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21 5 06 EL LIBRO PREPUBLICACIÓN Con la primera madrugada... Un suceso real, el caso Soria está en el transfondo de la novela de J. J. Armas Marcelo Al sur de la resurrección editada por Plaza Janés) que rastrea el sombrío periodo que siguió al golpe del general Pinochet, en Chile, lleno de incidentes y personajes insólitos. Soria, español, asesor de Allende, murió torturado y su hija aún pelea por aclarar los hechos. Ofrecemos un fragmento Título: Al sur de la resurrección Autor: J. J. Armas Marcelo Editorial: Plaza Janés Páginas: 320 Precio: 19,90 euros Fecha de publicación: 22 de mayo on la primera madrugada, Carmen Lerma debió de perder el sueño en un grito de sudor que le robó todos los sentidos. La sombra de ese instante y la misma sensación del miedo la iban a acompañar en multitud de ocasiones desde ese momento, cada vez que soñaba con el que sería el objetivo principal de toda su vida desde ese mismo segundo de la pesadilla. Un pánico gelatinoso y ácido, de metal con sabor de limo agrio y fondo de pantano, se le pegó al corazón. Sintió un estruendo de trueno en la cabeza y de golpe se le quebró el aire de los pulmones hasta aplastarle la respiración con el peso que habría de perseguirla a lo largo de toda su vida como una sombra negra a punto siempre de apresarla. Podían haber sido las cinco y diez minutos de la mañana. Una noche gélida y llena de soledades en Santiago. Ésa es mi conclusión después de sacar cuentas de cuanto ella me ha contado durante estos años de convivencia- -me dijo Rolando Ferrer, el segundo marido de Carmen Lerma. Estábamos sentados los dos en un bar de Providencia, discreto todavía, a esa hora de la media. Había llegado a contactar con él, ya divorciado de Carmen Lerma, de la mano de Alfonso Méndez, del que ahora colijo que me ayudaba también porque era la única manera de seguir desde cerca el rastro en mis pesquisas sobre los Lerma, la mejor manera de enterarse de todo, ése era al fin y al cabo su papel. Me costaba trabajo en aquel día de tan alta temperatura del verano austral de Santiago de Chile, con el calor pegajoso como engrudo pesándome sobre la piel, pensar en el frío, sentir la sensación del frío en ese instante de calor sentado a la mesa en el bar de Providencia, con la luz tenue de la conversación lenta y tranquila, mientras Ferrer me contaba la noche en la que empezó todo. La hora exacta no fue en ese momento ni sería después lo realmente importante para ella, ni que no atinara a contestarse dónde estaba en el instante mismo del C temblor, del golpe de sudor frío, en el grito del sueño al despertarse. Ni en qué abismo se alongaba fue importante para la vida de Carmen Lerma y sus férreas determinaciones, ni en qué salve o selva andaba perdida o de qué laberinto oscuro buscaba salir sin conseguirlo. Tampoco fue importante que no reconociera las sombras cálidas de su alcoba, los olores de la noche doméstica, el tacto mojado del sudor de sus sábanas acogedoras. Nada de eso fue importante en su futuro, ni influyó en su férreo carácter ni en las promesas que se juró cumplir después de que acabara la noche de aquella pesadilla y llegara el día luminoso que tanto había estado esperando, sino que lo importante fue que se le borró de la cabeza el sueño entero, se le olvidó del todo cada una de las secuencias de la pesadilla que tanto la había hecho temblar y de la que se había despertado. De modo que no sabía por qué había dado el grito ni de qué peligro la había salvado el sudor frío que le bañaba el cuerpo al despertarse, y no recordó entonces ni recordaría durante la mayor parte de su vida ni siquiera una secuencia de la pesadilla cuyo peso habría de acompañarle para el resto de sus días, aunque en la nebulosa del miedo intuyera el zureo de la catástrofe inminente. En la tembladera del miedo lo confundió todo con un terremoto, esa pendencia perenne sobre Santiago, pero atinó a tentar sus ropas mojadas de frío para reconocerse y ubicarse en su propia cama, saber su nombre y apellidos al menos, saberse de quién era hija. Y en ese instante despaisajado sintió que la protectora sombra de su padre entraba en el cuarto a oscuras para socorrerla. Entonces pensó que se había salvado del terremoto, aunque seguía oyendo el retumbar del derrumbamiento en el que todos sus intentos por re- J. J. Armas Marcelo Escritor Y en ese instante despaisajado sintió que la protectora sombra de su padre entraba en el cuarto a oscuras para socorrerla. Entonces pensó que se había salvado del terremoto cordar algo del sueño fueron imposibles, seguramente porque en la pesadilla flotaba el infierno que sería para olvidar antes de que sucediera. Oyó su voz de calma, lo oyó pronunciar su nombre con el mismo tono de voz cercano de siempre. -Carmen, hija, ya pasó, fue un mal sueño, tranquilízate, tenías una pesadilla, no llores más. Oyó esas palabras de su padre que fueron como un bálsamo para una enferma de fiebres raras, y volvió a ser ella misma en la madrugada del día en que iba a cumplir dieciséis años e iba por fin a ser una mujer, según su padre le había anunciado durante tanto tiempo. Ese día iba a ser el gran día de Carmen Lerma, el momento exacto en que sería una mujer, un misterio que había estado imaginándose en los últimos meses en todas sus fantasías adolescentes. Por mucho que lo procuró no había entendido cómo iba a salir del estado de niña en que hasta entonces había vivido para pasar a ser una mujer en un solo instante, un momento después de cumplir los años, con qué método y por qué mágico artefacto del tiempo un día antes de ser una mujer era sólo una niña y sólo veinticuatro horas más tarde de ser una niña iba a ser para el resto de su vida una mujer. En todos esos años, el arquitecto Carmelo Lerma le dijo siempre a su hija que todo el mundo comenzaría a abrirse ante sus ojos ese mismo día de su cumpleaños. -A partir de ese momento serás otra persona sin dejar de ser la que has sido- -le repetía Carmelo Lerma una y otra vez a lo largo de sus años anteriores- y no debes olvidarte nunca de nada, ni de quién eres ni de los padres que tienes, ni de tus promesas que serán leyes para ti. Cuando seas una mujer, lo verás todo muy claro. -Tranquilízate, Carmen, hija, es una pesadilla, ya pasó. Duerme. Que durmiera hasta que se hiciera de día, le dijo su padre al oído, con la voz persuasiva, sedante y llena de convicción que Carmen le conocía. Que se preparara para