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ABC VIERNES 12 5 2006 67 FIRMAS EN ABC GONZALO CEREZO BARREDO PERIODISTA ANTONIO GARCÍA Y RODRÍGUEZ- ACOSTA Nos ha dejado sin hacerse notar, después de haberlo sido casi todo en su vida profesional y política... E N silencio, discretamente, como el más adecuado punto final a una vida entregada al servicio, nos ha dejado Antonio. A secas. Pocos hombres gozan de la autoridad moral de ser reconocidos sólo por su nombre familiar: Antonio García y Rodríguez- Acosta tuvo ese privilegio en vida y lo mantendrá después de muerto. Nos ha dejado sin hacerse notar, después de haberlo sido casi todo en su vida profesional y política: fundador del SEU de Jaén, y miembro de la carrera fiscal que iniciara en la Audiencia Territorial de Madrid, llegó a la cúspide al despedirse de la vida activa como Fiscal General del Estado. El derecho era su vocación primera, que sin abandonar en sus normas esenciales de rigor normativo y formal, trasvasó a la política cuando fue requerido para ello. Hay quien considera que la máxima aspiración de quien ama a su tierra es llegar a ser alcalde de la ciudad que le viera nacer. Antonio tuvo esa fortuna: fue alcalde de Jaén, ciudad a la que amó profundamente y a la que sirvió con sus características personales de rigor y eficacia. Así lo reconocieron sus paisanos cuando le otorgaron por unanimidad la Medalla de Oro que acompaña a la distinción de hijo predilecto. Pasó por Málaga como gobernador y jefe provincial del Movimiento, dejando allí un recuerdo imborrable entre quienes tuvieron la dicha de trabajar con él, fueron beneficiarios de su intensa preocupación social o simplemente le conocieron. Impulsor de las primeras avanzadas del turismo en la Costa del Sol, llamó la atención de Fraga, que lo incorporó a su equipo como subsecretario y director general de Promoción del Turismo. Tan infatigable como su ministro, fue el eficaz realizador de la red de paradores con su inmensa capacidad de gestión, recuperando y rehabilitando para ello antiguos conventos, palacios, casas solariegas o castillos, elegidos en entornos privilegiados, a los que se otorgó un nuevo esplendor. Entre ellos, el castillo de Santa Catalina, de su entrañable Jaén. Esta actividad le permitió recorrer diversos países en el mundo entero, muy principalmente en la América hispana. Sin duda esta intensa experiencia internacional y su contacto con los españoles de otros mundos le llevó a ocupar con Licinio de la Fuente la dirección general del Instituto Español de Emigración, que conoció con él un impulso fundamental. Su paso por el Ministerio de Trabajo le permitió reanudar la colaboración con una de las personas más queridas por él desde su época de gobernador de Málaga: José Utrera Molina. Durante su estancia en aquella ciudad, no escapó a la percepción del valor de los hombres que le rodean- -signo definidor de la altura moral de un jefe nato- el de aquel muchacho entusiasta que se había formado, como tan- tos otros hombres valiosos de España, en las filas del Frente de Juventudes. Este reencuentro tuvo una importancia singular. Al provocarse el relevo al frente del Ministerio de Vivienda fue Utrera designado ministro, llevándose consigo como subsecretario a Antonio. La estancia de ambos en el ministerio fue breve. El asesinato de Carrero Blanco cambiaría no solo el destino de España, sino también el de Utrera, nombrado por el presidente Arias ministro secretario general del Movimiento, y de Antonio, que le acompañó como vicesecretario en la que sería última singladura política de ambos. Los historiadores han comenzado a percibir que el cambio en España, la verdadera transición política, tiene lu- EUGENIO FUENTES ESCRITOR PROPONGO LABERINTO A Escuela de Escritores ha propuesto a todos los hispanohablantes una original iniciativa: elegir la palabra más hermosa del idioma castellano. Yo propongo laberinto La propongo porque es una palabra larga, polisílaba, y sin embargo no repite ni una sola de sus letras. Porque mantiene un sólido equilibrio en el reparto y colocación de sus vocales débiles y fuertes, y es hegemónica en consonantes sonoras sin resultar altisonante ni soberbia ni tramposa. La propongo porque combinando sus nueve letras puedo extraer de sus entrañas las palabras ola, tilo, trino, brote, rabel, riel, nieto, Abel, trébol, trola, bien, libre, libro. L La propongo porque la boca, al pronunciarla, se va abriendo y cerrando en un doble zigzag que anuncia su significado. La propongo porque alguna vez todos hemos vivido dentro de ella. La propongo porque nunca la imagino en blanco y negro, porque siempre llena mi pupila de colores: el tierno azul del Mediterráneo, el amarillo del sol de Creta, el verde astuto de los pinos, los duros grises de las piedras, el rojo y negro de las pesadillas. La propongo porque nació en Grecia y, por eso, es una antepasada en línea directa de mi alma occidental, de los valores que la nutren y de las carencias o excesos que la atormentan. La propongo porque comienza con una sílaba que es una invitación a entrar en su sentido, que exige abrir la boca como si uno sonriera al dar la bienvenida. Pero enseguida la b cierra a nuestras espaldas la puerta de los labios, de modo que ya no podemos salir de su recinto y sólo nos queda continuar hacia adelante buscando un salvoconducto que nos guíe. Su tercera sílaba parece empujarnos, con la resonancia de la n hacia una oscuridad nasal por donde avanzamos con la esperanza de encontrar pronto la salida. En cambio, de pronto está allí el rotundo martillazo de la to cerrando el laberinto para demostrarnos que las palabras son como es la vida: un camino lleno de recovecos y encrucijadas por el que vagamos perdidos tras una clave que nos conduzca hacia la luz. A nuestras espaldas ya intuimos los bufidos, la maligna respiración del minotauro que viene a embestirnos mientras buscamos desesperadamente el hilo del amor que pueda salvarnos. gar precisamente a partir del asesinato de Carrero y la presidencia de Arias Navarro. Dos corrientes se enfrentan entonces en los corredores del poder para imponer sus respectivas concepciones del futuro del Régimen, cuyo final se adivinaba ya inminente por la propia decadencia física del Caudillo, cada vez más visible. La implantación directa de una democracia partitocrática se defendía con mayor o menor radicalidad e inmediatez desde el entorno de Arias. Una salida que tuviera sus raíces en el Movimiento que había servido de sustrato orgánico y doctrinal al régimen de Franco, era por el contrario la visión de Secretaría General del Movimiento. En Secretaría General, encabezado por Utrera- -que defendía sus posiciones ante el propio Arias y en el Consejo de Ministros, sin abandonar la línea directa con el propio jefe del Estado- -se constituyó un equipo integrado por Fernando Herrero Tejedor, Jesús Fueyo, Paco Labadíe y Emilio Romero, más alguna otra figura relevante del Consejo Nacional. Su dirección la asumió directamente Antonio, y en su despacho se reunía con regularidad para definir la estrategia del Movimiento. El campo de batalla era la Ley de Asociaciones, y el debate, la sutil diferenciación de estas con los partidos y su situación jurídica dentro del marco del Movimiento o fuera de él. Todo esto parece hoy una batalla perdida de antemano, pero la reforma desde el interior del propio Movimiento venía de lejos. La constitución de partidos que no supusieran una ruptura, sino una evolución natural, abierta al futuro, de sus propias virtualidades, la habían venido propugnando de palabra y por escrito, hombres como Arrese o Labadíe. Antonio y su equipo defendieron con coraje esta tradición que finalmente, limada, pulida, descafeinada y deformada, pero tratando al menos de salvar los muebles, fue la que desembocó en la Ley de Asociaciones. Especular sobre lo que no pudo ser ni entonces, ni antes, sólo conduce a la melancolía. Disuelta en el olvido aquella última batalla, Antonio volvió donde solía y terminó su vida activa como Fiscal General del Estado, en defensa del también amenazado estado de derecho en el periodo cargado de incertidumbres que siguiera a la muerte de Franco. Acabado el servicio, volvió a su casa y al silencio. Pero nunca tuvo que lamerse las heridas. Descendiente de una estirpe mozárabe, estaba acostumbrado por la tradición y la raza a defender sus creencias y valores en un medio hostil, rechazado a veces por los vencedores, y otras por los vencidos de todos los bandos. Era, pues, innata en él la capacidad de sufrimiento y resistencia frente a las adversidades, no escasas, que rodearon su vida. La fidelidad a personas y valores en que siempre creyó, le siguieron hasta el fin. Como último privilegio tuvo el de acompañar en la hora de la muerte a Aquel que dijo de sí mismo Yo soy la resurrección y la vida Y el otro, no menor, de no verse asistido por muchos de aquellos que tanto le debían.