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6 5 06 VIAJES GASTRONOMÍA Cruceros El barco más grande del mundo POR JUAN FRANCISCO ALONSO E n el suelo del ascensor nos recuerdan que es martes (tuesday, siempre en inglés) y en el Cruise Compass (la biblia de los pasajeros, la hoja de ruta de cada día) leemos que en el café Windjammer en la cubierta once, sirven el desayuno de siete a diez. Son las ocho y media, buena hora, con el buffet agradablemente medio vacío. La mayoría de los pasajeros aún duerme, acunados por las olas y por los mojitos de anoche en el Bolero Los que han conseguido madrugar toman su bandeja y se plantean la primera elección del viaje. Desayuno suave, café y tostadas, o un desliz: bacon, donuts made in USA salchichas. Puede que lo mejor sea algo intermedio, huevos revueltos y fruta, para afrontar con brío la cita en el gimnasio. El día ha amanecido nublado, con el Atlántico inhóspito y frío. En realidad, no es el lugar ni la época perfecta para hacer un crucero, pero esto es algo parecido a la última prueba del vestido de novia. El 4 de junio, el Freedom of the Seas empezará su trabajo en Miami: siete noches en busca del calor, de las playas de Jamaica o las Caimán, de las burbujeantes madrugadas del Caribe. Estará lleno, sin un camarote libre, 4.375 pasajeros, 1.360 tripulantes, confirma Magnus Weahme, director general para el sur de Europa de Royal Caribbean. La mayoría serán turistas estadounidenses, encantados de olvidar la vida real durante una semana en este nirvana de restaurantes, cafés, tiendas, teatro, pista de patinaje, gimnasio, y otra vez restaurantes, heladerías, centro de belleza, piscina de surf, rocódromo. Mejor será elegir el gimnasio, una hora en manos de Robert Tynan, irlandés, preparador de boxeo, para aliviar los efectos de la sobredosis de calorías. El Freedom incorpora un ring, situado en la entrada de un gimnasio inmenso, prueba evidente de la política del quién da más en el que viven las navieras. Sobre la lona, dos mujeres y cuatro hombres- -británicos, no en vano hemos partido del puerto de Southampton, a hora y media de Londres- -golpean al aire con sus guantes rojos, para sentir el gesto, o imitan entre risas el salto de las ranas, para fortalecer los cuádriceps, o atacan a un enemigo invisible. Cerca, unos metros mas allá, Amelia, española, se conforma con algo más asequible: trote en la cinta mecánica, con el océano indescifrable tras la cristalera y Christina Aguilera en la pantalla de la televisión. Buen rollo, buen ritmo. Música vibrante en el gimnasio, clásica en los ascensores, dj s en La Cripta el bar más in de este mamut que se desliza por el mar sin que apenas podamos notar el vaivén del oleaje, algo que suena a Bob Marley interpretado por un grupo en directo en la calle principal, pop británico en el buffet. Música para envolver los planes del día. Del gimnasio, en la planta doce, al spa, para reservar. Le esperamos a la una nos dicen, tiempo de sobra para una partida en el salón de juegos (la máquina de La Guerra de las Galaxias está libre, hay suerte) y para una expedición por esta cubierta que se antoja un parque de atracciones. La más novedosa: una piscina para practicar surf, el Flowrider A media mañana, un póquer de osados, protegidos por sus trajes de neopreno, cabalgan la ola artificial, que, desde fuera, pudiera parecer un ingobernable toro mecánico. Pero ahí aguantan los cuatro sobre sus tablas, mientras las cámaras de los turistas disparan sin compasión. Detrás de la piscina, otro reto: el rocódromo, trece metros de alto, once rutas de diferente dificultad. Y, a los pies del vértigo, la cancha de baloncesto, la pista de jogging, un minigolf, la zona H 2O (parque acuático con toboganes y cascadas) los jacuzzi con vistas al océano, y un par de bares para regar tanto estrés deportivo con una piña colada. Las cifras son tema de conversación inevitable en la mesa a la ho- Surf en cubierta Tiendas y restaurantes, en la quinta planta del barco Un día a todo ritmo El gimnasio, con un ring para los aficionados al boxeo, y el centro de belleza están juntos, en la planta decimosegunda. Primero, el ejercicio y, a continuación, el spa, la pedicura, los masajes... El barco está lleno de oportunidades para los deportistas. Desde las cintas mecánicas que miran al mar hasta el rocódromo