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64 JUEVES 11 5 2006 ABC FIRMAS EN ABC ÍÑIGO MORENO MARQUÉS DE LAULA VUESTRA MAJESTAD El Rey, como la bandera, es símbolo de la Patria, y por ello existe todo un proceder que le rinde homenaje... UESTRA Majestad es el tratamiento tradicional del Rey, que la Constitución reconoce como privativo de su persona, por lo tanto es la manera protocolaria de dirigirse a él. A veces se lee o se oye que alguna persona, hablando con el Monarca, le llama Su Majestad; es por ignorancia, pero no del protocolo sino de la gramática española, pues si bien el modo mayestático y, nunca mejor dicho, emplea el plural en vez del singular del adjetivo posesivo, siempre habrá que utilizar la segunda persona porque se le habla a él y no de él. Son errores sin importancia debido a la falta de entrenamiento en el trato con los Reyes y, por supuesto, con don Antonio de Nebrija. Mayor peso tiene la costumbre de los En otros tiempos la Monarquía significó el poder, si no la totalidad desde luego gran parte del mismo, pero desde la Constitución de 1978, las facultades del Rey han quedado reducidas a la mera representación, pues voluntariamente renunció a las muchas prerrogativas y competencias que ostentaba antes. Ahora ha quedado limitado a arbitrar y moderar el funcionamiento regular de las instituciones fórmula confusa que no especifica como ni a cuales hacerlo, y a representar, nada más ni nada menos, que a España. Por tanto es el estandarte de nuestra historia y cultura, y también de cada uno de los ciudadanos españoles: para hacer patente esta última circunstancia, Sus Majestades no votan más que en los referendos nacionales. Así pues, respetarlo es respetarnos a nosotros mismos. Con innegable sensibilidad, el Monarca ha prescindido de la antigua corte y nada queda de Damas de la Reina envueltas en encajes, los Grandes no están autorizados a presentarse en La Zar- V medios de comunicación de llamar a la Familia Real, lisa y llanamente por su nombre de pila, como si fueran de la intimidad del redactor de turno. Ese hábito iconoclasta tiene más trascendencia. Ignoro si referirse al Rey y su familia haciendo caso omiso de las normas establecidas se debe a querer acercarlo más al pueblo llano, a cumplir la ley del mínimo esfuerzo o sencillamente por ese afán igualitario que distingue a los ciudadanos españoles de nuestra época. Sin embargo, el protocolo tiene raíces profundas y motivos muy serios. El Rey, como la bandera, es símbolo de la Patria, símbolo de su unidad y permanencia dice la Constitución y por ello existe todo un proceder que le rinde homenaje para exaltar ante la sociedad los valores que han constituido la nación a lo largo de su historia. CARLOS MURCIANO ESCRITOR HEIDI Y YO UANDO llegué a Madrid para quedarme (había vivido en la capital varios años, pero con la provisionalidad del estudiante que sueña con las vacaciones para volver a lo suyo y a los suyos) corría el año 1956. Venia a incorporarme, como economista de carrera, a mi primer trabajo profesional, que al cabo sería el único: pues, durante treinta y un años, no me moví de mi puesto, hasta que lo abandoné voluntariamente, para entregarme por entero a mi vocación literaria. La empresa a la que me incorporé era una discográfica norteamericana, y mi misión dentro de ella giraba en torno a aquello para lo que me había preparado: contabilidad, estadísticas, presupuestos, informes puntuales sobre las fluctuaciones del mercado... A una empresa de este tipo no le interesa contar entre sus responsables con un escritor, con un poeta. Los jefes quieren que, cuando marches a casa, conclusa tu jornada, sigas examinando documentos, pensando en el quehacer del día siguiente, no que te sumerjas en un ensayo sobre la Madre María de la Antigua o te afanes en hilvanar un soneto. Quiero decir que hay que saber dar el tajo preciso que separe la obligación de la devoción, de forma que el tirón de esta no perturbe el severo fluir de aquella. Salvo que, de repente, descubran que ese lastre pueda resultarles útil C de algún modo. Tal ocurrió conmigo, cuando cayeron en la cuenta de que el gerente administrativo que yo era, podía acometer- -a cambio de un simbólico, mínimo porcentaje nacido de su generosidad- -la adaptación a nuestra lengua de las canciones más exitosas de los artistas extranjeros, y aun desplazarse acá o allá para controlar sus grabaciones. Confieso que me resultaba mucho más grato viajar con este fin a Oxford, Milán o Roma, que pasarme las horas en mi mesa danzando al son de los números; así que me esmeré en alternar esta danza con aquella. Fueron muchas las versiones que hice y grabé con artistas como Nicola di Bari, Lucio Battisti, Lucio Dalla, Gilda Giuliani, Claudio Baglioni, Ricardo del Turco, Gianni Morandi o Domenico Modugno (el único chulesco y grosero de cuantos traté) Incluso el Sandokan de Oliver Onions. También en al ámbito infantil adapté LPs completos. Por ejemplo, las