estatuto andaluz- -uno de los últimos juguetes con los que los muy caprichosos se premian a sí mismos- la ciudadanía se debatía aterrorizada por las noticias de asalCARLOS tos, secuestros y robos que diverHERRERA sas bandas de criminales realizaban en distintas zonas de España. Ellos hacían piruetas en torno a estupideces como la de la supuesta realidad nacional andaluza y, entre tanto, tres sujetos con acento rumano golpeaban y robaban, por ejemplo, a una familia de Lérida. Los asaltantes podían ser búlgaros y la familia de Moratalaz, da igual. Cuando los gobernantes se han querido dar cuenta, ya sólo se hablaba en las calles y las casas de lo que nos está cayendo encima a los atónitos ciudadanos que comprobamos que todo les vale a los delincuentes con tal de hacerse con cuatro euros. Rápidamente se ha querido solucionar el problema como se suele arreglar por estos burócratas de las ideas: con foros, comisiones, comisionados altos, nuevos departamentos con nuevos sellos y nuevos membretes. Es el momento en el que Rodríguez dejó caer el aro de su cintura y se puso nervioso a dar palmas pidiendo una tabla de salva- R ción urgente. A una cabeza privilegiada se le ocurrió crear un centro de inteligencia con el que apaciguar las iras de la gente; él, ufano y zapatético, corrió a comunicar la buena nueva. Ya saben: en primer lugar se devolverá a Cataluña una pequeña parte de los guardias civiles que fueron relevados en mitad de la euforia nacionalista. La batalla simbólica fue imprescindible y su salida era la escenificación de un triunfo pequeño. En cuanto las cosas se han puesto difíciles, los irresponsables políticos catalanes han pensado que bien vale un puñado de muchachos salidos de la academia de policías con tal de que se calmen los ánimos de los ciudadanos. Esa medida, junto con los funcionarios clasificadores de denuncias y correrías de los delincuentes importados- -como si con los de aquí no hubiera suficiente- bastará para cercar la espiral de delincuencia que atemoriza a una población asombrada por la insolencia de los criminales. Ya está. Ya podemos volver a jugar con el aro. No importa que por culpa de la irresponsabilidad mostrada durante los últimos años- -incluidos los gobiernos del PP- -el país se haya llenado de una gentuza a la que la justicia no puede ni parece querer encerrar a buen recaudo. No es progresista. Si un ciudadano responde violentamente a unos asaltantes armados y les causa daño, los jueces españoles castigarán al primero, como ha ocurrido en el caso de un karateca que afeó la conducta de unos pistoleros que amenazaban la cabeza de su hijo con un arma: los asaltantes están libres y el defensor está pendiente de una condena de dos años de cárcel por haberles roto tres huesos a cada uno. Cintura. La democracia es cintura. Y manga ancha. Y anchas espaldas. Y un aro muy grande con el que distraerse y por el que hacer pasar a la gente. Hasta que la gente se cabrea y llama indignada a las puertas de palacio mientras los señoritos están jugando al Hula Hoop. Entonces y sólo entonces empiezan a sonar todas las alarmas. AY ocasiones en que el Estado, ese concepto tan vapuleado por la retórica centrífuga del nacionalismo, se manifiesta a través de algún símbolo histórico impermeable a las coyunturas, a las modas, a la fiebre neoestatutaria, a la alharaca diferencialista. Por detrás de toda esta calentura de autonomías disfrazadas de realidades nacionales, de este fragor reivindicativo de identidades, de este elástico tironeo del tejido constitucional, aparece de vez en cuando el viejo perfil jacobino de alguna emblemática institución refractaria a las querencias circunstanciales determinadas por la conveniencia política, y surge de la memoria colectiva el sustrato sentimental que identifica la médula de IGNACIO una nación. El más clásiCAMACHO co de esos elementos que permanecen anclados más allá de los vaivenes circunstanciales de la Historia es la Guardia Civil, referencia figurativa del prestigio de un Estado vertebral que se resiste a la demolición y permanece de algún modo erguido bajo los escombros de su maltrecha estructura. Habastado que cunda enCataluña la alarma popular ante una oleada de bárbaros y violentísimos asaltos a viviendas para que desaparezca por ensalmo el orgullo ante la flamante policía autonómica, el fragor entusiasta del Estatuto confederalista y soberano, y surja de las entrañas ciudadanas un clamor desasosegado en demanda de la protección de la Benemérita. El publicitado y costoso despliegue de los mossos d esquadra por territorio catalán ha tropezado a la primera de cambio con la elemental muralla de la inquietud de la gente bajo la amenaza inmediata y tangible de esas bandas cuya alta peligrosidad requiere una respuesta a la altura de su desafío. Sometido al test primario e inapelable del miedo, el pueblo ha dictado veredicto: nada de mossos, que venga la Guardia Civil. Y la Guardia Civil ha ido. Es decir, ha ido el Estado. El viejo, maltratado, despreciable Estado ha acudido una vez más en socorro de una ciudadanía agitada por los demonios viscerales de la intranquilidady el pavor. Interpeladodirectamente por el pueblo, el Gobierno se ha visto obligado a olvidarse de la Generalitat, del Estatuto, de las competencias exclusivas, de la miope autosuficiencia territorial, y ha decretado a bombo y platillo la expedición inmediata de trescientos picoletos para recomponer la serenidad perdida del vecindario. He aquí la metáfora de un fracaso: todo el solemne triunfalismo soberanistadesmoronado ante el reto de su propia ineficacia, toda la grandilocuencia artificiosa del nacionalismo puesta en solfa por su incapacidad de resolver un problema real, toda la soberbiapresunción autocomplaciente del orgullo autonómico de hinojos ante trescientos cadetes de la Academia de Baeza, cuyo solo anuncio presencial inyecta un bálsamo de alivio en la conciencia ciudadana. Dicen que la vieja España está cosida por hilos invisibles que aprietan el tejido de la memoria común. A veces, esa etérea hilatura de símbolos adopta los ribetes de un uniforme verde enhiesto en el paisaje de esta nación zarandeada.