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4 Opinión MARTES 23 5 2006 ABC PRESIDENTE DE HONOR: GUILLERMO PRESIDENTA- EDITORA: CATALINA LUCA DE TENA LUCA DE TENA CONSEJERO DELEGADO: SANTIAGO ALONSO PANIAGUA DIRECTOR: JOSÉ ANTONIO ZARZALEJOS Directores Adjuntos: Eduardo San Martín, Juan Carlos Martínez Subdirectores: Santiago Castelo, Rodrigo Gutiérrez, Carlos Maribona, Fernando R. Lafuente, Juan María Gastaca, Alberto Pérez Jefes de área: Jaime González (Opinión) Mayte Alcaraz (Nacional) Miguel Salvatierra (Internacional) Alberto Aguirre de Cárcer (Sociedad- Cultura) Ángel Laso (Economía) Jesús Aycart (Arte) Adjuntos al director: Ramón Pérez- Maura, Enrique Ortego Redactores jefes: V. A. Pérez, S. Guijarro (Continuidad) A. Collado, M. Erice (Nacional) F. Cortés (Economía) A. Puerta (Regiones) J. Fernández- Cuesta (Sociedad) A. Garrido (Madrid) J. G. Calero (Cultura) J. López Jaraba (Deportes) F. Álvarez (TV- Comunicación) L. del Álamo (Diseño) J. Romeu (Fotografía) F. Rubio (Ilustración) Director General: José Luis Romero Adjunto al Consejero Delegado: Emilio Ybarra Aznar Económico- financiero: José María Cea Comercial: Laura Múgica Producción y sistemas: Francisco García Mendívil VAIVENES EN LA CONSTITUCIÓN E MONTENEGRO, DISTINTO Y DISTANTE O primero que hay que aclarar sobre el referéndum celebrado en Montenegro es que no se trataba de proclamar su independencia de Serbia, sino su separación de una entidad federal en la que ambos países se encontraban asociados. Lo que se llamaba Serbia y Montenegro y que en broma se conocía como Solanistán -porque nació en gran parte del empeño de Javier Solana de intentar demostrar que algunos pueblos de la desaparecida Yugoslavia aún eran capaces de seguir viviendo juntos en lugar de matarse mutuamente- -fue una entelequia que sólo existía sobre el papel. El divorcio estaba consumado mucho antes del referéndum, y la sensación de alejamiento de muchos montenegrinos se había venido agravando precisamente con las presiones que la UE ha ejercido sobre Serbia y las amenazas de mantener a Belgrado en un limbo a las puertas de Europa, a causa de sus problemas con el Tribunal Penal Internacional de la Antigua Yugoslavia. Para los coleccionistas de símbolos, basta decir que este año ya no fueron capaces ni de hacer juntos una cosa tan anodina como elegir un representante común para el Festival de Eurovisión, por lo que tuvieron que retirarse del concurso. Serbia y Montenegro, que ya tuvieron existencias separadas en épocas anteriores, eran ya dos estados distintos que no compartían aduanas, ni moneda, ni tribunales. Este referéndum estaba pactado desde la creación de su efímera federación, y se hubiera repetido dentro de tres años en caso de que el resultado hubiese sido diferente. Por ello, quienes pretendan ver similitudes con las aspiraciones de los nacionalistas radicales en el País Vasco o en Cataluña se equivocan completamente. A la vista de lo ajustado del resultado, cabe preguntarse sobre las ventajas de haber optado por este camino, que consagra una profunda fractura en el seno de una sociedad pequeña y rodeada de fantasmas de violencia étnico- política. A fin de cuentas, lo mejor que les puede pasar a serbios y montenegrinos es que en un futuro más o menos próximo vuelvan a encontrarse en el seno de la Unión Europea, abocados a compartir moneda, aduanas, pasaporte e instituciones. ¿Habrá valido la pena te- L ner que pasar por esta dolorosa división, o hubiera sido mejor permanecer juntos en el camino hacia la incorporación a la UE? Quedará siempre la duda de si esta decisión de ser un país independiente a toda costa ha sido una consecuencia natural o fruto solamente de las aspiraciones egoístas de una elite política anclada en el localismo. Para Serbia, que a partir de ahora se queda sin salida al mar, es un nuevo golpe, pero no el último: en breve se tendrá que abordar el estatus final de Kosovo, que en cualquier caso nunca volverá a ser una región serbia, mientras que sus servicios secretos maniobran para retrasar la detención del general Mladic y de Radovan Karadjic, lo que a su vez mantiene al país en el estatus de paria internacional. Los serbios siguen pagando el castigo por los graves errores de la guerra, mientras que todos los demás, mal que bien, logran escapar del pasado. La Unión Europea también está obligada a reflexionar sobre el resultado de este referéndum, que no es ni mucho menos el último acto de la larga tragedia de la descomposición de Yugoslavia. Al contrario, puede ser el primero de una serie de cambios que volverán a poner a prueba la estabilidad en los Balcanes y que pueden involucrar a países de la zona que hasta ahora se habían mantenido estables a duras penas. Por ello tiene mucho valor el llamamiento que hacía ayer mismo Javier Solana a la responsabilidad de serbios y montenegrinos, para que todos acepten con naturalidad esta decisión democrática. Desde Bruselas, la Unión debe ser capaz de administrar con sabiduría los efectos de la separación, ya que en estos tres años no ha podido mantener la unidad, como habría parecido más razonable, porque en este tiempo sus decisiones políticas no siempre han contribuido a facilitar la continuidad