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21 5 06 PRÓXIMA PARADA NUESTROS CORRESPONSALES Roma Buenos Aires Marat El arte... o helarte En el Museo de Bellas Artes de Bruselas se encuentra este lienzo de J. L. David, que me ha descubierto el frío estremecimiento con el que a menudo nos conmueven las obras inmortales de los hombres ENRIQUE SERBETO. CORRESPONSAL EN BRUSELAS BRUSELAS ENRIQUE SERBETO Berlín París Rabat ¿Q Nueva York ué es el Arte? La pregunta la hacía casi todos los años el primer día de clase en el Seminario de Barbastro don José Mora, canónigo de la Catedral, para confundir a los alumnos que teníamos que estudiar su asignatura de Historia del Arte. El ingenio del profesor trataba de suplir los medios un tanto aburridos con que contábamos, si se comparan los rústi- cos libros de texto de hace treinta años con los discos multimedia que ahora regalan hasta con las latas de sardinas. Teníamos sólo unas cuantas imágenes en color y una de ellas era precisamente un cuadro de los que se quedan grabados para toda la vida: La muerte de Marat de Jacques- Luis David. Viéndolo trataba de indagar: ¿qué hacía trabajando en la bañera un dirigente de la Revolución Francesa? ¿quién fue este personaje y quién su asesino? (su asesina en realidad, según supe luego) y, sobre todo, teniendo en cuenta que la pintura pretendía ser una especie de instantánea de un hecho histórico, estaba la brutalidad de que mirándolo da la impresión de asistir permanentemente a un asesinato. Todos los detalles están cuidadosamente representados, incluido el mensaje traidor de Charlote Corday, que fue a París desde Caen y recorrió 230 kilómetros expresamente para cometer el crimen. Están ahí los datos, las huellas del criminal, el arma homicida, la herida mortal... el pintor lo dispuso todo para que el relato del magnicidio quedase plasmado con minuciosidad, como para una inspección de los equipos de forenses. De la guillotina al exilio David había visto muchas cosas en su azarosa vida, y no me extraña que tuviera ese empeño en describir con crudeza la desaparición de un personaje que, por cierto, firmó no pocas órdenes para que guillotinasen a sus enemigos políticos. David fue primero pintor de Luis XVI, después sirvió a los revolucionarios que cortaron la cabeza al Monarca y aún tuvo tiempo de hacer los retratos oficiales de Napoleón, que fue el que barrió con las estructuras del nuevo régimen. A la postre, terminó sus días en 1825 en Bruselas, exiliado, cuando este país no existía aun como Bélgica, sino que era una parte reticente de Holanda. Una noche, volviendo tal vez de un viaje a Argelia, escuché la voz conocida de Sagrario Yayo Aznar en Radio Nacional hablando precisamente del cuadro del asesinato de Marat, del que recordó que se encuentra en el Museo Real de Bellas Artes de Bruselas. A los pocos días, ya en la capital belga, cayó en mis manos un manual sobre los Paseos estéticos en el Museo Antiguo de Bruselas, con comentarios y explicaciones de los principales cuadros fechado en 1910. En él se hablaba de la Agonía de Marat (ya ven el matiz frente al título que, en español, según unos está muerto y según otros aún agoniza) y, a pesar de que el crítico de la época trata a David de colorista execrable lo que más me llamó la atención fue que dijera que sus pinturas fueron fríamente compuestas y ejecutadas ¿Fríamente? Cuando el bueno de don José Mora nos preguntaba ¿Qué es el arte? esperando una panoplia de respuestas más o menos bien orientadas, era para acabar siempre con la misma broma: Helarte es tener mucho frío Eso es, frío como Marat, frío, helado como mis ojos contemplando este cuadro, por fin. Por fin el, Arte. Por fin, helarte. Jerusalén México Washington Berlín Atenas Londres Moscú Pekín Viena Estocolmo Marat, un político despiadado, suscita compasión y ternura en este soberbio lienzo de David