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ABC MARTES 16 5 2006 Opinión 3 LA TERCERA DE ABC REVEL, COMBATIENTE Y FILÓSOFO La talla del académico, la fuerza del compromiso antitotalitario, la profundidad y diversidad de su obra no dejan de impresionar... L 30 de abril, a la edad de 82 años, fallecía Jean- François Revel. Con él desaparece el último de los liberales franceses del siglo XX, en la línea de Elie Halévy y Raymond Aron. Los tres se enfrentaron a las grandes guerras y a las ideologías que devastaron el siglo XX con una violencia sin igual causada por la movilización de los formidables medios de la sociedad industrial al servicio del envilecimiento de los hombres y de su exterminio. Los tres, surgidos de las filas de la izquierda, se convirtieron al liberalismo para preservar la democracia, bajo la presión de la historia y con el ejercicio de la razón crítica. Los tres dejan una obra inmensa, situada bajo el doble signo de la filosofía y la historia, el trabajo científico y el combate antitotalitario. Elie Halévy formuló en los años treinta las primeras comparaciones entre el hitlerismo y el estalinismo. Raymond Aron denunció los peligros del pacifismo, se comprometió con Francia Libre antes de convertirse en heraldo de la resistencia al comunismo en los peores años de la Guerra Fría, sobre todo a través de la denuncia de El opio de los intelectuales. Jean- François Revel analizó y combatió sin descanso los estragos de la ideología, esa construcción a priori elaborada sin tener en cuenta los hechos y los derechos, lo contrario a la vez de la ciencia y la filosofía, de la religión y la moral más allá de la revolución de la libertad de 1989 que marcó el fin del sovietismo. E compromiso con la Resistencia. Ruptura con la religión y con cualquier forma de dogma después de su rocambolesco camino junto a la secta de Gurdjieff, lo que no le impedía reservar la posibilidad de la fe, como muestra el diálogo con su hijo Matthieu, convertido al budismo. Ruptura con la Universidad para elegir la escritura y la edición. Ruptura con la izquierda después del efímero encuentro con François Mitterrand bajo la bandera del antigaullismo en los años sesenta. Ruptura con L Express por solidaridad con Olivier Todd, despedido por Jimmy Goldsmith después de las elecciones presidenciales de 1981. Ruptura sobre todo con la mentira, el conformismo, el bien pensar que le convirtió siempre en un disidente, al mismo nivel que los intelectuales de la Europa del Este que resistían contra el sovietismo. E ean- François Revel fue también la última gran figura del intelectual posterior a la Segunda Guerra Mundial. Un intelectual comprometido, que entró en la Resistencia a la vez que accedía a la edad adulta, militante de la descolonización, opositor declarado del autoritarismo de la Quinta República, ferozmente anticomunista. Un intelectual universal a la vez lógico y panfletista, filósofo y crítico de arte, estilista y gastrónomo. Un intelectual cosmopolita, marca de fábrica que distingue a los liberales en el seno de la intelectualidad francesa, que hablaba cinco lenguas y había vivido en México e Italia antes de recorrer incansablemente el mundo, cultivando la amistad de Breton, Borges, Paz o Vargas Llosa. La talla del académico, la fuerza del compromiso antitotalitario, la profundidad y diversidad de su obra no dejan de impresionar. Pero la imagen de comendador de las letras no debe ocultar al hombre y su trayectoria, que aportan el desmentido más mordaz a todos los que pretenden que los liberales son necesariamente fríos, aburridos y tristes. Que no tienen historia porque no tienen vida. En efecto, nada en Revel es recto, excepto su pensamiento. Todo en esta figura por excelencia de la razón y la libertad se construyó al término de un recorrido caótico y a veces doloroso, un camino decididamente personal, al margen de las instituciones, las modas y los prejuicios, abierto al gran horizonte, asumiendo deliberadamente el riesgo de los azares de la historia y los reencuentros. Nada se deriva de la evidencia. Todo son líneas quebradas y rupturas. Ruptura con su familia, y sobre todo con su padre, a través de su J n Revel cohabitan así un