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68 MARTES 16 5 2006 ABC FIRMAS EN ABC MARIELLA NIGRO ESCRITORA CENTINELA DE LA PALABRA La poesía de Arbeleche tiene toda esa singularidad de saber registrar la huella fresca de la memoria y exhibir naturalmente el lado más divino de lo humano... L Guerrero, del poeta uruguayo Jorge Arbeleche, es una profunda elegía para el amigo ausente y, por extensión, a todas las ausencias del poeta- -y de todos los poetas. El libro se inicia con la inquietud de un poeta latino, interrogando dramáticamente al destino: ¿Dónde fuiste, guerrero, la batalla a librar? ¿Por qué camino oblicuo te allegaste hasta el borde del continuo agujero? para luego ensayar unas respuestas con la épiméleia de un elegíaco poeta griego: se le quebraron al aire las rodillas se la zafó la piedra a la plomada se le secó la sed al agua el fuego ahumó su llamarada Transponiendo a los cuatro elementos la experiencia sufriente del guerrero, es puesta en escena la fatal partida, se intenta una composición de lugar, se tienta una cura con la palabra. En la primera parte del libro (El combate) la rebeldía contra la muerte va volviéndose, verso a verso, empatía con el ausente: nos hieren las astillas debajo de las uñas Así, el combate del guerrero resulta triunfal, porque la épica de su gesta queda inscripta en los versos del poeta memorioso: en este pentagrama de sonidos y letras se instauró la memoria y se olvidó al olvido Y si el Recado final confirma el espíritu dialógico de la elegía Decile, por fin, a los que encuentres que todo está muy bello que todo está muy mal la muerte finalmente abruma, y la interlocución deja paso a la reflexión (voz con rastros de silencio) hasta el final del libro, apenas interrumpida por un nuevo gesto interpretativo en El que pregunta (de E la segunda sección, La trinchera) o en algún poema de la última sección, El armisticio. Es tal vez en la segunda parte del libro (La trinchera) donde el poeta utiliza en forma más explícita las figuras del discurso: Una ausencia así como una zanja como una quebradura... ...Una ausencia como un mar de aceite de intemperie oscura (La zanja) Porque la zanja es sinécdoque de la muerte. Contig- -idad entre el precipicio y la ausencia, entre la ausencia y el arrebato. Una ausencia tan honda, la de la muerte, que sólo puede explicarse, para un poeta, apelando a la metáfora del libro de hojas mutiladas... El La trinchera, llega a su punto más alto el espesor filosófico del discurso. El escalador es la nueva forma que adopta Arbeleche, mutación por reacción en la batalla: más aguerrido, vulnerable y desencantado que el que fuera oficiante de la palabra; aquel oficio espiritual, la experiencia de la oscuridad de lo sagrado, la unción de la palabra en la liturgia de El oficiante, transmuta aquí en desconcierto y devastación ¿Adónde conduce esta escalera... ¿Adónde sube adónde trepa adónde avanza... ¿por qué anda siempre en busca de lo que nunca se encuentra? Preguntas al modo místico de San Juan de la Cruz, con la actitud dialógica con su Otro o con Dios; y esas vanas respuestas terrenales que son sostenidas más que por explicaciones lógicas Porque aunque no entienda las leyes físicas del vuelo el ala vuela... por el canto melodioso de su esti- lo, como en la exquisita sextilla: Agua labio fuente sed corteza tallo raíz tardecita tardecita toda la sombra y la luz que en el aire desparrama el ojo vivo de Dios En El armisticio, tercera parte del libro, el poeta baja las armas, cesa su hostilidad contra el destino que antes rapiñó las alas a los ángeles y, en su lugar, adopta nuevamente aquella serenidad de El oficiante, el que reflexionara sobre el río de la vida y su desembocadura, o la docilidad dulcísima del mensaje a Caronte en Vaivén (de Para hacer una pradera) o aun aquella poética de la ubicuidad del amor que según Benítez Pezzolano se haría más intensa a partir de La casa de la piedra negra. En tres de los ocho poemas de El armisticio (Viento, Guitarras, Domicilio... se explicita el interlocutor y la elegía se enriquece con el tono epistolar: Amigo Enrique Ruiz te cuento Por eso hoy ahora hombre viejo ya casi te pregunto Beltrán: tío y maestro amigo En los otros cinco (Frentes, Un domador, Los ojos, Ida y vuelta, La memoria) vuelve Arbeleche a ascender a ese plano visionario y epifánico que alterna- -ineludible condición humana- -extrañamiento con certeza, y que, como ha dicho Martha Canfield, le daría afinidad con el canto de Machado o el de Quevedo; así, en esos poemas, exhibe la renovada fe en el círculo de la OCTAVIO AGUILERA ESCRITOR LUCHAR CON MONSTRUOS L OS tiempos de crisis de valores resultan propicios para la aparición de fenómenos