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ABC SÁBADO 6 5 2006 Opinión 5 UNA RAYA EN EL AGUA ...Y COMPAÑEROS DE PARTIDO L MONADAS E seguido con curiosidad y cierto espanto intelectual (pero uno ya debería estar curado de espantos) el debate sobre los llamados derechos de los simios En cierto modo, podría considerarse un corolario inevitable de cierta malversación del concepto mismo de derecho despojado de obligaciones correlativas. ¿Puede asumir un gorila obligaciones jurídicas? Parece evidente que no. Aquí podría oponerse que tampoco las asume un niño, y mucho menos un nasciturus; pero, en su mismo ser, ese niño o nasciturus lleva inscrita la potencialidad de asumirlas en un futuro. Digamos que la capacidad para obligarse de un niño está ínsita en su condición humana, se ha empezado a gestar para realizarse plenamente en un estadio futuro. En cambio, sabemos que un mono jamás podrá obligarse. ¿Cómo puede entonces erigirse en sujeto de derechos un ser que nunca podrá ser sujeto de JUAN MANUEL obligaciones? Cuando proclamamos DE PRADA que al hombre lo asiste un alienable derecho a la vida estamos proclamando también que lo obliga el deber de respetar la vida de los demás hombres. Los derechos y obligaciones presuponen la condición humana; el Derecho mismo es el producto de un pacto entre hombres, conscientes de su condición. Extenderlo a los animales es un grosero dislate jurídico. Otra cosa muy distinta es que a los hombres nos obligue un deber de respeto y protección de otras formas de vida no humanas; deber que es la consecuencia natural del dominio justo que el hombre ejerce sobre la naturaleza. El hombre puede matar animales para asegurar su supervivencia; no, a mi juicio, por mero capricho. Pero quizá en esta vindicación de los llamados derechos de los simios subyazca lo que C. S. Lewis llamaba abolición del hombre La vida humana ha dejado de ser inviolable; no todos los hombres, ni en todas las etapas de su vida, son dignos de protección H jurídica en la actualidad. Otra manera de abolir al hombre consiste en equipararlo con los animales. Los defensores de los llamados derechos de los simios nos recuerdan que compartimos un 98 por ciento de material genético con gorilas y chimpancés. Pero también compartimos una porción nada desdeñable de material genético con la mosca común, y eso no nos convierte en insectos evolucionados. El hombre se diferencia de los animales en especie, no en grado; entre los hombres y los animales existe una división evidente y única, una desproporción insalvable. En su ensayo El hombre eterno, Chesterton lo resume con palabras irrefutables: Una prueba excelente de la independencia y misteriosa singularidad que rodea al hombre es el impulso artístico. El hombre es diferente de todas las demás porque es creador además de criatura Y prosigue: Suena a perogrullada que el hombre primitivo dibujara un mono, mientras que tomaríamos a broma que el mono más inteligente hubiera dibujado un hombre. Las pinturas rupestres no fueron comenzadas por monos y terminadas por hombres. Los animales mejor dotados no dibujan cada vez mejores retratos, ni el perro pintó mejor en su periodo de apogeo que en su temprana y ruda etapa de chacal. El caballo salvaje no fue un impresionista y el caballo de carreras un post- impresionista. Todo lo que podemos decir de la idea de representar la realidad mediante trazos artísticos es que no se da en ningún otro ser de la naturaleza salvo en el hombre, y que ni siquiera podemos hablar de ello sin considerar al hombre como algo separado del resto de la naturaleza Pero para contemplar al hombre en su unicidad hace falta despojarse primero de los densos nubarrones del sofisma. Cuando el hombre deja de ser la medida de todas las cosas, cuando se le considera tan sólo el resultado final y aleatorio de una evolución natural, triunfan los sofismas. El reconocimiento de los derechos de los simios constituye un paso, otro más, hacia la definitiva abolición del hombre. O último que le faltaba a la derecha española era que la baronesa Thyssen le abra una crisis en su principal escaparate político a cuenta de unos árboles delante de un museo. Esto es, sin embargo, posible porque hay en el PP algunos cenutrios que se dejan dictar la política por radio mientras se afeitan o se maquillan, y han dado en considerar que su problema inmediato no es pararle los pies a Zapatero, sino ponerle obstáculos y zancadillas a Ruiz- Gallardón. Abunda esta especie en el entorno de Esperanza Aguirre- -quiero seguir pensando que ella es mucho más inteligente- donde el cainismo provoca excitación ante la posibilidad de darle al alcalde de Madrid pellizquitos de IGNACIO monja, sin calibrar que el CAMACHO destino de ambos va tan unido que es como si se pellizcasen en su propio trasero. Eufóricos por las encuestas- trampa, se creen sobrados y sueñan con ganar las elecciones solitos, olvidando que en mayo del 2007 les va a salir por el chiquero un miura corniveleto con un pacto con la ETA entre los pitones, y se los puede llevar por delante a todos juntos con la femoral averiada por una cornada de doble trayectoria mientras ellos se enredan con el capote. En el PSOE, donde no existen ahora mismo dos líderes con la fuerza y el tirón de Gallardón y Aguirre, las discrepancias se esconden bajo la alfombra en los momentos cruciales para que no las aproveche el adversario. Hemos visto a Alfonso Guerra, a Leguina y a otros votar el Estatuto catalán con la nariz tapada, y hasta Ibarra y Bono eran capaces de soltar cortinas de humo de colores cuando el ambiente de su partido se les hacía irrespirable. Pero la derecha parece que disfruta pegándose a sí misma tiros en los pies: no desperdicia nunca una oportunidad de fracaso. El asuntillo ése de los árboles del Prado es una banalidad que no debería haber salido de las páginas de local de los periódicos, o de las de chismorreo si la baronesa persiste en montar el happening y atar a un plátano (de Indias, of course) su bien esculpido esqueleto envuelto en caros diseños de moda. Si hay un problema técnico se monta una reunión a cencerros tapados, se buscan soluciones y luego se venden a la opinión pública con una foto triunfal llena de consenso y de sonrisas, y se coloca a Tita Cervera en medio para decorar la escenografía. Cualquier cosa menos este espectáculo de navajazos traperos y carnaza para los programas de tomate y salsa rosa. Pues no. La derecha tiene que montar un cirio y liarse a pedradas a ver si logra romper ella solita su más vistosa vidriera política. Aguirre no puede ganar si Gallardón se queda en la estacada, pero algunos conspiradores de tres al cuarto prefieren ignorar la evidencia con tal de cortarle las alas a un alcalde movedizo, arrojado y volatinero cuyo principal defecto es no ocultar sus ambiciones. Ya lo sentenció el brujo Andreotti, que conoce bien la tortuosa psiquiatría del sectarismo: enpolítica hay rivales, adversarios, enemigos... y compañeros de partido.