de una entidad federal que la misma UE quiso crear. Afortunadamente, la fuerza de la idea europea sirve para resolver no pocos problemas, aunque siempre quede el resquemor de dudar si es consecuente decir primero que no se desea convivir con los vecinos de escalera y luego afirmar que se aspira sinceramente a integrarse con los vecinos de toda la calle. INCERTIDUMBRE EN LAS BOLSAS E L recurrente temor a un repunte en la inflación y a una nueva subida de los tipos de interés ha llevado a las grandes Bolsas mundiales a una importante corrección que dura ya varias semanas y que en el caso del Ibex lo ha dejado, ayer, por debajo de los 11.000 puntos, con la pérdida de casi todo lo ganado en el año. Las caídas han afectado prácticamente a todos los valores cotizados y a todas las Bolsas, ignorando las significativas bajadas en el precio del petróleo, por debajo ya de los 68 dólares el barril de Brent, el mínimo en seis semanas, y con el oro en el umbral de los 650 dólares la onza. Muchos analistas interpretan esta fuerte caída también como una toma de beneficios y una lógica corrección a las alzas continuas de los mercados de valores en los últimos meses. Por ello valoran como pasajera esta racha de bajadas, provocada, en gran medida, por el miedo a una nueva subida del precio del dinero, más problable a corto plazo en Estados Unidos que en la UE, y a los datos de una inflación que no cede. A estas malas noticias se sumaron ayer las procedentes de Asia, con el anuncio de China de endurecer su política monetaria y el consiguiente menor crecimiento de su economía, lo que provocó un brusco deterioro en los precios de muchas materias primas que repercutieron en la cotización de algunos valores. El Ibex, que el pasado 9 de mayo cerró en los 12.083 puntos, el máximo marcado desde hace seis años, bajó ayer un 2,84 por ciento, en línea con las pérdidas de las principales Bolsas europeas. La bajada ha afectado a todos los valores cotizados, con especial incidencia en aquellos que mayor revalorización habían acumulado, como constructoras, inmobiliarias y banca. Esta tendencia a la baja ha afectado durante las últimas semanas a todas los grandes bolsas mundiales, desde la tan influyente de Nueva York, a Londres, París, Fráncfort y Tokio, con un contagioso efecto que se autoalimenta cada día con nuevos datos de la economía de Estados Unidos. Malas noticias que llevan el miedo a las Bolsas en una espiral que ya dura demasiado y extiende la incertidumbre. L presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, acompañó el anuncio de que va a iniciar el diálogo con ETA con su deseo de reformar la Constitución- -la enésima reforma propuesta- -para incluir a las víctimas del terrorismo en su Preámbulo. La iniciativa, más allá de lo que pueda suponer de respuesta a una técnica de compensación de mensajes que resultará ineficaz si lo que pretende es ganarse la confianza de las víctimas de ETA, es sobre todo y en sí misma una ocurrencia más del jefe del Ejecutivo. Si Rodríguez Zapatero quiere rendirles homenaje, seguro que hay muchas y variadas maneras de hacerlo antes que recurrir al Preámbulo de la Constitución, que no se puede convertir en un cajón sin fondo para las iniciativas gubernamentales, por muy dignos de reconocimiento que sean los protagonistas de esa modificación constitucional. El asunto tiene largo recorrido. Repasando la legislatura encontramos nuevos ejemplos del mismo frenesí remodelador de la Carta Magna por parte del jefe del Ejecutivo. A las cuatro reformas constitucionales que anunció al poco de tomar posesión (modificación del Senado, equiparación de la mujer al varón en la sucesión a la Corona, acomodo de la Carta Magna a la Constitución europea e introducción del nombre oficial de las Comunidades Autónomas en el texto de 1978) le ha ido uniendo otras sin solución de continuidad. La última a recordar es la modificación del artículo 49 para cambiar la denominación de disminuidos por la de discapacitados La heterogeneidad de las reformas propuestas ya revela el ímpetu revisionista del presidente del Gobierno, empeñado en someter a la Carta Magna a un vaivén de cambios que por su propia naturaleza y condición bien merecerían una serena y profunda reflexión por su parte. Una Constitución es una norma básica y, por lo tanto, no puede estar sujeta a modificaciones que a veces sólo son terminológicas y que no responden en absoluto a una demanda social. Resulta curioso que el presidente no haya reparado en las supuestas vulneraciones constitucionales que recoge el nuevo Estatuto catalán (o que, al menos, las minusvalore) y al tiempo parezca empeñado en sacarle brillo a una Carta Magna con la que pretende hacer justicia a determinados colectivos. En este último caso suscitado, las víctimas del terrorismo no precisan de una mención expresa en la Constitución: son la sociedad y el Estado quienes han de arropar de manera efectiva a quienes han sufrido el azote de la violencia etarra. Parece evidente que esta referencia a las víctimas que Zapatero quiere incluir en el texto constitucional es un mero ejercicio voluntarista que no debería enmarcar dentro del complejo proceso abierto para intentar poner fin al terrorismo.