Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
ABC SÁBADO 20 5 2006 Opinión 5 UNA RAYA EN EL AGUA AGUAS REVUELTAS E DANBROWNEANDO O afirmaba ayer Ignacio Camacho: una paparrucha con éxito sigue siendo una paparrucha. Ya he expuesto en artículos anteriores la opinión que me merece El código Da Vinci novela deliciosamente mentecata que sólo puede disfrutarse como un guilty pleasure. Leer a Dan Brown es como hacerte el harakiri mental: una de esas experiencias abracadabrantes en las que la conciencia se abandona, deseosa de probar ese gustirrinín erótico- lírico que se obtiene cuando la inteligencia dimite de sus funciones y chapotea en los barrizales del ridículo. Nunca he entendido a quienes se obstinan en descalificar al bueno de Dan Brown con criterios estrictamente literarios, mucho menos a quienes la lectura de su bodriazo provoca una suerte de sarpullido intelectual. Cualquier emisión flatulenta de Gran Hermano presenta mayores semejanzas con los diálogos platóniJUAN MANUEL cos que El código Da Vinci con la DE PRADA literatura; y las páginas centrales de Playboy provocan más perplejidades filosóficas que las eyaculaciones mentales del bueno de Dan Brown. De ahí que me susciten cierto desasosiego las reacciones indignadas que ha provocado en determinados círculos religiosos la publicación del bodriazo, ahora repetidas con motivo del estreno de su adaptación cinematográfica. No se puede conceder al bueno de Dan Brown el mismo tratamiento que a Federico Nietzsche. Cuando desde determinados sectores eclesiásticos se combate El código Da Vinci como si se tratara de una diatriba implacable contra la doctrina cristiana se revela una lamentable inseguridad sobre los fundamentos de la fe; y, además, se presupone injustamente que los cristianos son un hatajo de zotes, dispuestos a tragarse cualquier mamonada. Una institución con dos mil años de sabiduría acumulada no puede rebajarse a refutar semejantes dislates; sería como L si San Agustín se aviniera a polemizar con una panda de frikis del esoterismo. ¿En serio alguien se cree que la fe de los católicos se ha conmovido tras la aparición de este bodriazo? ¿En serio alguien puede considerar que tamaño batiburrillo de chorradas anfetamínicas y chascarrillos de almanaque, servido además con una escritura de encefalograma plano, merece la recompensa de la indignación? Ciertamente, el éxito de El código Da Vinci revela el pavoroso estado de depauperación mental que corroe nuestra época; pero confundir los síntomas con las causas denota cierta inepcia en la formulación del diagnóstico. Mi amado Chesterton ya lo advirtió: Cuando el hombre deja de creer en Dios, empieza a creer en cualquier cosa Los hombres de nuestra época han querido prescindir del Misterio; pero, al sentirse extirpados de una parte de sí mismos que los hacía inteligibles, han tenido que llenar el hueco con una morralla de supersticiones: han dejado de creer en un Dios que se encarna para terminar creyendo en un batiburrillo de creencias turulatas, encarnadas en templarios de guardarropía, cultos mistéricos y otras cochambres esotéricas. El bueno de Dan Brown no ha hecho, a la postre, sino sacar tajada del vacío relleno de paparruchas que aflige al hombre contemporáneo. El bodriazo del bueno de Dan Brown es el corolario natural de ese clima de papanatismo new age que nuestra época parece haber entronizado, según el cual cada quisque puede erigirse en fundador de su propia religión. Frente a estos batiburrillos seudorreligiosos de apariencia seductora, la fe católica se presenta como un baluarte de salvación. Y no me refiero aquí a una salvación de índole religiosa, sino cultural. La ortodoxia es ya la única roca de salvación cultural que nos resta contra la intemperie de la banalidad; y, por eso mismo, la única herejía que nuestra época no soporta. Qué gustazo da ser hereje en una época de sincretismos pachangueros. L Gobierno revocó, nada más llegar, el Plan Hidrológico, pero ya va siendo hora de que lo sustituya al menos por un plan lógico que racionalice un poco el delirio en que las autonomías se han embarcado para apropiarse de los ríos a través de las reformas estatutarias. Lo llaman blindaje pero en realidad se trata de una vulgar requisa de las cuencas para ponerlas bajo custodia de los poderes regionales. Esto viene a ser una inaceptable incautación territorial del agua, bien común sobre el que algunos aldeanos creen tener derecho de pernada. Espoleados por el éxito que Zapatero concedió a Aragón y Cataluña cuando se avino a cancelar el PHN, los dirigentes autoIGNACIO nómicos se han lanzado CAMACHO sin distinción de partidos ni banderas a la ocupación pura y simple de las cuencas fluviales, al grito de yo la vi primero Como quiera que la mayor parte de nuestros grandes ríos atraviesan más de una comunidad, estamos ante una clásica rebatiña pueblerina entre los de arriba y los de abajo. Naturalmente, los de arriba pretenden que los de abajo se mueran de sed o les tengan que comprar el agua, como en aquella magistral fábula campesina de Marcel Pagnol que se llamaba Manon des sources llevada al cine por Yves Montand y Gerard Depardieu. Pero lo que para la mente del gran académico francés era una cruel disputa de egoísmos rurales, en España se ha transformado nada menos que en materia legislativa. El Gobierno, aficionado a dejar correr los debates hasta que las partes se pongan de acuerdo, parece dispuesto a permitir este tironeo fluvial sin impartir los criterios que, como responsable institucional de lo que queda del Estado, está obligado a fijar cuando no se producen consensos. Incluso si se producen con resultados perniciosos para los intereses generales. El agua es un recurso escaso de carácter estratégico para el desarrollo, y su regulación no se puede dejar en manos de las autonomías, que sólo miran por sus intereses, ni de los tribunales, que sólo deben actuar cuando el litigio sea inevitable. Es el Estado el que ha de intervenir para imponer pautas supraterritoriales, y además lo puede hacer a través de la mayoría en el Congreso, que tiene que visar esos Estatutos en los que se está decidiendo unilateralmente nada menos que la propiedad de los recursos hídricos. El agua no es de nadie, precisamente porque es de todos. Lo que está en juego es un elemento imprescindible de cohesión nacional, y un instrumento de desarrollo colectivo que no se puede abandonar al albur egoísta de los intereses autonómicos. Esto no es un debate vecinal, sino una cuestión primordial para el equilibrio solidario. Vale que el Gobierno derogue los trasvases y se olvide no ya de construir, sino de planificar siquiera obras hidrológicas, pero que al menos impida el levantamiento de diques legales en torno a unos ríos que las comunidades no pueden expropiar por su cuenta. En la responsabilidad de gobernar un país va incluida la obligación de tomar decisiones de Estado. Aunque sea un Estado en almoneda.