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62 Cultura JUEVES 18 5 2006 ABC Tom Hanks y Audrey Tatou, protagonistas de El Código Da Vinci posan ante los fotógrafos en la jornada inaugural del Festival de Cannes AFP Vini, vidi Da Vinci para abrir Cannes El Código Da Vinci es una película como tantas otras, aunque mucho más cara y más larga E. RODRÍGUEZ MARCHANTE ENVIADO ESPECIAL CANNES. Hay películas que vienen anunciadas, como el trueno, por un flashazo de luminotecnia y material eléctrico. El Código Da Vinci es una de ellas y tal vez por eso se encargó de inaugurar- -e inaugurarse, pues se desprecintaba ayer- -el Festival de Cannes. Antes de verla, uno ya tenía la cabeza tan llena de información controvertida y engañosa como el portero del Spa frente a las Cortes, entre la polémica con la Iglesia, la polémica con la Literatura y las polémicas propias de los productos que traen el superéxito mundial tatuado como el ADN; cualquier atisbo de pureza frente a la película de Ron Howard hubiera sido, con perdón, un milagro. Por no hablar de que no es fácil encontrar un espectador que no se sepa la historia que se cuenta, sus pormenores y su final... En fin, que es un alivio ya el solo hecho de haberla visto; y un alivio también el comprobar que se puede ver como una mera película, que tiene momentos buenos y otros que no lo son, que compagina las situaciones interesantes con otras completamente planas, que se defiende demasiado el argumento con largas peroratas y con engorrosas explicaciones; que, como mucho, no pasa de verosímil, sin acercarse ni de lejos a lo que se podría llamar pomposamente la verdad O por decirlo de otro modo, El Código Da Vinci es una película como tantas otras, aunque mucho más cara, bastante más larga y con unas evidentes pretensiones comerciales (y apostaría que no otras, ni artísticas, ni filosóficas, ni religiosas, ni ideológicas... Y sobre esa base, la puramente comercial, estuvieron ayer en el Festival las mejores armas de la película con ánimo de promocionarla. Su director, Ron Howard, y sus principales prota- gonistas, Tom Hanks, Audrey Tautou, Paul Bettany, Ian McKellen, Jean Reno y Alfred Molina. Bueno, por resumir, no tenía ninguno la sensación de haber cometido ningún acto reprochable (que no fuera, al menos, contra la esencia del séptimo arte) sino una adaptación absolutamente fiel de la novela de mayor éxito del mundo. Incluso una adaptación demasiado fiel, lo cual es, en realidad, el mayor reproche que se le puede hacer: lo que leído se deja fácilmente desentrañar y hasta resultará entretenido para muchos, visto en cine corre el riesgo de convertirse en puro plomo. Plano irreal Por eso, El Código Da Vinci va perdiendo fuelle a medida que transcurre y a medida que hay que ir embutiéndole al espectador toda esa información que es la base de la intriga y, sobre todo, de la polémica. Es comprensible que la Iglesia y el Opus Dei se sientan vejados por el papel que se les encomienda tanto en la novela de Dan Brown como en la película de Howard, que es el de villanos, mentirosos y asesinos, y que hayan intentado (al parecer sin que se les hiciera el menor caso) que se pusiera un cartel avisando de que todo lo que se cuenta ahí es fruto de la imaginación. Las imágenes brutales de sadismo que se muestran de Paul Bettany, que interpreta al monje majareta, o esas conversaciones entre obispos y prelados, por completo