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ABC JUEVES 4 5 2006 Cultura 57 Una mujer afgana, fotografiada el pasado mes de septiembre en Kabul AFP La ginecóloga Natacha Aguirre viajó a Kabul, donde convivió durante casi un año con las mujeres afganas. Una experencia que le permitió descubrir el coraje de una población sometida por la guerra y la sequía, y que ha vertido en el libro 300 días en Afganistán La vida detrás del burka TEXTO: TRINIDAD DE LEÓN- SOTELO MADRID. Ésta es una historia de solidaridad y valentía. La narración de una colombiana, ginecóloga y obstetra, que decidió trabajar para Médicos sin Fronteras y formó parte de una misión en Afganistán. Natacha Aguirre Zimerman se confiesa atea, pero en el tiempo, desde septiembre de 2002 a julio de 2003, cuando ayudó a personas que vivían en la miseria- -sin agua, sin alcantarillado, con luz eléctrica tres horas diarias, sin cobertura médica... entendió que los humanos se inventaran un Dios. Esta mujer demostró que es posible amar al prójimo más que a uno mismo. Puso su corazón a mil por hora y su mente al servicio de los que nada tenían, con tal intensidad que nunca se dio por vencida. Todo queda demostrado en 300 días en Afganistán (Anagrama) un libro que se hizo tal mediante los correos electrónicos que, con sus muchas y terribles experencias, enviaba a familiares y amigos. Fue su madre la que mandó el texto, de unas cien páginas, a la revista de Bogotá El malpensante que, tras dimes y diretes, decidió darlas en un solo número en el que la narración ocupaba las tres cuartas partes de una publicación que aparece cada 45 días. Era la primera vez que se hacía algo así, pero el riesgo valió la pena. La autora obtuvo el premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar, el más impoportante del país. Aunque parezca impensable la autora moldea sus palabras incluso con humor, un sentimiento que, a buen seguro, le ayudó a sobrevivir. Cuando aterrizó en Kabul, le pareció que llegaba al pasado del resto del planeta. Hagan cuenta de que están en un lugar en el que ha explotado la bomba de Hiroshima y que no ha llovido en cuatro años Y es que, relata, en Kabul todo es gris, incluidos los jardines, con excepción de las rosas que mueren antes de adquirir ese color y son muy amadas por los afganos. En cuanto al promedio de vida de las personas, el de la mujer es de 45 años. Poner pie en tierra equivalió a ser considerada como una expat (extranjera) Parte de su estancia en Afganistán coincidió con la invasión de Irak. La misión de la doctora era supervisar tres clínicas y organizados servicios de maternidad que habían sido destruidos. Nada banal, puesto que en Afganistán se da la tasa mayor del mundo en mortalidad materna. Aguantan, evoca Natalia, el parto sin gritar, sin arañar, ni patear. Para ir dere- Las afganas no son débiles, son unas fieras que no se callan nada. No viven escondidas como se hace creer chitas al cielo se pintan con henna las manos y la planta de los pies. Si la futura madre, asegura, está débil, debe matar una cabra y entregársela al mulá, que se quedará con una parte y regalará el resto, porque compartir con los pobres es un precepto musulmán. ¿No sería mejor que se la comiese la embarazada para acabar con su anemia? Aunque reconoce que los afganos son los hombres más agresivos del mundo, ha comprobado que se sientan horas a beber té y recitar poesía. Le llamó la atención que nadie deje basura en ninguna parte: Son recicladores por excelencia. Esta cultura no conoce el desperdicio. Ellos sí que convierten la materia en energía Cuenta la ginecóloga que en el país que aprendió a amar, las mujeres deben ser completamente inocentes hasta una semana antes de la boda. Pero he aquí que la joven que le pusieron como traductora, Leila, era virgen, así que no tuvo más remedio que contarle los secretos de la maternidad ante sus espantados ojos. Tuvo que convencerla diciéndole que su ayuda no era pecado, ya que socorrer a los enfermos es bueno en el Islam. Habla del burka como de algo ancestral, hasta el punto de que no fue lo peor que tuvieron que sufrir de los talibanes, que no contaron con el favor del pueblo Las mujeres lamentaban muchísimo más haber tenido que dejar de estudiar- -la mayoría no sabe leer ni escribir- y eso era lo realmente grave en sus vidas. En cierta ocasión, cuando quiso comprar un perro afgano, Leila sugirió: ¿Qué tal si te interesas por un humano afgano Aguirre cambia la idea que tenemos- sobre todo en los diarios norteamericanos -de las afganas. Según ella, son parlanchinas, alegres y llenas de ritmo en las fiestas que organizan para ellas mismas. De hecho, viajó a Irán y creyó morir entre tanta vestimenta negra, porque las afganas gustan de los colores y los brillos. El bombazo lo provoca cuando dice: Las afganas no son débiles, son unas fieras que no se callan nada. No viven escondidas como se hace creer. Cuando están entre ellas cuentan chistes sexuales y discuten temas prohibidos. El estado de suegra es el más respetado, porque es la mujer la que elige esposa para sus hijos Éste no es tanto un país machista, como de separación de géneros añade. No obstante, explica que para una decisión familiar, concierna a mujer o varón, nada se resuelve sin previa reunión familiar. Defiende a los habitantes de un lugar que trabajan como mulas exprimiendo una tierra seca, a lo que han de añadir el estigma de terroristas despiadados Cuando dejó Afganistán, rumbo a Sudán, Natalia lloró. Los que la despedían también lo hicieron y uno de ellos pronunció una frase inmarchitable: Que muchas flores aparezcan en tu vida