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ABC MIÉRCOLES 10 5 2006 Opinión 3 LA TERCERA DE ABC CORREGIR LA DERIVA ATLÁNTICA Los roces políticos y comerciales entre europeos y estadounidenses han dado pábulo a la creencia de que nuestras economías rivalizan en una guerra sin cuartel. La realidad es muy otra. El conjunto de la UE y los EE. UU. concentran el 24 por ciento de las exportaciones y el 31 por ciento de las importaciones del mundo... N UESTRA civilización sigue en peligro pese a la casi olvidada derrota del imperio soviético y el descrédito de sus compañeros de viaje. Ahora son otros los enemigos exteriores: el fanatismo en el mundo islámico, el populismo en Iberoamérica, la miseria y la guerra crónica en grandes partes de África, el posible recalentamiento global, las pandemias, el cártel del petróleo. Pero también deben preocuparnos los roces y enfrentamientos entre aliados que están causando la llamada deriva atlántica que aleja a Europa de Estados Unidos. Una manera de reforzar la cohesión del mundo atlántico sería echar abajo las barreras que aún dificultan los intercambios entre EE. UU. y la UE. Crearíamos una zona no de libre comercio, lo que prohíben los tratados internacionales, sino un área abierta de prosperidad atlántica. Si otras naciones del norte de América o del hemisferio sur, u orientales o mediterráneas, quisieran unirse en las mismas condiciones, se les abrirían las puertas. Así se extendería el libre comercio como por ósmosis y perderían gravedad los fracasos de Cancún y Hong Kong en las negociaciones de la Ronda Doha. brique aeronaves y armas en Mississippi, Texas y Alabama. En 2001, las empresas estadounidenses proporcionaban empleo directo a 3,2 millones de trabajadores en la UE, mientras que en 2002 las filiales europeas lo hacían a 3,6 millones de trabajadores en los EE. UU. Pero aún queda amplio margen para ahondar las ya profundas relaciones económicas entre la UE y los EE. UU. y abrir la prosperidad resultante a otros países amigos. os aranceles de la UE sobre bienes agrícolas más que cuadruplican, y los de EE. UU. más que doblan, los cargados por término medio sobre bienes fabriles. Eso reduce nuestro bienestar y daña a muchos agricultores de terceros países, que ya compiten con dificultad con las exportaciones de alimentos subsidiadas por europeos y estadounidenses. Liberados parcialmente el azúcar y el algodón, habría que tomar la palabra a EE. UU. y adelantar la apertura del comercio agrícola a 2010, en vez de sólo eliminar los subsidios a la exportación en 2013 como exigen los franceses. Tal oferta abarataría nuestro consumo y supondría un impulso para economías tan diversas como las de Argentina y Nueva Zelanda o de Suráfrica y la India. Sobre el resto de las mercancías, nuestros aranceles son ya tan bajos que podrían ser los mismos para todos los productos del mundo, sin acuerdos bilaterales ni exigencia de trato recíproco. Simultáneamente podríamos desmantelar entre nosotros, EE. UU. y la L UE, barreras en forma de exigencias técnicas, regulaciones contradictorias, o preferencia pública por las compañías nacionales. Así, el mutuo reconocimiento de estándares permitiría que un automóvil aprobado en EE. UU. corriera por las carreteras europeas, y lo mismo un vehículo brasileño, si Brasil demostrara requerimientos equivalentes. Un gran paso sería la renuncia a las medidas antidumping una forma de protección contra rebajas pretendidamente abusivas de precios, que no ha lugar entre economías desarrolladas: quizá entonces también renunciasen al antidumping países como México o la India, que ahora abusan de esa triquiñuela contra nuestros productos. Otro gran paso sería la extensión a EE. UU. del mercado único de servicios recientemente aprobado por el Parlamente Europeo. Deberíamos también unificar el trato dado a los países más pobres en ambos mercados. En vez de abrir sólo el mercado europeo a los 78 países del Asia, Caribe y Pacífico firmantes del Tratado de Cotonú, y sólo el de EEUU a los países incluidos en el Tratado de Libre Comercio de América Central CAFTA, franquearíamos a todos ellos el acceso igual en ambas zonas. n informe de la OCDE de 2005 cifra las ganancias de una liberalización de este tipo a lo equivalente a lo producido en un año de trabajo a lo largo de la vida laboral de cada uno de nosotros. Pero además, Xavier Sala i Martín, el economista catalán de variopintas corbatas y chaquetas color magenta, ha mostrado que, durante el último cuarto del siglo XX, la mayor libertad económica en el mundo ha reducido en cuatrocientos millones de personas el número de pobres que viven por debajo de dos dólares al día y ha recortado la proporción de esos mismos pobres en la población mundial, del 44 al 8 por ciento. Milton Friedman, aún lleno de energía a sus 93 años de edad, ha dicho hace poco que la mayoría de los políticos se declaran liberales, pero sólo una minoría lo son de verdad No hay más que ver lo que les cuesta reducir el sector público, cuán a regañadientes recortan los impuestos, y cuánto tardan en ponerse de acuerdo para abrir el comercio internacional. Despierten los políticos, callen los lobbies os roces políticos y comerciales entre europeos y estadounidenses han dado pábulo a la creencia de que nuestras economías rivalizan en una guerra sin cuartel. La realidad es muy otra. El conjunto de la UE y los EE. UU. concentran el 24 por ciento de las exportaciones y el 31 por ciento de las importaciones del mundo, el 80 por ciento del capital acumulado en inversiones extranjeras, el 79 por ciento del volumen anualmente negociado en las bolsas de valores, y más del 70 por ciento del valor de las fusiones y adquisiciones. En 2003, la inversión directa de los EE. UU. en Irlanda fue más de dos veces y media la que realizaron en China. El volumen de capital estadounidense invertido en el Reino Unido es una y media veces mayor que todo el capital invertido por esos americanos en Asia. Visto desde el ángulo de las relaciones mutuas, las exportaciones de mercancías y servicios de la UE a EE. UU. supusieron en 2003 un cuarto de todas las exportaciones europeas; y viceversa un tercio de las americanas. Es curiosa la fijación de la opinión pública en las disputas comerciales entre los dos partenaires atlánticos, pues no afectan ni siquiera al 2 por ciento del volumen total de los intercambios. Así, la disputa con Boeing no impide que EADS, la dueña de Airbus, fa- L U PEDRO de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas