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ABC MIÉRCOLES 17 5 2006 Opinión 5 UNA RAYA EN EL AGUA UN ASUNTO ANTIPÁTICO L YO TAMBIÉN VERIFICO ERIFICACIÓN de verificaciones y todo verificación. ¿Será por verificar? Verificaciones verbales. Innecesarias. Citas a las calendas griegas. A mí me hacen mucha gracia los sucesivos papeles de verificación de la actividad cero patatero de la ETA que emite cíclicamente el Ministerio del Interior. Cuantas más casas chamuscan, más cartas de extorsión envían, más salen los emboinados encapuchados emitiendo doctrina, más verifican ellos enfáticamente que el Gobierno... Pues lo inverificable. Si la ETA ha cesado su actividad, si estos chicos son ya tan buenos, si les vamos a dar todo lo que piden, como la autodeterminación, la territorialidad y dos huevos duros, ¿por qué siguen saliendo encapuchados los que hablan en su nombre? Si todo es tan normal como Interior verifica, estos chicos no tendrían razón alguna para salir encapuchados. Y si salen encapuchados, digo yo que el ANTONIO fiscal general del Estado o por lo meBURGOS nos el guardia de la porra del Altozano podían por lo menos verificar a qué viene tal impunidad en el enaltecimiento de lo que hoy por hoy verifico que debe seguir siendo llamado terrorismo. Lo de la verificación me encanta por los gratos recuerdos tropicales que me trae, por un húmedo aroma a flamboyán y manigua, por un lejano horizonte donde croa el coquí. Nada más antillanamente boricua que la verificación. Ocurre que allí en Puerto Rico lo dicen en el hermoso y creativo espanglis del qué bonita bandera Pides un mantecado, que es como españolísimamente llaman a los helados, y te contestan: -Voy a chequear. Y al cabo, del inglés al riquísimo español de la colonia, te contestan: -He averiguado y no nos queda mantecado... ¿Quiere un tembleque? Yo, puesto todo el mundo así, también voy a che- V quear. No voy a ser menos que los encapuchados emboinados. Ni menos que los Rubalcabas. ¿Qué buscabas, Rubalcaba? Yo voy a ponerme a verificar por mi cuenta. Miedo me da hacerlo, pero no voy a ser menos que nadie. Voy a averiguar cuántas banderas españolas habrá en París en la final de la Copa de Europa. Si en la final holandesa de la Copa de la UEFA, aun jugándola y justamente ganándola el equipo de la capital de sólo una realidad nacional había tan poquitas banderas de España, ¿se imaginan las que puede haber en París, con el equipo de la capital de la nación catalana? No corre desgraciadamente el menor peligro en sus piños quien apueste que se deja arrancar un diente por cada bandera española que vea en París para animar al Barcelona, que es más que un club, por descontado: es la verificación de que la pole position que han alcanzado para la desintegración de España es imparable. Y no quiero ni pensar que tenga que verificar ante el televisor que el Rey de España, o de lo que queda de ella, asista en París a la suprema ceremonia de la confusión europea de los que no quieren ser españoles, pero que las deudas de su Sanidad, eso sí, se las paguemos desde Madrid. Como tampoco quiero verificar que le sigamos perdonando deudas al indigenista boliviano que cuantos más cientos de millones de euros les pagamos, 100 primero, 60 después, más cosas nos expropia. Échense mano a la cartera y verifiquen que no se la ha quitado Evo Morales, cosa que no es de extrañar si es usted un modesto accionista del BBVA o de Repsol. No sé por qué la gente desconfía de las bandas de carteristas sudamericanos que trabajan en el metro y en el autobús. Las peligrosas son las bandas de carteristas sudamericanos que trabajan en las presidencias de Venezuela, Bolivia y Cuba, nuestros verificadísimos amigos del alma, a los que cuando les damos el abrazo de hermano con sabor etcétera nos quitan la cartera. En lo que verificamos que ZP sonríe muchísimo más que antes de que nos la quitaran. AS políticas migratorias siempre constituyenun asunto antipático porque consisten en regular el acceso de otros seres humanos al confort del que algunos disponemos en cantidades razonables. Más o menos, se trata de saber cuánta gente se puede sentar en nuestra mesa... e impedir el acceso a los demás, contando por añadidura con que siempre se van a colar más de los que pensamos. La discusión sobre cuántos caben no deja de ser el eterno debate sobre el reparto de la riqueza; el problema real viene cuando llega el momento de cerrar la puerta. Ahí es donde un gobierno se tiene que enfrentar a la incómoda evidencia de que nunca hay para todos. Y actuar en consecuencia, lo que significa estaIGNACIO blecer controles, negociar CAMACHO cupos y devolver a los que se saltan la aduana. Es decir, practicar un cierto grado de crueldad imprescindible para sostener el sistema. Una tarea ingrata para cualquiera, pero especialmente difícil para quienes, como este Gobierno de España, parten de un buenismo beatífico que contrasta con los perfiles pragmáticos del poder. El resultado es una política de inmigración lastrada por prejuicios ideológicos y contradicciones que provocan crisis cíclicas. El problema real no está en las avalanchas de pateras o de cayucos, sino en las grandes decisiones de fondo como las regularizaciones periódicas de ilegales, y en la ausencia de un marco jurídico de repatriación efectiva. Un país como España necesita dedicar grandes recursos a su política migratoria: dotaciones de vigilancia, efectivos de acogida, burocracia ágil para revisar papeles y medios para pasaportar a los que sobran. Nada de eso existe en la medida adecuada, que no es otra que la que sea capaz de extender por el mundo la idea de que aquí el que no es admitido tiene que irse por las buenas o por las malas. De momento, lo que ocurre es exactamente lo contrario: hasta en el último rincón del planeta se sabe que a España es relativamente fácil llegar y extremadamente fácil quedarse. Si ésa fuese una nación bien estructurada, tendría un Ministerio de Inmigración con competencias de Estado (no como el de Vivienda) y con recursos propios para actuar con eficacia. Y si Zapatero tuviese una mínima capacidad de liderazgo, estaría promoviendo en la UE un verdadero plan de desarrollo y estabilización en ciertas zonas de África, más urgente que sus retóricas alianzas de civilizaciones. Como no hay una cosa ni otra, son menester medidas de choque que blinden las fronteras. Con el Ejército, como ha ordenado Bush (y como hubo que ordenar en Ceuta y Melilla) o con otras fórmulas, pero hay que decidirse por alguna. Es antipático, sí, pero no le ha temblado al Gobierno el pulso a la hora de abordar reformas sumamente antipáticas para millones de ciudadanos. Lo que no puede ser es que el Estado vaya, como en Canarias, por detrás de los traficantes de personas, que siempre encuentran el modo de crear una crisis humana... mientras los ministros vuelan en tropel a una final de la Copa de Europa.