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ABC MIÉRCOLES 17 5 2006 Opinión 3 LA TERCERA DE ABC GLOBAL, PERO LOCAL China está construyendo su propio tipo de democracia de acuerdo con las condiciones nacionales. El modelo elegido combina el desarrollo económico con el autoritarismo político, según el hábito secular, a medio camino entre la represión y el paternalismo... M ERECE una seria reflexión la Tercera de Robert Kagan acerca de una eventual liga de dictadores Rusia, en baja. China, en alza. Viejos protagonistas para un mundo nuevo, cuyo centro de gravedad se desplaza sin remedio desde el Atlántico al Pacífico. Las civilizaciones cierran su ciclo histórico con una fase universalista, traducida en la historia de las ideas por una mezcla entre estoicos cosmopolitas y epicúreos hedonistas. Es cierto que la economía global ha venido para quedarse, afectando a la percepción social del espacio y el tiempo. Esta globalización de las finanzas y de la alta política es fuente de perplejidad para el espectador hipnotizado por el poder invisible y omnipotente. Pero la naturaleza humana no tiene intención de cambiar. Global, sin duda, pero cada día más local. Por eso se dice ahora- -con expresión poco eufónica- -que vivimos en una aldea glocal matizando la fórmula del veterano MacLuhan. De ahí la tentación irresistible del nacionalismo y de la pujanza exterior como fuente de legitimidad interna para dos potencias que encubren severas autocracias bajo un barniz de retórica irreprochable. quiebre la regla de oro capitalismo más clase media, igual a democracia No hay avances significativos en materia de pluralismo político o religioso: el Vaticano y el Dalai Lama pueden dar fe. Afirmaba hace unos meses Hu Jintao, en la visita oficial de Bush, que China está construyendo su propio tipo de democracia de acuerdo con las condiciones nacionales. Léase de este modo: el modelo elegido combina el desarrollo económico con el autoritarismo político, según el hábito secular, a medio camino entre la represión y el paternalismo. Augusto Comte decía que China espera desde hace siglos la religión universal que debe surgir en Occidente. Palabras proféticas. No era el marxismo, por supuesto, ni siquiera en la versión adaptada por el Gran Timonel. Acaso será el hedonismo cargado de indiferencia valorativa y mentalidad politécnica que practica nuestra sociedad posmoderna. La historia se complace en la paradoja. E eamos el Lejano Oriente. Los rascacielos de Shangai y Hong- Kong o las imágenes preolímpicas de Pekín muestran el aspecto inconfundible de la sociedad moderna. Igual que en la isla de Utopía: vista una ciudad, se han visto todas. Es sólo una parte de la realidad. Según el diagnóstico de Hegel, China ha conservado su carácter en todas las circunstancias. Ningún principio espiritual ha desplazado al antiguo. En este sentido, concluye, China no tiene propiamente historia El eterno Imperio del Centro ha sido confinado en la periferia y pretende recuperar la posición hegemónica. La guerra del opio mal cerrada en 1842 por el inicuo tratado de Nankín, la ocupación japonesa de Manchuria y muchos episodios de la Segunda Guerra Mundial siguen alimentando el rencor en el alma profunda de aquel territorio inmenso. Viene luego el fracaso objetivo de la Revolución, Mao convertido en un fetiche ingrávido, la jornada terrible de Tiananmen. En un libro de referencia, Jiwei Ci explica que allí se produjo el tránsito desde la ilusión al desencanto, el más peligroso estado de espíritu que cabe imaginar. Los economistas ofrecen datos espectaculares sobre crecimiento anual y balanzas comerciales. Hacia fuera, China se comporta como una potencia inteligente y sutil. La verdad oficial está contenida en la teoría del ascenso pacífico (heping jueqi) que se predica por los foros de opinión más selectos del mundo desarrollado. Pero los analistas más lúcidos perciben también la cara oculta del informe: búsqueda permanente- -casi obsesiva- -de apoyos diplomáticos; rechazo a Japón en todas partes y a