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ABC JUEVES 25 5 2006 59 El Albéniz seguirá siendo teatro gracias a un Plan de protección del uso cultural del Ayuntamiento de Madrid Sofia Coppola presentó en el Festival de Cannes su personal visión de María Antonieta entre aplausos y abucheos NAVEGANDO LA NOCHE JUAN MANUEL DE PRADA Artículo ganador del premio Mariano de Cavia, publicado en ABC el 9 de abril de 2005 l caer la noche del jueves, las calles adyacentes a San Pedro se convierten en un albergue a la intemperie. El cansancio empieza a hacer mella en los peregrinos; muchos de ellos han hecho colas de diez, quince y hasta veinte horas para alcanzar a vislumbrar, apenas durante unos segundos, al Papa yacente, después de un viaje en autobús de otras tantas diez, quince y hasta veinte horas. La noche que ya se echa encima se ha tornado desapacible; un viento todavía tímido culebrea a ras de suelo. En el Ponte Sant Angelo, las divisiones del Papa vivaquean y extienden sus sacos de dormir; sobre los pretiles, cientos, acaso miles de lámparas votivas prenden su luz diminuta y apenas bisbiseada para conjurar el reino de las sombras. Diríase que las aguas del Tíber jamás hubiesen leído a Heráclito; tal vez sea la llama de las velas la que actúa sobre ellas como un conjuro, deteniendo su curso. El Castel Sant Angelo se recorta sobre los estertores del ocaso, como un mamut que durmiese panza arriba, mostrando su boca desdentada; a sus pies, acampan los scouts polacos: su uniforme verde oliva, sobre el fondo almenado del castillo, otorga a la estampa un aura levemente marcial. En los corros de jóvenes ha empezado a brotar un murmullo unánime: rezan el rosario en un babel de lenguas, como en una celebración renovada de Pentecostés. Otros oran con canciones que traen en sus estrofas esa jubilosa abnegación de las razas nómadas. A los gerifaltes que ostentan, en régimen de minifundio, el poder terrenal; todos ellos tienen un no sé de chisgarabises o chiquilicuatros, comparados con el hombre cuya muerte han venido a honrar, siquiera de boquilla. Las pancartas se hinchan con el viento de la mañana; en muchas de ellas se repite un mismo mensaje perentorio: Santo subito s el grito más repetido en las dos horas largas que dura la ceremonia: al principio restalla como un disparo seco, proferido por francotiradores dispersos que aprovechan las pausas que el cardenal Ratzinger introduce en su homilía; pero antes de la bendición final, el grito se hace salmodia, se hace letanía, se hace marea insistente: ¡Santo! ¡Santo! ¡Santo! Las columnatas que flanquean en semicírculo la Plaza de San Pedro actúan como frontón de ese grito que junta en un mismo haz cientos de miles de gargantas; sobre el ataúd que encierra el cadáver del Papa, el viento remueve las hojas del Evangelio, buscando alguna cita que legitime esta petición unánime. El viento es un teólogo urgente que agiliza las causas de canonización, un hábil relator que traspapela trámites engorrosos y superfluos. ¡Santo! ¡Santo! ¡Santo! corea la multitud; el eco de esa palabra rebota sobre la fachada de la basílica, hace ondear el cortinón de terciopelo grana que desciende desde el dintel de la Puerta Filarete, parece incluso que impulsa el tañido de las campanas. ¡Santo! ¡Santo! ¡Santo! E La Plaza de San Pedro y las calles adyacentes fueron albergue de peregrinos les entre la multitud desvelada. Como Mario e Iñaqui, un par de chavales murcianos, un poco hippies y un poco franciscanos, que decidieron poner a prueba su paciencia y a salvo su bolsillo, coronando una hazaña que concluyó apenas unas horas antes: cuando supieron que había muerto el Papa, decidieron que llegarían a Roma haciendo auto- stop y viviendo de la caridad, para demostrarse que aún quedaban hombres de buena voluntad por los caminos de Europa; han tenido que pelar frío en las cunetas y dormir bajo la marquesina de gasolineras inhóspitas y compartir el condumio con camioneros que tenían empapelada la cabina con fotos de la neumática Pamela Anderson, que es algo así como la santa patrona contra los pinchazos en carretera: pero el frío les ha aquilatado la fe y las noches al raso les han permitido contar la descendencia de Abraham y, por si fuera poco, consiguieron que un camionero abriera un hueco entre su abrumador collage sicalíptico para colocar una estampa del Papa. uando los dejó en la frontera francesa, el camionero, que hasta entonces les había parecido un hombre hosco, o al menos lacónico, les pidió que rezaran juntos un padrenuestro. Nos confesó que hacía quince años que no