nunca antes vistos, de monstruos y de otras leyendas de quitar el sueño. Debemos de estar atravesando uno de estos períodos negros de la historia, pienso yo, porque proliferan noticias como ésta: en Austria, tres gatos que han contraído la gripe aviar sobreviven y expulsan el virus sin transmitirlo. ¡Quién lo iba a decir! Ahora resulta que en efecto los mininos tienen siete vidas. O como esta otra: el joven de 15 años Ram Bahadar Banjan, conside- rado la última reencarnación de Buda, ha abandonado misteriosa y repentinamente el árbol de la jungla de Bara, cabe el que llevaba diez meses meditando, sin comer ni beber. Ha desaparecido como por ensalmo, como si se lo hubiera tragado la tierra. Y, en fin y para no alargar en exceso este muestrario monstruario, ahí está la noticia de los cinco hermanos turcos que andan a cuatro patas, y que ahora han sido descubiertos. Uno piensa, sigue pensando: ¿cómo habrán pasado inadvertidos hasta este momento, en un mundo que ya es una aldea global? ¿Cómo han evitado las cámaras televisivas que incluso llegan hasta el rincón más íntimo, más remoto, más apartado? Han llovido toda clase de hipótesis sobre tan extraños hermanos cuadrúpedos. Que si podrían ser el eslabón perdido en la evolución humana, que si sufren el defecto congénito bautizado como síndrome Uner Tan, el fisiólogo que los descubrió... De todas formas, el hallazgo empieza a mosquearnos cuando nos dicen que el científico descubridor anda a la greña con un colega británico por mor de una exclusiva contratada con los cinco hermanos, que además padecen un severo retraso mental y muestran muy poca conciencia de sí mismos. Tal vez sería oportuno recordarles a ambos lo que aconsejó Nietzsche en Más allá del bien y del mal: Aquel que lucha con monstruos, cuídese de no llegar a ser monstruo a su vez existencia, en la vida surgiendo de los desechos de la muerte De alguna forma, el propio esquema del libro, esa secuencia escritural del combate- la trinchera- el armisticio como estrategia logística para apañar el dolor, para lidiar con la enceguecedora visión de la muerte, se corresponde con la transmutación del gesto poético: de la desazón de un combatiente, a la serena visión de un memorioso maestro. La poesía de Arbeleche tiene toda esa singularidad de saber registrar la huella fresca de la memoria y exhibir naturalmente el lado más divino de lo humano, haciéndolo con la prosodia clásica de su poesía, ese ritornello claro y elegíaco de un estilo de cepas españolas pero ahora solamente suyo como observara el poeta Washington Benavides en el prólogo a Alfa y Omega. En toda su obra, desde Las vísperas a El Guerrero, hay un mismo hilo de luz, que no se quiebra, que teje trama y urdimbre de una personal poética; tal vez en cada libro más lumbre, más complejo el bordado en el tejido de su propedéutica. Y así, si en Alta noche acompañaba a Ulises en su obstinado viaje bajo el encantamiento de las mismas sirenas (Alta noche de Itaca) en El Guerrero, el héroe lidia solitariamente con su exceso, la hubris de la poesía; si en La casa de la piedra negra duda de la sustancialidad del tiempo, la memoria y las cosas (Espacios) en El Guerrero asume humildemente el imperio de su inconsistencia; si en Ejercicio de amar se goza el vértigo de bajamar y pleamar y el relámpago (de) unos ojos densos de sombra (Meseta) en El Guerrero, detrás del receloso nuberío otra agua aguarda (Los ojos) si en Ágape, en el escenario fantástico de una égloga, se acoplan yeguas y centauros (Siesta) en El Guerrero las bestias apareadas son apenas arquetipos de un territorio mítico, al que el poeta llega sólo en virtud de su sabiduría, no por su goce (Ida y vuelta) si en Alfa y Omega el mundo es fiesta (Fiesta) y cada atardecer retorna Helena a transitar las doradas almenas de su Troya (Ritual) en El Guerrero, el Bóreas no tuvo más oxígeno para el asmático aliento de los dioses si en El Oficiante, de todas formas puede más la sombra sin fin de la Alegría en El Guerrero es acaso al cicatrizar la zanja cuando se abrirán dos labios para enseñar a sonreír a la pradera El guerrero adiciona, así, a la obra Arbeleche, una capa más de sedimento ético. Ha trocado la mediación del oficiante, por la vela de armas del caballero de la palabra. Decía Courtoisie, revisando a Borges, que el poema no debe ser el relato de la batalla El poema debe ser la batalla misma, su caos, su espanto, su evidencia En El Guerrero la batalla, es para que al poema no se le silencie ningún verso; la batalla de Arbeleche es la eurística de su discurso. Por eso el combate es con la muerte, la trinchera es el lenguaje y el armisticio se pacta con la memoria. Por eso, en todo caso, sólo la literatura salva.