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13 5 06 VIAJES GASTRONOMÍA El Bulli Una cena en el mejor restaurante del mundo POR CARLOS MARIBONA P ara llegar hasta la recoleta Cala Montjoi, en plena Costa Brava, muy cerca del cabo de Creus, hay que recorrer una sinuosa y estrecha carretera panorámica que parte de la turística localidad de Rosas y permite, entre pinares, disfrutar de excelentes vistas sobre el Mediterráneo. El viajero, emocionado, no tiene apenas tiempo para recrearse con el paisaje iluminado por un tímido sol presto a ocultarse por el Poniente. Toda su atención está puesta en lo que le espera al final del trayecto, apenas unos kilómetros más allá. No ha sido fácil conseguir una mesa, pero ahora se dispone a disfrutar con todos los sentidos de una cena en el considerado mejor restaurante del mundo: El Bulli. El Bulli es el feudo de Ferrán Adriá, un cocinero revolucionario convertido en mito, un auténtico genio de los fogones que sobre los cimientos de una técnica impecable ha llevado a la cocina española a la vanguardia mundial. Hasta allí se desplazan gentes de todo el mundo que quieren descubrir una cocina sorprendente, divertida, delicada, exquisita, donde la imaginación alcanza su máximo esplendor. Pero no es fácil sentarse en una de las mesas de las que dispone el restaurante. La demanda es enorme y por si fuera poco El Bulli sólo abre de abril a octubre, y exclusivamente para cenar. No podemos ofrecer una cocina como la nuestra, tan Caramelo de aceite de calabaza, otra novedad de este año especial, trabajando de 9 de la mañana a 3 de la madrugada; tenemos que estar frescos para hacer lo que hacemos, por eso es imposible abrir también al mediodía Para este año ya no hay ninguna mesa disponible y para 2007 no empezarán a tomar reservas hasta el mes de octubre. Las peticiones llegan de todos los rincones, especialmente desde Japón y Estados Unidos. Por eso, el afortunado viajero, que ha encontrado hace muchos meses un hueco en el olimpo de los dioses de la gastronomía, se concentra mentalmente durante su breve trayecto, auténtico camino iniciático, en lo que le espera. La carretera desciende en su tramo final hacia Cala Montjoi y allí está La Meca de los gastrónomos, el lugar obligado de peregrinación. No se es nadie si no se ha comido al menos una vez en la vida en El Bulli. La entrada resulta curiosa. El viajero, que ha oído hablar maravillas de la cocina de vanguardia de Adriá, se espera un lugar en consonancia, puro diseño futurista. Pero lo que encuentra es una casa burguesa tradicional, decorada en estilo casi antiguo, sin rastro alguno de esa modernidad fashion que cabía suponer. Junto a la entrada, en la terraza que da al mar, recibe la bienvenida con una copa de cava o de champán y se relaja del viaje mientras vuelve a darle vueltas a lo que le aguarda. ¿Habrá merecido la pena tanto esfuerzo? Por allí está, atento siempre a todos los detalles, Juli Soler, el socio de Adriá, director del restaurante, el hombre en la sombra que lo controla todo, que pone orden, y sin el que El Bulli, a pesar de la genialidad de Ferrán, nunca hubiera sido lo que es. Tras la copa de bienvenida, al cliente se le invita a visitar brevemente la cocina. Espacio abierto, inmenso, increíble, donde se mueven en ordenado silencio los cocineros que forman el equipo de Adriá. Muchos de ellos, procedentes de los cinco continentes, están allí por un periodo de tiempo más o menos breve para aprender lo más posible del maestro y después lucir con orgullo en su currículo el título de trabajó en El Bulli junto a Ferrán Adriá Al fondo puede verse al propio Adriá, dirigiendo, pendiente de cada detalle. En esta cocina, impresionante en todos sus detalles, futurista, sí se palpa la modernidad que no encontramos al llegar. Es momento de sentarse a la mesa en alguno de los dos comedores. El del fondo, más grande, es el más codiciado, aunque en ninguno de los dos se produce la menor sensación de agobio. Hay espacio suficiente para todos, cincuenta personas como máximo. Por la sala se mueve una legión de camare- Ferrán Adriá y Juli Soler posan rodeados por su equipo en la puerta de El Bulli ros, impecablemente vestidos de negro, profesionales de primera, ni estirados ni serios, que atienden con prontitud y sin molestar. Sesenta personas trabajan en El Bulli con un único objetivo: que el cliente disfrute y que todo sea una fiesta, la fiesta de la gastronomía. Y la fiesta comienza con el menú, cuyo precio, sin vinos, es más que razonable: 175 euros, sin bebidas, claro. Previamente, se pregunta a los comensales si hay productos que no les gusten o que por algún motivo no puedan comer, con especial hincapié en los moluscos (ostras, almejas, mejillones... que se sirven crudos o casi; en las algas marinas, por su potentísimo sabor, y en cosas delicadas como las patas de pollo, que se sirven fritas. El sumiller cumple también su función y se acerca para entregar la carta de vinos y aconsejar a los comensales sobre los caldos más adecuados pa-