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ABC LUNES 15 5 2006 Opinión 5 UNA RAYA EN EL AGUA PONGAMOS QUE HABLO... P MORIR DIGNAMENTE L debate público sobre la eutanasia suele descuidar un asunto medular. Me refiero al efecto desmoralizador que los alegatos en pro del suicidio asistido causan entre quienes sobrellevan una existencia signada por el dolor. Para ellos y para sus familiares, cada nuevo día pone a prueba su capacidad de resistencia, sus ganas de seguir viviendo y de seguir dando vida. Me parece una grave irresponsabilidad que estas personas que han hecho del sacrificio y el afán de superación una épica cotidiana, que se esfuerzan por mantener enhiestos los añicos de su maltrecho ánimo, reciban constantemente incitaciones al desistimiento. Me parece ignominioso que se haya impuesto la expresión derecho a morir dignamente para referirse a la eutanasia, como si la muerte de quienes deciden afrontar los innombrables sufrimientos que su enfermedad les acarrea fuese indigna; como si su vida, JUAN MANUEL mermada en las facultades físicas, DE PRADA no mereciera la pena ser vivida. Me parece escandaloso, en fin, que cada vez que alguien decide poner fin a su existencia, en pleno uso de su voluntad o- -como suele ser más frecuente- -a impulsos de una voluntad gravemente viciada (por las penalidades que padece y por la propaganda ambiental) enseguida sea encumbrado a la categoría de héroe mediático. Cuando los verdaderos héroes, quienes de verdad demandan nuestro reconocimiento y gratitud, son los miles de personas que, aun en medio de la postración, mantienen invicto su deseo de morir cuando la naturaleza lo decrete. Que ésta es, por mucho que la propaganda cacaree lo contrario, la muerte más digna y valiente. El reportaje que ayer publicaba María José Muñoz en este periódico daba voz a quienes habitualmente carecen de ella: esa infinita mayoría de tetrapléjicos que, pese al pedrisco de la propaganda, perseveran en su deseo de vivir. Son ellos, y los familiares que E los atienden, quienes merecen- -aparte de apoyo material y asistencial- -el aplauso que insensatamente se tributa a quienes carecen de su entereza de ánimo. Quienes ponen fin a su vida, incapaces de soportar por más tiempo el diario tormento de una existencia mermada, deben merecer nuestro más hondo respeto; pero de ahí a entronizarlos como modelos media un largo trecho, sólo salvable para las sociedades que han dimitido de sus valores y declinado sus obligaciones. Porque preservar la vida de sus individuos es una obligación que compete a la sociedad; y cuando la sociedad declina esa obligación, o incluso la revierte, proclamando un demencial derecho a la muerte podemos afirmar, sin temor a errar el diagnóstico, que se trata de una sociedad enferma, poseída por un arrebato de automutilación. Es regla general del Derecho que un principio jurídico no puede ejercerse para ser destruido o anulado: un hombre no puede utilizar su libertad para abdicar de ella y convertirse voluntariamente en esclavo; tampoco puede utilizarla para exigir el fin de su vida. La jurisprudencia del Tribunal Constitucional establece que el derecho a la vida tiene un contenido de protección positiva que impide configurarlo como un derecho de libertad que incluya el derecho a la propia muerte Y también que la vida es un valor superior del ordenamiento jurídico constitucional y un supuesto ontológico sin el que los restantes derechos no tendrían existencia posible Y, aunque estemos asistiendo a una destrucción acelerada del Derecho, conviene recordar que las sentencias del Tribunal Constitucional no pueden ser conculcadas por leyes adventicias regidas por la matemática parlamentaria. La obligación del Derecho (mientras aún exista) es proteger la vida, no facilitar la muerte. El primer paso en esa protección positiva de la vida podría consistir en impedir que la propaganda ambiental y sus promotores desmoralicen a quienes, en un acto supremo de dignidad, deciden seguir viviendo, sobreponiéndose al dolor. ONGAMOS que hablo de una ciudad enorme y acogedora, una urbe mestiza y abierta donde hormiguean casi cuatro millones de habitantes sin sentirse forasteros. Pongamos que hablo de una capital inmensa, agitada y productiva con el mayor crecimiento económico de España. Pongamos que hablo de un gigantesco caos cotidiano de tráfico y de la mejor red de transportes públicos de Europa. Pongamos que hablo de un lugar donde a nadie se le pregunta por su origen y cuyos ciudadanos nacen donde les da la gana. Pongamos que hablo de un territorio donde el nacionalismo es un absurdo con el que a veces se agrede sin fundamento a unos habitantes que sólo quieren sentirse hijos de la libertad. Pongamos que hablo IGNACIO de un sitio donde se habla CAMACHO de España con grandeza y orgullo. Pongamos que hablo de una patria sin banderas separadoras ni fronteras interiores, de un país sin exclusiones ni esencialismos. Pongamos que hablo de una casta dirigente que tiende a creerse el ombligo del mundo. Pongamos que hablo de miles de tipos dedicados al ejercicio diario de la conspiración y la endogamia. Pongamos que hablo de la sede de un Gobierno que cada vez manda menos en una nación desarticulada y centrífuga. Pongamos que hablo de una corte monárquica con un corazón republicano. Pongamos que hablo de la cuna del caducado mito centralista. Pongamos que hablo de un río de dinero que cambia de manos con una facilidad asombrosa. Pongamos que hablo de capitalismo financiero, de asaltos de empresas, de lucha encarnizada y feroz por el poder en todas sus facetas. Pongamos que hablo de una enorme trituradora de ambiciones y anhelos, de una máquina de picar reputaciones y famas, de un sumidero de pasiones, de un colector de pretensiones y codicias. Pongamos que hablo de un millón de extranjeros que cada mañana buscan su porveniren las tripas de un laberinto humano. Pongamos que hablo de una clase media azacaneadaen su instinto de supervivencia. Pongamos que hablo de los comercios más lujosos y losrestaurantes más caros. Pongamos que hablo de una vida nocturna frenética que busca el placer como si al alba fuera a acabarse el universo. Pongamos que hablo de una intensa actividad cultural y un fuerte pálpito político. Pongamos que hablo de un aeropuerto gigante y una población flotante que llega cada mañana con el quehacer urgente de comerse el mundo a dentelladas. Pongamos que hablo de suburbios agitados en los que ladran los perros del delito y la droga. Pongamos que hablo de rascacielos de cristal donde trajinan los amos de la Bolsa y la vida. Pongamos que hablo de colmenas de funcionarios y de hospitales saturados, de ejércitos silenciosos de seres que nunca saldrán en los periódicos. Pongamosque hablo de una vasta ciudad poliédrica, heterogénea, híbrida, cosmopolita, abigarrada, dispar, compleja... y feliz. Pongamos que hablo de un universo urbano invadido por el virus de la libertad. Pongamos, pues, que hoy es el día de San Isidro y, por tanto... sí, pongamos que estoy hablando de Madrid.