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14 5 06 SIETE DE SIETE (Viene de la página anterior) ese accidente seré yo. Que Dios nos bendiga, señor obispo. -Pero espere... ¡Oiga, oiga! El anónimo interlocutor había colgado. La última exclamación del obispo no pasó desapercibida para el pequeño grupo que le esperaba. El rostro del obispo de San Sebastián es grueso, rocoso, y apenas transmite información sobre su estado de ánimo. El color blanquecino de su piel tampoco permitía advertir el más leve temor o ansiedad. Sin embargo, varios de los que presenciaron aquel episodio tuvieron la sensación de que algo había sucedido. Setién apenas habló del asunto. Tanto es así, que ni siquiera su fiel José Antonio Pagola, vicario general de San Sebastián durante los años del obispo al frente de la diócesis y su mano derecha en todos y cada uno de los asuntos en los que se ha visto envuelto el prelado durante su polémico pontificado en Guipúzcoa, sabía nada de este hecho: Me resulta extraño. Él no me lo habría contado, aunque no dudo que el hecho pudiera producirse apunta Pagola Uno de las pocas personas que tuvieron conocimiento del suceso y que han accedido a hablar es el sacerdote y periodista donostiarra Manuel de Unciti: Sí, es cierto. Hubo un intento de linchamiento a Setién desde el Gobierno español. Un linchamiento físico. Al acabar una asamblea plenaria del Episcopado, en Madrid, se ha- bía preparado un accidente para cargarse a Setién. Todavía estaba Tarancón. Avisaron a Setién desde la propia Dirección General de Seguridad. Algún alma buena pasó aviso de lo que se estaba preparando. Y en lugar de irse por la carretera de Irún, se fue por Segovia con la excusa de llevar a Palenzuela. Le acompañaba también José Sánchez Fuentes cercanas a los protagonistas revelan que el viaje hasta Segovia fue bastante tenso. Ni siquiera Sánchez, conocido por su locuacidad, abrió demasiado la boca. Setién también fue parco en palabras. Simplemente pidió a Palenzuela si podría pasar la noche en su diócesis: Me han querido dar un susto y, quién sabe, a estas alturas mejor no arriesgar aseguran que comentó antes de entrar en el coche. Abertzale con sotana pastor de lobos o amigo de los asesinos son algunos de los calificativos que ha recibido, a lo largo de su pontificado en San Sebastián, José María Setién. Durante la década de 1970, cuando organizó, junto a responsables políticos, sociales y eclesiásticos vascos (entre ellos Juan María Bandrés o el jesuita Antonio Beristáin, uno de los religiosos que más ha sufrido las iras del prelado) unos foros de debate y análisis sobre la realidad de Euskadi y la situación de los presos, Setién recibió más de una carta amenazadora proveniente de los sectores más afines al régimen franquista, que veían en el obispo un traidor a la causa. No en vano conviene recordar que el sacerdote fue designado obispo auxiliar de San Sebastián en 1972, en una época en la que todavía regía el privilegio de presentación de obispos al jefe del Estado. Y es que el obispo emérito de San Sebastián fue propuesto por el propio almirante Carrero Blanco, a la sazón presidente del Gobierno, quien lo definió ante Franco como un sacerdote afín al régimen, casi un perfecto franquista para ser sacerdote y vasco. Nunca tendremos problemas con él Las misivas con amenazas siguieron llegando al Obispado de San Sebastián a lo largo de la primera mitad de la década de 1980, y fueron especialmente violentas durante los años más activos del GAL, con frases tan directas como Tú serás el próximo Vas a saber lo que es el sufrimiento de los secuestrados a manos de tus amigos de ETA y otras parecidas. A finales de esa década el volumen de cartas se fue reduciendo, aunque continuó recibiendo algunas. El propio Setién lo reconocía en una entrevista a El País en 1995: Me he sentido rechazado cuando he denunciado los atentados de ETA y también cuando he denunciado la actua- El obispo fue propuesto por el almirante Carrero Blanco quien lo definió ante Franco como un sacerdote afín al régimen Nunca tendremos problemas con él ción, por parte de las fuerzas de seguridad, contra los derechos humanos. Hace dos días recibí un escrito, desde Asturias, donde me decían que me marchara, porque si no me iban a liquidar Setién siempre se ha sentido, como el propio Cristo, semilla de contradicción causa de conflictos en un País Vasco ya de por sí bastante polarizado y con un importantísimo agravante que el obispo de San Sebastián nunca ha visto como el problema, sino como una parte más del conflicto: la violencia terrorista. La misión que se encomendó a sí mismo para condenar de igual modo, o al menos en condiciones de equiparación evidentes, las muertes y secuestros de ETA con la existencia- -cierta, todo hay que decirlo- -de torturas aisladas a presos etarras en las cárceles o acciones como las protagonizadas por los GAL con el amparo del Gobierno de Felipe González, granjeó a José María Setién enemigos por los dos lados. Unos porque la voz de Setién generaba debate en Euskadi acerca de los derechos del pueblo vasco y de la legitimidad de ETA como parte del conflicto; otros, los más radicales, porque esperaban que el obispo se echara al monte y defendiera la lucha armada como una suerte de teología de la liberación del pueblo vasco. Eran enemigos peligrosos, hasta el punto de que siempre hubo, en uno y otro bando, quienes se mostraron dispuestos a matar a Setién.