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ABC SÁBADO 6 5 2006 Opinión 3 LA TERCERA DE ABC TONY BLAIR: UN APLAZAMIENTO DE LA EJECUCIÓN Brown y todos los demás parlamentarios laboristas deben preguntarse si las pérdidas de esta semana dejan espacio suficiente para una recuperación electoral antes de su fecha preferida para las siguientes elecciones generales: mayo de 2009... E L primer ministro Tony Blair afrontaba el desastre cuando los colegios electorales cerraron a las 10 de la noche del jueves, día en que se celebraban las elecciones locales británicas. Todos los indicadores habituales- -sondeos de opinión, escrutinios- -señalaban una pérdida de 300, o quizá 400 escaños laboristas. Semejantes pérdidas obligarían a Blair a anunciar públicamente una fecha concreta (y adelantada) para su jubilación, en favor del ministro de Economía, Gordon Brown. Seis horas después, la situación era mucho peor. Los laboristas habían perdido 250 escaños. Era una derrota importante, pero ni mucho menos completa. Blair podría sobrevivir otros dos años, o quizá incluso más. Como grita un personaje abrumado (por varias circunstancias) en una novela de Michael Frayn: No es la desesperación, eso lo puedo soportar. Lo que no puedo aguantar es la esperanza Blair está en mejor situación para soportar la esperanza que Brown o la mayoría de los parlamentarios laboristas. Ha declarado su intención de dimitir antes de las próximas elecciones nacionales (que deben celebrarse como muy tarde en mayo de 2010) Los resultados obtenidos esta semana por el Partido Laborista sólo plantean a Blair una pregunta a corto plazo: ¿Cuánto tiempo podrá mantenerse de aquí a entonces? Blair es optimista. Después de lo del jueves, calculará que puede quedarse otros dos años. Como mínimo. han cometido después delitos graves (uno de ellos un asesinato) Para completar el panorama de lo que los británicos definen como un completo y maldito caos nadie sabe dónde están. Después, se descubrió que el viceprimer ministro, John Prescott, un falso símbolo de la rectitud del Viejo Laborismo, mantenía un tórrido romance con una secretaria de su oficina, Tracey Temple. Los periódicos sensacionalistas del domingo publicaban unas declaraciones en las que ella habla de sus encuentros. Uno de ellos había tenido lugar en un apartamento gubernamental, inmediatamente después de una ceremonia en homenaje a los británicos caídos en la guerra de Irak; otro se produjo en una habitación de hotel mientras la señora Prescott, que era ajena a todo, esperaba a su marido en el restaurante de la primera planta. (Para ser justos, Prescott es un hombre ocupado... E P ero Brown y todos los demás parlamentarios laboristas deben preguntarse si las pérdidas de esta semana dejan espacio suficiente para una recuperación electoral antes de su fecha preferida para las siguientes elecciones generales: mayo de 2009. Ahora consideran a Blair una carga electoral. Pero, ¿tendrían más oportunidades si lo obligaran a dimitir que si continúan dando traspiés bajo su liderazgo? Una pérdida de 400 representantes habría zanjado la cuestión favorable a su expulsión. Con una pérdida de sólo 100 escaños, habría ocurrido lo contrario. Pero, tal y como están las cosas, lo que no pueden soportar es la esperanza. ¿Y ahora qué? En estas ocasiones, los ministros siempre argumentan lo siguiente: a mitad de su mandato, todos los gobiernos son impopulares; ésta es sólo una debacle normal; y llega tras una racha de noticias especialmente malas. Al menos este último argumento es tan cierto que ha provocado, ayer, una fulminante crisis de Gobierno. La semana pasada se desveló que el secretario de Interior, Charles Clarke, uno de los más leales a Blair, había liberado a 1.023 delincuentes extranjeros, incluidos asesinos y violadores, en lugar de deportarlos después de haber cumplido su sentencia. Al menos cinco de esos excarcelados l último episodio no es tanto un escándalo como un signo brutal de la caída de popularidad del Gobierno incluso entre sus seguidores naturales. Patricia Hewitt, secretaria de Sanidad, fue abucheada por los enfermeros al afirmar que el Servicio Nacional de Salud disfruta de su mejor año de todos los tiempos. Dado que en ese momento estaban despidiendo a trabajadores sanitarios en toda Gran Bretaña, supuso una metedura de pata excesiva. A Hewitt le tocó ser el símbolo desafortunado de un Gobierno que había invertido millones de libras en los servicios públicos sin ninguna mejora real. Tenían que rodar las cabezas de algunos para demostrar a los votantes que su descontento se ha tomado en serio, para castigar el fracaso y para dar al Gobierno una nueva apariencia. Para demostrar que Blair tenía las ideas claras, como obviamente pretende tener, una derrota de esta magnitud requería una reorganización bastante amplia de las grandes cabezas. Así lo ha sido, como se explica en las crónicas. En Whitehall empezaron a correr los rumores de remodelación incluso antes de que finalizaran las votaciones. Se decía que Prescott perdería parte de sus numerosas responsabilidades, pero seguiría siendo viceprimer ministro. No perdió nada y sigue en el cargo. Vaya, a partir de ahora seguro que será un agradecido e impotente partidario de Blair. El leal pero fracasado Clarke fue despedido y sustituido por John Reid, el exitoso ministro de Defensa. Si la mayoría de los parlamentarios laboristas interpretan abatidamente esos cambios como una prueba de que Blair se va a quedar mientras pueda, seguramente Brown y sus partidarios realizarán una interpretación todavía más siniestra de ellos: a saber, que el primer ministro no sólo está decidido a quedarse, sino también a acabar siendo sucedido por alguien distinto de su meditabundo ministro de Economía. Cuando decidan eso, la balanza de la ventaja se inclinará hacia la expulsión de Blair lo antes posible, incluso a costa de una temporal desunión del partido. Tales cálculos deberían verse más propiciados por el segundo resultado principal de las elecciones: la recuperación de los conservadores bajo la dirección de su nuevo líder, David Cameron, que obtuvo el 39 por ciento del voto popular, frente al 27 por ciento cosechado por los demócratas liberales de centro encabezados por su nuevo líder anciano, Ming Campbell. se éxito conservador no debería exagerarse. Es sólo un uno por ciento más de lo que obtuvieron hace dos años. Apenas han penetrado en el inhóspito norte de Inglaterra. Se da tras seis meses de una cobertura mediática increíblemente favorable. Y, a pesar de la desesperación existencialista de la que han sido presa los conservadores durante los últimos años, su partido estaba llamado a recuperarse en cuanto se rompiera el hechizo del Nuevo Laborismo. Aun así, es crucial que los inmediatamente beneficiados por la ruptura del hechizo fueran los conservadores y no los demócratas liberales. Como bien saben los parlamentarios laboristas, los demócratas liberales son, en última instancia, un estorbo. De hecho, sólo los conservadores pueden derrotar al Partido Laborista y formar gobierno. Hasta esta semana, los laboristas disfrutaban de la ventaja de que no había alternativa. Ahora sí la hay. Eso los debilita. Y el nuevo nerviosismo de los laboristas debilita a Blair. ¡Ay, lo que es ser torturado por la esperanza! Editor de National Review Ex asesor de la primera ministra Thatcher E JOHN O SULLIVAN