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ABC SÁBADO 20 5 2006 63 FIRMAS EN ABC JOAQUÍN ALBAICÍN ESCRITOR JARDIEL Y EL BANQUETE DE LOS JUSTOS La conmoción taurómaca vivida aquel 10 de mayo en las arenas de Madrid no fue sino un eco, un reflejo adaptado a las condiciones sensoriales del madrileño medio... E creer a Enrique Jardiel Poncela, el martes 10 de mayo de 1932 Dios descendió a la Tierra, concretamente a Madrid, para ser agasajado en San Francisco el Grande con un banquete oficial y, ocho días después, tomar la palabra ante la humanidad en pleno, en una tribuna levantada a tal efecto en la meseta de toriles del circo táurico más importante del mundo. ¿El menú? Para abrir boca, aceitunas. A continuación, paloma asada y cordero en salsa. De postre, huesos de santo, tocino de cielo, cabello de ángel y un pelotazo de Lacrimae Christi. Quienes no vivieron el evento lo hallarán fielmente relatado en La tournée de Dios, una de las más aplaudidas novelas de Jardiel. En fin: que yo no me invento nada. Y, sin duda, aún sale a pasear bastón en mano algún comensal asistente a la cuchipanda tributada al Altísimo por las autoridades republicanas que podrá dar fe de que aquello fue así, como me he encontrado con más de uno y diez convencidos de haber visto a mi abuelo hacer el paseíllo en Las Ventas con una montera blanca. Y, efectivamente, que los testimonios gráficos de la época desmientan tal seguridad no quiere decir, en el fondo, nada. Hemos constatado en la Hemeroteca Municipal- -y así lo hacemos D constar, por cuanto creemos que no se ha reparado antes en ello- -que, en la fecha del agasajo gastronómico a Dios en el casticísimo templo proporcionada por Jardiel, los diarios madrileños dieron fe de la celebración en la vieja plaza de toros de la capital, sita donde hoy se alza el Palacio de los Deportes, de una corrida de imborrable recuerdo para cuantos asistieron a ella. Aquella tarde, ante toros del Marqués de Villamarta, cuajó Victoriano de la Serna una faena sensacional (Ha vuelto usted a envenenar el toreo, tituló su crónica Corinto y Oro) bordó otra de tremendos chispazos Cagancho y prendió también fuego a la plaza, muleta en mano, Jesús Solórzano. Pero, sobre todo, los tres coletas, vestidos por inconsciente acuerdo de crema y plata, mecieron el percal como pocas veces se ha visto y se verá. Es decir, que en la misma jornada en que, según el calendario por que numeran los días los caracteres de novela, un vespertino- -cuya cabecera Jardiel no especifica- -anunció: Dios aparece a las once y tres en un campo de olivos En ese mismo día, notificó la prensa del mundo real la verificación de lo que- -al menos, desde cierto punto de vista- -cabe considerar un milagro, una hierofanía. ¿Lugar? La plaza de toros de Madrid. Habla la crónica de Ahora de Victoriano, el milagroso La de La voz, del inescrutable misterio de Cagancho... Pura teología. Si no se apareció Dios, parece que faltó muy poco. Apartemos la cronología y agarrémonos a lo simbólico, que es lo que cuenta, y se convendrá que las once y tres es la hora a la que, más o menos, debió celebrarse el sorteo de la corrida, que hubo de terminar sobre las ocho de la noche, precisamente cuando, a tenor de la prensa consultada por don Enrique: Dios, fatigadísimo del ajetreo de todo el día, expuso sus deseos de retirarse a descansar Parece, pues, muy probable que fueran las verónicas de Cagancho, Solórzano y La Serna las que indujeran al escritor a datar en tal día como aquel un almuerzo tan claramente anticipador del Refrigerio de los Justos como el que nos describe en su novela. Para cuantos sacaron entrada para esa corrida, con excepción de un redactor resentido de Gracia y LOLA SANTIAGO ESCRITORA MAYO A es mayo. Apenas un mes separa nuestra cita. Y no acudí a ella, no. Mi vaso estaba rebosante de alegría, aún en el desierto de tu no presencia. ¿Qué me hizo desistir en el último momento? ¿Cuál fue, si es que hubo alguna, la contrapartida? Quiero llegar a un acuerdo conmigo misma que me haga ver más claro en esos días, otear el peso de una decisión que no entiendo, que me apartaba de ti de una manera drástica y tal vez para siempre. Te conozco. No perdonarás la infidelidad de mi retraso. Como un caos vo- Y mitarás mi ausencia para olvidar, tú, convertido en piedra allí, esperando. Mirando a todas partes. Con la cara tan blanca de puro pálido. Y el gesto desabrido, descarado. Y yo ¿por dónde andaba, yo, tu imagen, tu sombra, vuelta luz rediviva, en qué sol me miraba? Como cuentagotas los féretros de niebla de mi boca expanden el humo de tu derrota. Podría hablar de la mía. Pero yo no fui, yo no asistí a este último acto final de nuestra dicha. Esto me exime de tu cobardía de ayer, pero no me hace culpable hoy. Hoy en que estamos ya cara a cara con nuestro destino, un pequeño acto volitivo destruye o afianza el último. No, no lo destruye, lo hace más dramático. Un hombre a solas consigo mismo mira en el túnel qué es su vida, su última imagen, sin entender por qué o cómo. Siempre estuviste demasiado seguro de ti mismo, y fue mi propia, mi deficitaria inseguridad la que me salvó. Lo sé. Ahora estaríamos mirándonos sin vernos. Ambos en el túnel. Ambos ciegos. Y sin embargo me cuestiono el acto, el deseo vuelto hecho. Porque, amor, no lo entenderás nunca pero no lo deseaba, caminé en otra dirección sabiendo que no era la tuya, que te perdía, y cómo me dolían mis pasos contra el asfalto. Cada uno era un desgarro. Pero fue necesario, amor, algún día lo comprenderás, algún día lo comprenderé, mi automatismo de entonces alejándome, tu no presencia más, nunca más. Aunque duela. Justicia que puso a caldo a Cagancho y La Serna, no cabe duda de que presenciar aquellos quites y aquellas faenas fue como sentarse a la mesa del Padre Eterno. Y, siguiendo el hilo sutil de los acontecimientos, no es tampoco de descartar que el posterior fusilamiento, ya en guerra, del Sagrado Corazón de Jesús por los milicianos que invadieron el Cerro de los Ángeles obedeciera a precisas- -y utópicas- -intenciones de desactivar mediante nigromancia de baja estofa la plataforma de descenso de la Gracia divina, pues en la novela de Jardiel- -comprensiblemente indignante para todo talante progresista, y que sin duda valió al autor la inclusión de su nombre en las listas de ajusticiables de varias organizaciones humanitarias- -es, precisamente, por el Cerro de los Ángeles por donde Dios desembarca en la Tierra. Tengo, pues, para mí que la novela relata hechos absolutamente fidedignos, sólo que computados no en tiempo terrestre, sino en el que rige ese universo paralelo donde se espiritualizan los cuerpos y se corporifican los espíritus, bautizado por Henry Corbin como mundus imaginalis. Y que la conmoción taurómaca, de índole milagrosa, vivida aquel 10 de mayo en las arenas de Madrid no fue sino un eco, un reflejo adaptado a las condiciones sensoriales del madrileño medio, de ese acontecimiento- -el banquete con el Sumo Hacedor- -registrado en el otro. Póngase, además, atención al dato de que, si Dios entró al mundo por el Cerro de los Ángeles, se despidió de él en la plaza de toros. ¿Es casualidad que leamos en Ahora del día siguiente a su discurso- -por cierto, de rabiosa actualidad- -que el alcalde de la Villa mantuvo la víspera una reunión con los representantes de la nueva plaza y el arquitecto, señor Bellido, para tratar la solución que se ha de dar al problema de los accesos al referido coso taurino Esta información nos vale más que la referente a la presencia aquel día del Gobierno y los próceres de los distintos partidos no, como sostiene Jardiel, en los tendidos de sombra, sino en los bancos de terciopelo ajado de las Cortes, ocupados en la discusión de esa reforma agraria que ni hicieron ni tuvieron jamás intención de hacer. Entre los actos oficiales programados para homenajear a Dios, incluyó el Gobierno varias corridas ordinarias y extraordinarias con cogidas de toreros preparadas (no entra Jardiel en detalles de ganadería ni espadas) Como reverberación de ese acontecimiento imaginalis hemos de entender, sin duda, la herida inflingida contra las tablas a un caballo, por un toro de Santa Coloma, el domingo día 15 en Madrid, alternando Félix Rodríguez, Amorós y Pepe Bienvenida. Muy bien el valenciano, nos dicen los revisteros, con su segundo toro. Lástima que no supiera Quién le estaba viendo. Claro que, a estas alturas, se habrá enterado ya.