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ABC VIERNES 19 5 2006 Espectáculos 67 FESTIVAL DE CANNES Ken Loach cose con su hilo más grueso una película sobre la lucha independentista en Irlanda Hoy le toca mover pieza a Pedro Almodóvar, aunque viene a quedarse con el tablero que presentó en Cannes The wind that shakes the barley tiene entre manos un nuevo proyecto, en el que contaría la historia de la banda terrorista ETA E. RODRÍGUEZ MARCHANTE ENVIADO ESPECIAL Hay dos cosas que se ven venir desde muy, muy lejos el día de enfrascarse en la declaración de la renta y el cine de Ken Loach. Hablaremos de la segunda, pues ayer le insufló su última película Ken Loach a la competición de este Festival, The wind that shakes the barley una historia ambientada a principios del siglo XX y en una Irlanda sometida a la opresión británica y en la que la resistencia es cada vez más firme y más violenta. Con estos mimbres históricos y con la buena mano izquierda de su guionista de cabecera, Paul Laverti, uno ya se puede suponer que Ken Loach disfrutará haciéndola más que un cochino en una charca, y se enfangará en esos modos suyos de convertir la Historia en historieta. Y así es, enseguida se advierte que en la narración del británico Loach hay algo así como tono de historieta, con unos ingleses que son todos, sin excepción, unos psicópatas chillones que disfrutan con la tortura de ancianas y chiquillos; mientras que en los activistas del IRA se puede comprobar la firmeza de su perfil y la altitud de sus miras. Dos fuerzas, digamos, impulsan el ser de quien dirige esta película, una sería la de ese cineasta de ojillos de lince y otra la de ese troskazo que lleva dentro y que le impide ver la impudicia que hay en atar la narración con unas cuerdas tan groseras, tan poco sutiles y en el fondo eficaces. b El director británico, asesina a un vecinillo medio lelo al que le han obligado a delatar a unos cuantos de ellos. No falta tampoco una de esas secuencias que son al cine de Loach lo que el hueso del jamón al caldo gordo, pura sustancia, y es ésa en la que de forma asamblearia los vecinos deciden cómo obrar y qué camino coger. Aunque lo peor, peor, de todo este asunto es que alguien me dice que Ken Loach tiene entre manos ahora un proyecto temible: contar la historia de ETA... bueno casi no hay que añadir ya nada, pues lo dice ello mismo: histori... eta. Para compensar, o porque así lo decía el programa, se proyecto en el concurso una película china, Palacio de verano podría ser la traducción de su título, que firma Lou Ye y que cuenta varias vidas de lo que se puede llamar generación Tian an men aunque sólo se toque el asunto tan de raspada que en la película se solventa con una escena de refilón. Varios jóvenes, chicos y chicas, sus amores, temores y pudores, sus idas y vueltas... la vida, el fracaso, tal y tal. Está muy bien hecha y contada, aunque sea imposible quitarse de encima la impresión de ¿y qué? Faltan sólo unas horas para que el Festival sea tomado por el huracán Almodóvar, que caerá sobre el programa del día tapándolo por completo, como una manta zamorana sobre un polluelo. Ken Loach se pone firme frente a los fotógrafos, ayer en Cannes EFE La chinoise Mao Mao Francia, 1967. 99 m. Director: Jean- Luc Godard Intérpretes: Anne Wiazemsky, Jean- Pierre Leaudd ANTONIO WEINRICHTER En las crónicas de la relación del cine con la Historia, La chinoise se menciona siempre como un prodigioso ejemplo de anticipación: rodada en París en marzo de 1967, el retrato de un grupo de artistas y estudiantes que forma una célula maoista anuncia con pelos y señales- -es decir, con casacas chinas, pintadas y discusiones asamblearias- -los acontecimientos que estallarían un año después en el mayo del 68. Hasta el extremo de que, como se destacó en la época, en la larga discusión entre la pro- Personajes arquetipos Sus personajes son arquetipos, patrones cortados con cartón del duro, cuyas acciones y reacciones no tienen más sentido que ilustrar las líneas previamente escritas por Loach y Laverti, acaso se esmeran un tanto más en el protagonista, un joven médico que deja a un lado su futuro para formar parte de ese ejército diletante que poco a poco irá adquiriendo una profesionalidad de espanto. Tal vez lo mejor de la película esté en esa línea- -también escrita por ellos- -de rotura de conciencia cuando este joven revolucionario Anne Wiazemsky y Jean- Pierre Leaud tagonista Anne Wiazemsky (entonces flamante esposa del cineasta) y el comunista Francis Jeanson, éste anticipa puntualmente lo que luego diría el PCF ante una revolución que se le escapaba de las manos. No cabe duda: el Godard periodista y el Godard que iba a iniciar una larga andadura de radicalización política, se dieron la mano aquí mostrando un olfato indudable. Por otro lado, en la crónica de la carrera godardiana, es decir, de la más ejemplar huida hacia delante de la modernidad cinematográfica, La chinoise confirma su abandono de los moldes narrativos tradicionales: rodada en bloques, sin otra dramaturgia que la discusión de la línea correcta mantiene todavía el suntuoso aspecto pop del Godard de los 60 y algún virtuosismo formal pero anuncia el estilo duro y sobredeterminado por la ideología de quien anunciaba en el pressbook de la película su deseo de crear dos o tres vietnams en el seno del imperio hollywoodense Negación del espectáculo burgués del cine, pues, pero a cambio ese inimitable don godardiano para confrontar ideas vagas con imágenes claras. Con sus excesos (ambigüedad frente a la acción violenta) y sus virtudes (esa campesina a la que los burgueses revolucionarios ponen a fregar platos) todo un clásico del menos clásico de los cineastas.