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8- 9 D 7 LOS DOMINGOS DE celebrar un día tan especial, único en su vida, le dijo antes de despedirse de ella y marcharse al trabajo. Que él llegaría después del mediodía para comenzar los rituales de su cumpleaños. Los preparativos para la fiesta se habían iniciado una semana antes y ese mismo día de la celebración, desde que amaneció, el trasiego de toda la casa de los Lerma confluía en un solo objetivo: el cumpleaños de Carmen Lerma, su mayoría de edad. Hacia el final de la mañana del gran día, Carmen Lerma notó que las voces de su madre y las mucamas habían bajado su tono festivo de las primeras horas, sus miradas se tornaban huidizas cada vez que ella entraba en la cocina y una suerte de silencio triste comenzó a inundar como un gas letal toda la casa. Nada, no pasa nada- -contestó Laura, su madre. Estaba tomándose un vaso de agua en la cocina, de espaldas a ella. Se volvió para terminar de hablarle- Sigue con tus cosas, termina de arreglarte para el almuerzo. A tu padre no le gusta llegar y que las cosas no estén en su lugar. Y menos hoy, que es tu gran día. -Pero Carmen le notó un ruido raro en la garganta. Una ronquera que ahuecaba su voz más de la cuenta, como si tratara de ocultarle algo importante que ella no debía saber. La mano de Laura mantenía el vaso con mucho esfuerzo- -dijo Ferrer. Hizo una pequeña pausa y tragó saliva- Entonces, la intranquilidad y el nerviosismo le fueron ganan- do la partida antes del mediodía. De mi conversación con Ferrer en el bar de Providencia aquella tarde hasta que volvimos a vernos durante una larga estancia suya en Madrid mediaron algunos años en los que escribí en mi periódico algunos artículos sobre el caso de los Lerma. Su realidad tenía mucho interés por el añadido de que Lerma era español y funcionario internacional que cumplía su misión profesional en las oficinas de la Cepal en Santiago. Los tintes de fábula poética, que me llamaban a escribir aquella historia con una constancia y obstinación desacostumbradas, quedaban relegados al silencio de mis obsesiones literarias. Para más adelante, me decía engañándome, cuando tenga todos los datos en la mano y pueda escribir sobre el asunto con pleno conocimiento de causa y sin que el caballo me lleve en su locura por donde le plazca. Para más adelante, cuando pueda ir poco a poco encajando las piezas del juego y no quede resquicio a ninguna duda. ¿Qué es pleno conocimiento de causa para un escritor que lo que pretende es sólo escribir una novela, saltar de la historia real y sumergirse de lleno en el intento de inventar otra historia, otra realidad llena de detalles siempre inexactos? me preguntaba cada vez que la obsesión de los Lerma regresaba a buscarme en plena madrugada de insomnio, entre largos silencios sospechosos y ruidos repentinos que el mismo silencio dibujaba en la oscuridad, tocando a la puerta cerrada a cal y canto de mi conciencia de escritor que había prometido escribir aquella historia. ¿Y por qué venía a buscarme esa deuda en la oscuridad, si yo mismo sabía que nunca me había gustado escribir de noche, que lo mejor para mí era escribir todos los días durante las horas de la mañana, como si el mundo exterior a mi estudio y a mí mismo no existiera todavía ese mismo día, sin leer los periódicos, sin escuchar ninguna emisora de la radio, ni ver los noticieros de la mañana en la televisión, como quien comete un pecado muy grave, como un delincuente ensimismado en su culpa, como el ladrón que procura su delito en la clandestinidad más absoluta, como un adúltero que miente al salir de su casa cuando todo el mundo cree que va al tajo de todos los días? A pesar de todo, a pesar de los consejos de mi padre, conviene que ustedes, los lectores, conozcan todas estas dudas del escritor con la mayor precisión, como no las conoce ni él, aunque no lo sepa. En los reportajes me limitaba a relatar, con el estilo periodístico que siempre había encontrado el más eficaz, algunos de los episodios de los Lerma bajo la dictadura del general Pinochet y después del referéndum chileno. Para ellos, para toda la familia, el tiempo no había transcurrido con el Notó que las voces de su madre y las mucamas habían bajado su tono festivo sus miradas se tornaban huidizas cada vez que ella entraba en la cocina mismo ritmo veloz que para millones de chilenos. No eran los únicos que sufrieron, porque otras cientos de familias chilenas padecieron la misma suerte que ellos. Pero los Lerma parecían y eran especiales, sobre todo, ella, Carmen Lerma, la hija. Ya me lo había avisado Méndez con mucho tiempo de antelación, en el lobby del Hyatt de Santiago. La primera de nuestras citas era para las dos de la tarde. Me había hospedado en ese hotel y, le dije por teléfono a Méndez, me venía muy bien que viniera a buscarme a esa hora que él mismo había propuesto. Allí nos encontraríamos. Bajé media hora antes. Sentado con toda comodidad en un rincón del lobby, esperé a que llegara. Casi a las tres de la tarde, me di cuenta de que el tipo que se paseaba delante de mí, tenía tal pinta de espía que parecía sacado de una novela de Greene. No podía ser Méndez, no podía ir a buscarme disfrazado impecablemente de sí mismo, con aquel traje gris de alpaca brillante. Y, sobre todo, las enormes gafas de cristales velados cubriéndole más de la mitad del rostro. No puede ser él, pensé con sarcasmo desde casi las dos de la tarde, al verlo por primera vez paseando por el lobby del Hyatt. Pero era él: el comandante de Estado Mayor del ejército español Alfonso Méndez, el primero que me dijo con toda claridad que para eso estaba allí Carmen Lerma, impertérrita, para impedir todo olvido, mi querido amigo. -Ésa es su misión en la vida- -me dijo Méndez.