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7 5 06 CLAVES DE ACTUALIDAD (Viene de la página 12) agua y el Ventolín el popular broncodilatador que le socorre en los peores momentos. A él, que comió del mismo aceite que el resto de su familia, nunca le reconocieron víctima del envenenamiento y se quedó con la vida rota y las siete mil pesetas de una pensión anterior por minusvalía derivada de una dolencia de espalda. Siete mil pesetas de entonces y ocho bocas. Así que Carmen trabajaba hasta bien entrada la noche en una empresa de limpieza. Por eso mira tan orgullosa las fotos de los nietos, los hijos de Ángel que no los pudo tener hasta que no le hicieron el trasplante de riñón; los de Inmaculada, que estuvo tantos días en la UVI más allá que acá los de Carlos, que llegó a ingeniero... En la pared principal, la foto de Gadafi el perro querido más listo que el hambre, y, presidiendo, el retrato de Jaime. Incurables Cuando llegué a La Paz me dijo el médico: ¿Sabe lo que ha pasado? Sí, que se me ha muerto ¡Estaba tan nerviosa! Me explicaron que el hígado lo traía destrozado y que no se podía haber hecho nada por él Un peso menos para la madre huérfana y desmadejada, herida también por el veneno, como sus otros seis hijos que acabaron internados entre La Paz, el Hospital del Rey y un centro en la sierra del Guadarrama donde años ha la parroquia se nutría de tuberculosos y en donde el resto de la familia acabó de recobrar fuerzas suficientes para seguir con unas vidas marcadas por la huella del envenenamiento: insuficiencia renal y trasplante, dolores crónicos, trastornos respiratorios, ese cansancio del que no terminan de reponerse... como de esa tristeza inmensa que desborda los ojos cansados de Carmen y de Carmelo tras tantos años de lucha, y para los que esos primeros diez meses de hospital en hospital sólo fueron un entrenamiento de urgencia. Hasta el 6 de junio no dijeron lo del aceite por la televisión. Nosotros ya nos habíamos tomado la bombona peor. Pero no se crea que era aceite negro, que no sé de dónde sacan esas botellas que enseñan. Fíjese qué clarito es el mío Y Carmen saca un envase de cristal pequeño, de los de la sidra -precisa- lleno de un líquido semitransparente, verdoso al trasluz, que está cerrado con lacre. Aceite tóxico reza la etiqueta que le puso Carmelo. Es la prueba de su desgracia, que guardan desde hace un cuarto de siglo. Luego, amén de la enfermedad, vino el estigma social. A los del Barrio Verde cuando bajábamos hacia la plaza de Torrejón, había gente que nos mandaba otra vez para arriba. Creían que les íbamos a contagiar. ¡Se dijeron tantas burra- Esta botella de aceite mortal lleva guardada 25 años das! Si hasta llegaron a decir de mis chicos- -recuerda Carmelo- -que se habían puesto malos porque andaban entre basura! Y la vecina de abajo- -le corta Carmen- -cada vez que pasábamos por el rellano de la escalera salía y echaba fluflu para desinfectar. Se oyeron tantas cosas... Entonces se le viene a la cabeza la teoría del doctor Muro, que fue director del Hospital del Rey y que tras anunciar que el veneno estaba en el aceite dirigió sus investigaciones hacia los pesticidas. En la misa aniversario por Jaime, el doctor Muro me dijo que estaba plantando tomates en el balcón de su casa, a los que echaba esas sustancias, y que luego se los comía para probar que el mal estaba ahí. Se acabó muriendo de eso Tramas, confabulaciones internacionales e intrigas farmacéuticas alimentaron investigaciones paralelas. Porque entonces, como hoy, hay quien se empeña en que la realidad no le estropee una buena historia. ciendo van a servir para el tratamiento de dolencias vasculares y fibrosis extensas. Queda mucho por explorar. Hoy hacemos el seguimiento de 17.000 afectados y vemos en consulta a 3.000. Todos son conscientes de que aquí no encontraremos milagros y que serán enfermos para siempre Como Carmen, que ya tiene cita para su revisión anual. A Jaime lo enterraron el día 3 de mayo de 1981. Fue el primer domingo del mes, Día de la Madre, como hoy. La tragedia nacional, que sacudió España entonces, dos meses