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ABC VIERNES 5 5 2006 Opinión 5 UNA RAYA EN EL AGUA ALTERNATIVA DE PODER (BLANDO) L ¿QUÉ HACEMOS CON EL CAGANER E L nacionalismo es minucioso, se detiene en cosas en las que la gente normal no repara: díganme si no responde a ese aserto la iniciativa del consejero Huguet de prohibir la venta de muñequitas flamencas y de toritos de fieltro en las tiendas de souvenirs catalanas, al objeto de que los turistas no confundan los escenarios y entiendan que Cataluña es Cataluña y que la flamenca en cuestión es un añadido improcedente y que aquí, el verdadero símbolo de la imaginería popular es el caganer que es un tío que está cagando sin piedad cerca del Nacimiento y que prolifera por muchos belenes españoles. El caganer efectivamente, humaniza el misterio y personifica el carácter catalán de forma plástica: mientras a su alrededor trasciende la historia de forma sublime, él se ahorra el abono del campo sembrándolo de esencia personal. A los chiquillos les gusta mucho y CARLOS siempre preguntan por él, y en meHERRERA dia España se ha impuesto su presencia, ciertamente. Incluso se actualiza cada año incorporándole el rostro de personajes públicos conocidos, tipo Carod o tipo Ronaldinho. Una muñeca vestida de gitana es, reconozcámoslo, una seria amenaza para la soberanía nacional catalana: son figuras que se confeccionan en Chiclana, representan algo tan caduco y franquista como el baile flamenco y, por si fuera poco, son compradas como recuerdos o fetiches por miles de extranjeros que visitan la Costa Brava y que se creen, valientes estúpidos, que están visitando España. La izquierda catalana ha reaccionado a ese desafío y en virtud de su cosmopolitismo, su modernidad, ha decidido sugerir a los comerciantes de Las Ramblas que se dejen de vender esos anacronismos y que los sustituyan por figuras enraizadas en la mitología de la tribu: así un Tamboriler del Bruch, el muchachito que con su tambor puso en desbandada al mismísimo ejército francés; así el propio Caganer; así el Tió, ese tronco al que los niños catalanes golpean en Navidad al grito de ¡Caga, Tió! para que les deje muchos regalos- -como ven, en Cataluña, la deposición y la entrañable fiesta familiar de la Navidad van íntimamente unidas: florece, de nuevo, la teoría del abono y de la trascendencia antes expuesta- En cuanto al toro, ¡qué decir! la gran afrenta que la sensibilidad social tiene que sufrir en un silencio horadador es la presencia de un astado con banderillas en los comercios de los alrededores de la Sagrada Familia. Eso no hay cultura ni país que lo aguante. Así a ver quién es el guapo que consolida una nación. Percatado de ello, el tal Huguet, ese especialista en provocar odios para así poder lamentarse de lo mucho que le odian y obtener beneficio de ello, está elaborando el baremo de multas con el que obligará a los comerciantes a colaborar con la salvaguarda de la artesanía local. Quien venda el toro en lugar de exhibir el famoso Ruc catalán- -un simpático borrico que simboliza, por lo visto, no pocas virtudes del pueblo elegido- deberá atenerse a las mismas consecuencias que los más de mil comerciantes multados por no rotular todo, absolutamente todo, en el idioma de Verdaguer. Si acudir a una plaza de toros en la oficialmente antitaurina ciudad de Barcelona es una heroicidad gracias a las cuadrillas de fascistas de ERC que se agolpan en la puerta de la Monumental insultando al público que libremente acude, no digamos verse sorprendido adquiriendo un torito de felpa. La inquietud que mostramos algunos, no obstante, no acaba ahí: si, en virtud de la justa reciprocidad, aquellos lugares que se han visto agradablemente invadidos de caganers deciden hacer lo mismo, pero al revés, ¿serán acusados de boicot ultraderechista? En pocas palabras: ¿qué hacemos con los cientos de miles de tíos cagando en nuestros belenes que han salido de Cataluña? Se me está descomponiendo el cuerpo, por cierto. E ocurre a este Barcelona campeón lo que al Madrid de Di Stéfano: le ayudan los árbitros, lo protege la Federación y cuenta con la simpatía del poder (Zapatero es culé perdido, como tantos leoneses seducidos por la estela de su paisano César, aquel interior de la época de Kubala) pero su devastadora autoridad futbolera hace que la gente se olvide de tan manifiesto favoritismo. Su refulgente andadura coincide, además, con la crisis del Real Madrid, según esa teoría de los vasos comunicantes que conectan los ciclos de las dos grandes instituciones del fútbol español, plataformas de influencia social, económica y hasta política que oscilan, con algún outsider ocasional, en una especie de alIGNACIO ternancia bipolar hegeCAMACHO mónica. El Barça fue el primer club que planteó abiertamente, en pleno franquismo, su condición de soft power de poder blando, aunque entonces no se llamara así. El eslogan de más que un club apuntaba de manera directa a la pretensión de erigirse en imaginario simbólico de la identidad catalana, abierto desafío al aparato del Estado que venía a encarnar el Madrid. Ese rango de representatividad social lo ha imbuido del típico victimismo nacionalista, llorón incluso cuando, como ahora, el catalanismo boga a favor de corriente y el centralismo se ha desarticulado en medio de una pulverización de la estructura nacional. Por eso este equipo deslumbrante, mejor incluso que el Dream Team de Cruyff, no acaba de cosechar toda la simpatía que merece su arrollador despliegue futbolístico, un poco solapado por el recelo que la deriva política catalana despierta en la mayoría del territorio español. A ello ha contribuido el empeño de Joan Laporta, un dirigente que coquetea con ERC, por significar al club como estandarte del conglomerado nacionalista, proactivo en el frente estatutario y permisivo con un folklore independentista que incomoda incluso a amplios sectores de su afición. Ello no ha sido óbice para que haya que reconocerle el mérito de fichar a Ronaldinho- -a regañadientes: él quería a Beckham- -y de promover la cantera catalana- -Valdés, Xavi, Iniesta- -a través de un grupo técnico solvente, además de abordar sin paliativos la batalla contra los ultras, en la que demostró que se les puede ganar el pulso si hay voluntad de hacerlo sin excusas. Pero las pancartas de Catalonia is not Spain han mellado sensiblemente el arraigo sentimental de estemagnífico Barcelona que, paradójicamente, necesita a España para medirse en ella como proyecto hegemónico. Porque para consolidarse como alternativa global de poder, al Barça le queda una cita pendiente. La tiene el día 17 en París: o se trae la Copa de las orejas grandes, la verdadera corona del fútbol internacional, o se quedará como una excelente referencia a escala española, mal que le pese a Laporta. Mal que le pese lo de española, quiero decir. La excelencia la han mostrado de sobra unos jugadores que quizá no sean más que un club, pero forman un verdadero equipazo.