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36 JUEVES 11 5 2006 ABC Madrid Los ojos de Noelia de Mingo me persiguen; soy una muerta viviente dice una víctima La acusada actuó con premeditación y gran sangre fría y sus cuchilladas eran certeras, según los testigos b Apuñalaba todo lo que se mo- vía Un celador la hizo frente protegido por una almohada y la doctora cayó al suelo y perdió sus gafas, dando gritos lastimeros M. J. ÁLVAREZ MADRID. Escalofriante. Así transcurrió la segunda jornada del juicio que se celebra en la Audiencia Provincial contra la residente diagnosticada de esquizofrenia paranoide Noelia de Mingo, de 34 años, acusada de causar la muerte a tres personas y herir a otras siete en la Fundación Jiménez Díaz (FJD) el 3 de abril de 2003. El testimonio del horror narrado por los supervivientes de la tragedia, que, a día de hoy, arrastran aún las secuelas, estremeció al público de la sala decimosexta del tribunal. Ocurrió con Lucía Socorro Cerro, una auxiliar de 46 años, que no cesó de llorar durante su comparecencia. La autora de tanto espanto no la escuchó, ya que no volverá a la vista hasta el último día, a petición de su defensa, para evitar que las declaraciones de los testigos perjudiquen el tratamiento de su enfermedad Lucía relató que oyó gritos cuando estaba en una habitación y salió a ver qué ocurría. Era la paciente Jacinta Gómez. Clamaba ¡Me está matando! Los medios de comunicación siguen la vista en la sala de prensa de la Audiencia Provincial FOTOS: JAIME GARCIA Todo olía a sangre No podía dar crédito. La doctora De Mingo venía detrás de mí con el puñal. Me refugié en los vestuarios, dentro de la bañera. Estiraba la cortina, transparente, para que me tapara. Ella estaba ahí, la oía respirar. Me quedé bloqueada. Oí chillar a mi compañera Carmen Martín... intenté salir a ayudarla y, de un empujón, Esperanza Gómez (auxiliar) me introdujo de nuevo en el cuarto. Oímos cómo golpeaba y daba patadas a la puerta. Salimos: todo estaba lleno de sangre, olía a sangre No resultó alcanzada por la imputada pero su vida se truncó ese día. Tiene la incapacidad permanente y está en tratamiento psiquiátrico. Sus ojos me persiguen. Los tengo en mi cabeza. No puedo vivir con ellos acosándome... No solo hubo tres fallecidos, están los muertos vivientes como yo Casada y con dos hijos, la mayor le escribió una nota, que leyó su abogada, para animarla a que afrontara el día. No puedes mostrar cobardía si te ponen frente a frente de esa individua. Ni bajar la cabeza ni esconderte Sólo recobró el aplomo para espetar al abogado defensor de la procesada, en respuesta a una pregunta, tajante: Apuñalaba a todo lo que se movía con el arma en alto. Su actuación fue premeditada: se necesi- La acusada sólo irá a oír la sentencia para no empeorar La controvertida Noelia de Mingo no tendrá que estar presente en el juicio hasta el último día para escuchar la sentencia, a petición de su abogado defensor, quien alegó que, si así fuera, podría verse afectado el tratamiento psiquiátrico que recibe. Ninguna de las partes puso pegas. Indignada se mostró una de las que declaró ayer ante el tribunal. Lucía Socorro, que escapó casi de milagro del ataque de su compañera y calificó como una falta de respeto que De Mingo no estuviera presente. Necesitaba enfrentarme a ella para normalizar mi situación. ¿Que no se encuentra bien? Yo tampoco, estoy sobremedicada y estoy aquí. Necesitamos apoyo Añadió: somos la consecuencia del comportamiento de una enferma, no pasto del mismo; yo no tendría que haber tirado tres años de mi vida a la basura El defensor de Noelia de Mingo, a la derecha, junto otro a letrado en un receso ta mucha sangre fría para comprar un cuchillo y esconderlo. Sabía lo que hacía En la misma línea se manifestó el enfermero de Reumatología de la tercera planta Salvador Santabárbara, quien habló de que asestaba unas cuchilladas certeras Salió del control 43 al sonar un timbre, momento en el que De Mingo empezó su espiral violenta. Fue el único que la hizo frente, tras abrir un armario y utilizar una almohada como escudo, interponiéndose entre ella y Carmen Martín, a la que acuchilló en dos ocasiones. Le hice un barrido con los pies, cayó al suelo, se golpeó con un radiador y perdió sus gafas, sin dejar de soltar el puñal, me lo intentó clavar. Se levantó dando gritos lastimeros y siguió su carrera mortal Fue el testigo mudo que siguió to-