después de la intentona golpista de Tejero, y que puso contra las cuerdas al Gobierno de UCD, se cebó especialmente con los niños. Cientos de ellos fueron hospitalizados durante años sin poder escolarizarse, sentenciando futuros inciertos y desesperados. Muchos de ellos, cuyos padres convalecían en centros sanitarios, fueron enviados con familiares cercanos mientras otros, sin esa fortuna, quedaron al socaire de la caridad vecinal que en tantos casos se limitó, por miedo al contagio a la puntual bandeja de comida en el felpudo de sus casas. El mismo Jaime Vaquero acabó siendo la Carpeta 63 -y tras ser el primer fallecido recibió el número 17.900 de afectado- -en un litigio que se prolongó once años. Tiempo suficiente para que aquel niño creciera a los ojos ciegos de la Administración- -dos de cuyos altos cargos fueron condenados por imprudencia temeraria- que hasta le llamó a filas. Su expediente se extinguió hace sólo un año cuando a su padre le indemnizaron por su muerte- -90.000 euros según sentencia del Supremo- no sin antes exigirle el aval de las últimas voluntades de Jaime. ¿Últimas voluntades de un niño de ocho años? -inquirió Carmelo a la autoridad- ¡Vivir- -espetó- Jaime quería vivir! Cifras de catástrofe nacional 365 muertos, 2.000 grandes inválidos y 30.000 damnificados son reconocidos judicialmente. Según las asociaciones de afectados, los fallecidos son hoy 2.500. Dos juicios: El 30 de marzo de 1987, 6 años después del primer caso mortal, empezó el juicio. Comparecieron 1.500 testigos y 200 peritos. El fiscal solicitó más de 60.000 años para los acusados principales. La vista concluyó el 28 de junio de 1988. Siete años después, en agosto de 1995 la Audiencia procesa a altos cargos para que el Estado pague las indemnizaciones al declararse insolventes los condenados; el juicio se inició el 9 de octubre, duró 2 meses, y declararon 7 acusados y 60 testigos. Cuatro sentencias: El 20 de mayo de 1989, fallo de la Audiencia Nacional, que dice que no hubo homicidios, sino delitos contra la salud pública e imprudencia temeraria. Reconoce 330 fallecidos, frente a los 605 contabilizados oficialmente, y establece indemnizaciones de 15 millones de pesetas por muerto, y de 150.000 a 90 millones para los afectados. El 28 de abril de 1992, el Tribunal Supremo amplía hasta 50 años las penas al reconocer dolo. El 24 de mayo de 1996 la Audiencia Nacional notifica la sentencia del juicio contra los altos cargos, y, que recurrida ante el Supremo, el 2 de octubre de 1997, duplica en su fallo la cuantía de las indemnizaciones, reconoce a más de 30.000 afectados, y califica el envenenamiento de catástrofe nacional 15 Condenados. 2 altos cargos de la Administración: Manuel Hernández Bolaños, director del Laboratorio Central de Aduanas, y Federico Povedano Alonso, jefe de la Sección de Importación de Productos Agrícolas del Ministerio de Economía, condenados a seis meses de prisión y suspensión de cargo público. 13 aceiteros: Juan Manuel Bengoechea (a 77 años de cárcel) y su hermano Fernando (a 6 meses) Ramón Ferrero (a 66 años) Enric Salomo (a 38 años) Ramón Alabart (a 40 años) Jorge Pich (a 12 años) Elías Ferrero (a 10 años) Ramón Navarro (a 4 años) Florentino Feijoo (a 4 años) José Antonio Pastor (a 4 años) Cándido Hernández (a 10 años) Agustín y Tomás Baviera (a 4 años) Hoy no hay ninguno en prisión. De las 18.515 peticiones de indemnización, quedan por resolver 36 expedientes. Una investigación que no acaba Manuel Posada, director del Centro de Investigación sobre el Síndrome del Aceite Tóxico (CISAR) dependiente del Instituto de Salud Carlos III, y una de las máximas autoridades en este mal, asegura a D 7 que las indagaciones sobre la enfermedad- -en un último escalón tratan de demostrar sobre un número significativo de primates el vínculo directo entre el aceite manipulado y el daño concreto en el organismo para que sea científicamente incontestable- -continuarán durante mucho más tiempo porque los descubrimientos que se van ha- Miles de personas abarrotaron la sala del macrojuicio 2.375 millones de euros han sido ya pagados por el Estado.