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ABC DOMINGO 7 5 2006 Deportes 79 Las pérdidas de John Daly (60 millones de dólares) y de Charles Barkley (10) destapan el escandaloso comportamiento de muchos deportistas que se dejan gran parte de sus multimillonarios ingresos en las apuestas y el juego Golf y basket en el casino TEXTO MIGUEL ÁNGEL BARBERO MADRID. La ludopatía es una enfermedad, pero el juego está permitido. Y los deportistas de elite no dejan de ser personas vulnerables a ese peligro, sobre todo cuando ganan cantidades ingentes de dinero y no se saben controlar. El último caso de John Daly, que ha reconocido haber gastado 60 millones de dólares en las apuestas, ha destapado una realidad que no por conocida deja de ser menos dramática. El golf es un deporte plenamente competitivo, en el que siempre se juega contra alguien y contra uno mismo. Por eso es habitual que entre los practicantes aficionados se crucen apuestas antes de comenzar una partida. Lo normal es hacer un fondo de 10 o 20 euros por cabeza, que se lleva el ganador. Se suele jugar por hoyos, tipo Ryder, o también en skin sumando el importe de cada agujero al siguiente cuando no hay un vencedor. En cualquier caso, estamos hablando de cantidades menores cuyo único objetivo es darle un poco de animación a la jornada. No obstante, hay mucha gente a la que no le gusta jugar por dinero y simplemente se juegan una bola, las cervezas del final o el pago del buggie bién han reconocido su debilidad por ellos. Las estrellas del baloncesto Charles Barkley y Michael Jordan nunca lo han ocultado. El pívot, en concreto, tiene cifradas en 10 millones de dólares sus pérdidas y aunque reconoce no estar muy preocupado porque tengo mucho más dinero sí que le gustaría apostar menores cantidades para así minimizar los efectos Por lo que se refiere a Air sus noches locas en Atlantic City (con cheques de deudas de juego que llegaron a los juzgados en procesos por asesinato) no fueron nadas comparadas con los problemas que tuvo por impago de sus apuestas en el campo de golf y que también necesitaron de abogados. En suma, se trata de un asunto delicado. Menos mal que siempre ha habido gente que se lo ha tomado con sentido del humor, como Lee Treviño. El chicano, después de ganar el British Open de 1971, quiso ir a celebrarlo a un casino. Y para no ir solo donó 5.000 dólares a un convento para que dos de sus monjas le acompañaran esa noche. Genio y figura. Mickelson y Weir, multados Cuando esta costumbre se lleva al plano profesional, las cosas empiezan a cambiar. Sabido es que en los circuitos está estrictamente prohibida esta práctica. Ni siquiera se puede apostar sobre lo que hacen los demás. Fue famosa la sanción de 5.000 dólares que recibieron Phil Mickelson y Mike Weir cuando hicieron un comentario informal mientras observaban el play- off del NEC de 2001. 500 dólares a que Tiger la saca del bunker a la primera fue el reto. Y la multa de la PGA, la consecuencia. No querían bromas con este asunto. Por eso no es de extrañar que Tim Finchem, el Comisionado del Tour, haya llamado inmediatamente al orondo jugador a capítulo en cuanto se enteró de sus excesos. Evidentemente, no le pueden castigar por lo que hace fuera de los campos, pero la recomendación para que siguiera un tratamiento de rehabilitación fue obligada. Daly es, en sí mismo, un espectáculo. Surgió de la nada y ganó dos grandes, lo que le hizo un personaje popular y muy rentable publicitariamente. Pero su vida al margen del golf ha sido un desastre. Tres matrimonios, cuatro hijos, problemas con el alcohol y el tabaco, su actual familia política en la cárcel por tráfico de drogas... y pese a ello, mantiene su propio programa de televisión y su camiseta llena de anuncios. Todo un crack Pero no es él el único aficionado a los casinos. Otros famosos jugadores, aunque de otras especialidades, tam-