diez canciones de La Poupée de la francesa Chantal Goya. O las siete de la serie televisiva El osito Misha Y Heidi claro. Sé que de cuanto hice, por encima de temas que fueron éxito en su día, nada ha quedado en la mente colectiva como ese Oshiete ese Abuelito, dime tú que tararean chicos y mayores, y que el paso de los años no ha logrado borrar. Pero, además de esta, que abría cada capítulo, y de Mattete goran Mira el sol cómo sale... que lo cerraba, había otras canciones, delicadas, tiernas Yugata no uta -En la tarde- Peter to Watashi Pedro y yo que merecen recuperarse, y que están en los discos que, en su momento, se difundieron por millares; discos que yo mismo monté en el estudio de grabación, ajustando el tiempo de cada capítulo en un proceso que rebasó el medio centenar, a la duración de 45 rpm. Heidi y yo, pues, nos conocemos bien. Me atrevería a decir que yo a ella (casi) mejor que nadie. Toda esta labor la firmé con mi segundo nombre, Carlos Ramón, y como tal consta en la Sociedad General de Autores, que sigue goteando en mi cuenta las monedas que los míos quisieron asignarme. Pero si me decido a contar todo esto, es porque cuando, por una u otra causa, surge el asunto- -o la canción- y digo que soy yo el autor de su afortunada versión española, tanto pequeños como adultos muestran su incredulidad y, en muchos casos, se niegan a aceptarlo, aunque me esfuerce en desmenuzar las circunstancias que me permitieron hacerlo. ¿Caben aquí los versos de Manuel Machado? Hasta que el pueblo las canta las coplas, coplas no son. Y cuando las canta el pueblo ya nadie sabe el autor Y- -qué cosas- -yo estoy tratando de que se sepa. Porque a veces pienso que esa secreta aspiración que todo escritor- -todo artista- -alienta de quedar en la memoria de los hombres, a mí, autor de más de cien libros, me puede ser concedida por gracia de esa niña que prometía no alejarse nunca de su huraño y barbado abuelito de los Alpes. zuela más que si están invitados expresamente, y los Gentilhombres de Cámara se han quedado en casa buscando la llave que custodiaban sus abuelos. Tampoco puede encontrarse, ni buscándolo con un candil, al Mayordomo mayor de Palacio, ni al Caballerizo o al Montero mayor, ni a ningún otro de los antiguos cargos, pues todos se han reducido al de Jefe de la Casa y al del Cuarto Militar, esos dos personajes y la secretaría conforman todo el entorno de la Monarquía española. Por supuesto, ha caído en el olvido la reverencia de corte, diseñada para que las mujeres saluden a Reyes e Infantes. Complicado jeribeque cortesano de la pierna izquierda buscando la huella de la pisada anterior, que a personas de cierta edad puede costarles la rotura de la cabeza del fémur, y a cualquier cristiano un aprendizaje de cierta extensión para realizarla con elegante naturalidad. Abolirla me parece una medida de pública higiene, aunque un cortés saludo con la cabeza no parece que suponga desdoro para nadie. El Rey ya no reside asomado a la plaza de Oriente, su vivienda es un antiguo pabellón de caza, recrecido y modernizado, sin otro mérito que haber dado nombre a unas composiciones musicales típicamente españolas, y el Palacio Real, sin duda el de mayor calidad y más suntuoso del mundo, se reserva para los actos solemnes del Estado, con el fin de que ese marco grandioso subraye la importancia de nuestro país. El protocolo actual es mínimo y si se sabe quien es el Rey, es por la cifra bordada en sus camisas, pero existen unas normas y tienen su razón de ser. El Monarca es la imagen de España y honrarle es recordar que somos españoles, algo bastante conveniente cuando se ha suprimido el servicio militar y la mitad de la población va a perder la costumbre de jurar la bandera y vivir unos meses dedicados a ella. Pero el protocolo no está dirigido sólo a exaltar la figura regia para enaltecer asimismo a la patria que representa, cumple también la función de hacer presente al Rey que su servicio al país es constante y que en su vida no existe la privacidad. Esa exigente servidumbre, que es consustancial al cargo y que condena a la soledad de por vida, es el cruel tributo que ha de pagar por su posición, pero que ayuda sobremanera a su necesaria independencia. Así pues, cada vez que con una inclinación de cabeza, se saluda al Rey y se le llama Majestad, es un recordatorio de su difícil cargo y de sus obligaciones respecto a la sociedad. El protocolo, por tanto, no es una antigualla digna de conservarse en los museos para adoctrinar a los escolares sobre las absurdas costumbres de nuestros antepasados, como se utiliza el esqueleto de los dinosaurios para que aprecien la fealdad de los animales del jurásico, es un artificio inteligente desarrollado por las sociedades civilizadas para promover que los ciudadanos respeten a la autoridad y para que ésta tenga siempre presente su situación. Si Juan Carlos I es Rey incluso cuando duerme, ayudémosle con nuestra cortesía a que tenga feliz descanso.