Tucídides del siglo XX, un Cirano de Bergerac y un Gargantúa. La filosofía no era en absoluto etérea, sino que se dirigía y tendía hacia la acción y lo real. La lógica se alimentaba de una bulimia de informaciones, de hechos, de lecturas, de experiencias, de sensaciones. La libertad y la verdad caminaban en compañía de la búsqueda de la felicidad y el gusto por la belleza, la de las cosas y aún más la de los seres. La percusión del pensamiento y la limpidez del estilo no tenían su origen en un método lineal, sino en un acercamiento oblicuo, donde la rectitud del juicio nacía de la multiplicación de los ángulos y de la abundancia de los materiales brutos. El brillo de la inteligencia tenía su origen en una formidable vitalidad, una energía inagotable que multiplicaba las polémicas o los ataques. Sin embargo, cuatro convicciones dan a este recorrido singular y a esta obra titánica una coherencia y una unidad indiscutibles. La primera reside en la fuerza de las ideas y el pensamiento, que, según demostró la revolución de 1989, puede triunfar, incluso sobre los imperios totalitarios. La segunda hay que buscarla en la primacía y el poder de la libertad, que establece un lazo funda- mental entre la elección de la democracia y la del mercado. La tercera está ligada a la razón crítica, arma de destrucción masiva contra las ideologías y los mitos. La cuarta consiste en el respeto al conocimiento y la caza despiadada a la mentira y el error: así, sus memorias tituladas Le voleur dans la maison vide (El ladrón en la casa vacía) lejos de entregarse a un alegato pro domo, le descubren tan verdadero e irónico frente a sí mismo como frente a los demás o a los acontecimientos. A las locuras y las pasiones que asuelan la vida política francesa, donde el antiliberalismo rivaliza con la antiglobalización y el antiamericanismo, Jean- François Revel oponía el antídoto de la precisión al establecer los hechos, de la lógica de la argumentación, de la precisión del razonamiento. Lejos de ser un nostálgico de la Guerra Fría, había tomado la plena medida del fanatismo religioso y la vuelta agresiva de los sentimientos de identidad liberados por la caída de las ideologías del siglo XX, porque medía la potencia de lo irracional, de los dogmas y de los extremismos. Lejos de idealizar la Francia gaullista, veía en el carácter monárquico y absolutista de las instituciones de la Quinta República la causa profunda del divorcio entre Francia por una parte y la modernidad por otra. Además, la historia le da la razón en el momento en que deja este mundo, tanto en su convencimiento de que el siglo XXI será liberal como en la constatación de que Francia ha faltado a esta cita capital, entregada a su blanda fascinación por los fantasmas de su pasado y al culto perverso de las ideologías que han ensangrentado el siglo XX, reduciéndose la antiglobalización al estadio supremo del comunismo, mientras se desencadenan las tentaciones proteccionistas y xenófobas. rente a la bola de mentiras y demagogia que se apodera de Francia, Revel y su perfil de medalla romana devuelven la imagen de una virtud y una sabiduría inquebrantables, embebidas de Antigüedad. Hizo suya la máxima de Heráclito según la cual: Para ser sabio no basta con ser erudito. Filosofar es convertirse ante todo en un hombre de bien, aspirar a la salvación y la felicidad por el buen camino indicando a aquellos que lo deseen, con el ejemplo igual que con la enseñanza, el camino a la sabiduría Sus combates dan testimonio de su convicción de que la conversión de los hombres a la libertad y la razón no es algo adquirido, pero todavía es posible, lo cual excluye la desesperanza. Su lucidez le hizo reconocer que las ideologías y los fantasmas se alimentan de sus fracasos y sus mismas quiebras. La fe en la libertad y el reconocimiento del poder de los enemigos son las condiciones para la supervivencia de la democracia del siglo XXI. Por eso, el pensamiento y el combate antitotalitarios de Jean- François Revel siguen siendo completamente actuales y constituyen el viático más saludable para los ciudadanos de las democracias en general y para los franceses en particular. F NICOLÁS BAVEREZ Historiador y economista