rezaba, que había perdido la fe el día que un hermano suyo murió de sobredosis- -recuerda Mario- pero que oyéndonos hablar había sentido como si una compuerta que permanecía cerrada dentro de él se hubiese por fin abierto En lugar de AP l padre Andrzej, párroco en Wadowice, la localidad natal de Karol Wojtyla, se pasea entre los grupos, repartiendo botellas de agua y también mantas que ayudarán a sus feligreses a combatir el frío; aunque, como él mismo me asegura, el alma polaca no requiere de abrigos para irradiar calidez. El padre Andrzej, además de cura, es pintor; él mismo se ha encargado de decorar las paredes de su templo, allá a orillas del río Skawa; encarna el modelo del Wawro, una especie de híbrido entre filósofo, artista y campesino, cuyas obras primitivas- -me enseña algunos de sus dibujos: afligidas figuras de Cristo, Vírgenes de belleza despeinada y apenas núbil- -aspiran a interpretar el espíritu popular. El padre Andrzej es jocundo y rechoncho, con una sotabarba rubiasca que se extiende sobre su papada como un bosque calcinado; mientras paseamos por la ribera del Tíber, introduce en su conversación risotadas que desvelan a las estatuas del Palazzo di Giustizia y las hacen tambalearse sobre sus pedestales. Juan Pablo también era un Wawro- -afirma- él supo mejor que nadie fundir la piedad del pueblo llano con una cultura elevada Quizá en esta frase se resuma mejor que en un mamotreto de mil páginas la personalidad contagiosa del titán que mañana será enterrado. Aunque los polacos imponen su mayoría apabullante, tampoco faltan españo- E C despedirse con el consabido apretón de manos se fundieron los tres en un abrazo; el camionero les pidió que rezaran con él, para que recuperase la fe y también para que algún día volviese a encontrarse con su hermano en el cielo. Mario e Iñaqui comparten conmigo una rebanada untada en un paté no demasiado católico; ambos desprenden un olor como de tigre somnoliento, pero hasta los efluvios de ese hedor tienen un no sé qué honrado y fraterno en esta hora en la que el frío se empieza a inmiscuir en la carne. Navego la noche con estos peregrinos que, de haber acompañado al Galileo a Getsemaní, no se hubiesen mostrado tan remolones como los Apóstoles. Cuando regreso al hotel, en las estribaciones del amanecer, tengo que hacerlo salvando sus cuerpos tendidos. Los carabinieri ya se han apostado en las calles que conducen al Vaticano, para encauzar el deambular de los peregrinos y el tráfico de los automovilistas despistados; las legañas les brillan en los párpados como migajas de ámbar, y la barba les crece insomne, soliviantada por la alteración de los horarios. Unas horas más tarde, cuando la misa de exequias fúnebres dé comienzo, tendrán que espantarse las últimas hilachas del sueño y vociferar hasta desgañitarse para que sus órdenes no queden apabulladas por ese río humano que pugna por romper las esclusas y desembocar en la inaccesible Plaza de San Pedro. A través de pantallas gigantes de televisión, la multitud atisba la llegada de uando la misa concluye, algunos peregrinos se derrumban sobre los adoquines de la Plaza, exhaustos o quizá tan sólo traspasados por el rayo de la Historia, que en estos días en que se detuvieron los relojes y el curso de la sangre en las venas los ha elegido como protagonistas. A medida que se desaloja la Via della Conziliazone, Roma adquiere un aspecto expoliado, como de salón de baile del que hubiesen desertado los invitados, dejando al anfitrión la tarea menos gratificante de la limpieza. Los camiones de la basura empiezan a cumplir su función, puntuales e impávidos como tanques. Uno de esos camiones, que despide agua a presión sobre las aceras, lava la mugre que se ha ido sedimentando sobre los adoquines en estos días de trasiego; a su paso, la gente se retira despavorida, salvo una muchacha que permanece de rodillas, enarbolando una bandera polaca. Cuando ya parece que el camión la va a empapar, cuando ya nada parece que pueda librarla del remojón, el conductor corta el flujo del agua sin apagar el motor, avanza unos pocos metros y vuelve a restablecerlo, como en aquella película de Billy Wilder donde los camiones de riego de París respetaban el beso de los enamorados. Un aplauso recompensa su gesto. El viento despechado remueve y desencuaderna las hojas de los periódicos atrasados, que ascienden al cielo como pájaros ateridos. Por la ventanilla del taxi, las veo bailar en el aire, zarandeadas por el golpe de una y otra ráfaga: en todas ellas, vislumbro la efigie de Karol Wojtyla, rumbo al cielo de las mitologías. C