Estados Unidos donde y cuando le conviene; rigidez inmutable en defensa de sus intereses territoriales, ya sea respecto de Taiwan o del Tíbet. Si existe, como es de rigor, el espíritu de las leyes, es muy probable que allí se V n Moscú no hacen falta tantos matices. La Federación Rusa sigue siendo el estado con mayor superficie, pero no quiere ni puede asumir la explosión territorial. El homo sovieticus dejó tras de sí el caldo de cultivo de la corrupción y la plutocracia. Según una expresión que ha hecho fortuna, mientras los oligarcas robaban, el Estado montaba guardia En este contexto, nostálgicos del comunismo vetusto confluyen con nacionalistas anclados en sus ancestrales mitos eslavófilos. Tercera Roma, ortodoxia y patriarcalismo, dosis renovadas de antisemitismo y un brote de xenofobia que empieza a asustar a los visitantes extranjeros. En algunos ambientes se exhiben mapas de Eurasia en los que Moscú toma el relevo del Imperio de manos de los tártaros. Duele- -con razón- -el maltrato a la población de origen ruso en los países bálticos. Preocupa el estatus de Kaliningrado. Crece la indignación contra el despotismo hereditario y semifeudal instalado en las antiguas repúblicas asiáti- cas. El Cáucaso es una bomba de relojería. Pero el verdadero problema se llama Kiev. Ucrania no es cuestión de intereses, sino de principios: nadie acepta de buen grado una segregación en la matriz del alma nacional. En cambio, todo está bajo control en Minsk, con un dictador al gusto de siempre. Con eso está dicho lo principal. El pragmatismo de Putin le permite combinar la sensatez en el terreno social y económico con una política de poder al estilo clásico. El Kremlin transmite la impresión de una frialdad perfectamente calculada. Pero Rusia se siente vulnerable ante la incorporación de sus ahora díscolos vecinos a la Unión Europea y a la OTAN y ante el desorden instalado en zonas de alto valor estratégico. El discurso oficial habla de un camino propio a la democracia, curiosa coincidencia con los mandarines chinos. Tampoco se oculta que la desintegración de la Unión Soviética se considera el mayor desastre estratégico del siglo XX. En su discurso anual ante la Duma, Putin ha rescatado con plena convicción el enfoque de la Guerra Fría: El camarada lobo sabe a quién come y va a seguir devorando sin escuchar a nadie El uso de analogías zoológicas refleja una práctica arraigada: ¿Por qué gruñe el oso ruso? se preguntaba Richard Pipes, profesor de Harvard, también desde la Tercera de ABC. Atención al resto del discurso presidencial. Rusia se compara con Estados Unidos, felicita a su rival por haber logrado un sistema defensivo inexpugnable promete modernizar su poderío nuclear y mantener al menos el equilibrio en los próximos años. En definitiva: poder contra poder, mensaje rotundo envuelto en una gélida cortesía. M ientras la teoría política emplea su talento en la gobernanza multinivel y la sociedad en red, la Machtpolitik juega sus cartas eternas. Los realistas, recelosos ante el activismo de los neocons prefieren retener la imagen distendida que ofrecen Putin y Hu Jintao en las cumbres internacionales. Es un criterio prudente: las nuevas generaciones autocráticas garantizan por ahora una mínima estabilidad en esta casa de locos global. No es poco. Si faltan, los echaremos de menos. Sin embargo, el sentido común exige tener los ojos muy abiertos. Sólo la democracia es capaz de frenar el terror, proclamaba estos días en Madrid Nathan Sharansky, desde la tribuna de FAES. Las imágenes de Beslán o las catástrofes ecológicas no muy lejos de Pekín son difíciles de olvidar. ¿Sociedad global? Rusia exporta millonarios excéntricos. China, productos textiles a precios sin competencia. Pero las élites políticas practican la sagrada alianza entre nacionalismo y autocracia. ¿Lo sabe Occidente? Es posible, pero aquí se vive muy bien cuando no toca ejercer el papel de víctima. Ya lo decía Goethe: Detente, instante... Eres tan bello... BENIGNO PENDÁS Profesor de Historia de las Ideas Políticas