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ABC JUEVES 4 5 2006 Opinión 5 UNA RAYA EN EL AGUA ADÁN Y EVO Evo Morales cabe reprocharle muchas cosas, sobre todo su trasnochado izquierdismo trufado de simplezas demagógicas, pero nadie le puede acusar de hacer nada que no hubiese anunciado. Con su rancia retórica antiimperialista, Evo dejó desde el principio bien clarito que le iba a poner la proa a las multinacionales del gas y del petróleo, según esa anacrónica pulsión radical que impregna de nuevo a la izquierda hispanoamericana de furor antiliberal y suicida nacionalismo económico. Otra cosa es que algunos no lo quisieran oír, o que prefiriesen hacerse los sordos. Tal le ocurrió al Gobierno español cuando, allá por las Navidades, el reciénelecto presidente boliviano se paseó por los Madriles con su jersey de rayas acompañado de todo el establishment polítiIGNACIO co y social, que le acogió CAMACHO con ese cordial interés antropológico que la acomodada progresía europea dispensa a los revolucionarios americanos, a los que con tanta generosidad exime moralmente de los formalismos de la democraciaburguesa. Codazos hubo porretratarse junto al de la chompa, aunque algunos empresarios más curtidos en el pragmatismo de las inversiones exteriores lo hicieron más bien con los dientes apretados, halagadores tan forzosos como recelosos de sus nada ocultas intenciones. Fue un espectáculo vergonzante: la evidente simpatía de la dirigencia socialista por el discurso de Morales se compaginaba con un manifiesto desasosiego ante la hipótesis de que el aplaudido líder aprovechase tan complaciente acogida para birlarles la cartera. Y eso es lo que ha hecho, a la postre, sólo que sin tapujos y bajo la bendición de una explícita identidad de principios, lo que ha venido a crear al Gobierno de Zapatero un conflicto de intereses. De un lado, la indiscutible comprensión por su causa, y de otro, el más incontestable perjuicio que la nacionalización de los hidrocarburos ocasiona a las empresas españolas, muy especialmente a Repsol y a su accionista de referencia, esa Caixa con la que el ministro Montilla mantiene una excelente relación de favores recíprocos. Atrapado en la evidencia de que Evo no ha hecho sino aplicar la doctrina que tanta benevolencia cosechó, el Ejecutivo intenta ahora minimizar los daños sabiendo que, como ha reconocido el secretario de Estado de Exteriores, la cosa tiene mala pinta Y tan mala: como que el Ejército boliviano anda custodiando los pozos petrolíferos mientras su eufórico presidente, tocado ahora con un casco de obrero, imita el célebre tó pal pueblo con que Alfonso Guerra explicara en su día la expropiación de Rumasa. Bolivia acabará pagando en su desarrollo este delirio populista alentado por los petrodólares de Hugo Chávez. Pero de momento la primera factura se la ha pasado a los accionistas de Repsol, mientras Zapatero, en su infinito adanismo, proclama que España mantendrá su programa de ayudas, es decir, que pondrá la otra mejilla para que se la marquen con otro guantazo. Igual hasta que Evo no nacionalice los medios de comunicación, el Gobierno no se considere en la obligación de darse por aludido. A ¿SÉGOLÈNE ROYAL? VEREMOS... tro derecha. Sarkozy acaba de hacer un extraño guiño al electorado de extrema derecha: si un emigrante no ama a Francia, ya sabe donde está la puerta. Pero las cosas no son tan fáciles. Con esa simplificación, próxima a Le Pen, Sarkozy quiere demostrar que él sí es un político duro, capaz de aguantar los golpes de la vida. Pero hay en este hombre inteligente y ambicioso una imagen de excesiva aceleración que alarma a una amplia franja, desde el centro- derecha al centro- izquierda. Los votantes de Le Pen difícilmente votarán por Sarkozy. Quieren derrotar a la derecha civilizada, más aborrecida que la izquierda. Ségolène Royal parece menos oportunista. Ha entendido que el votante no se guía sólo por etiquetas ideológicas. Quiere inspirar confianza, seguridad, y ofrecer a la sociedad francesa un cambio profundo en diez años. La popularidad de Villepin ha caído al 29 por cien tras la batalla del CPE. No se puede, menos aún en Francia, llevar una campaña contra la calle, aseguran los especialistas. Villepin (y quizá Chirac) aceptaron el desafío y lo han perdido. Por ahora. Algunos creen que en esa materia crucial, el paro de los jóvenes, tenía razón Villepin. Pero la calle tiene un peso a veces ineludible. Y la democracia, el menos irracional de los sistemas, responde a un pacto entre seres humanos: ¿cómo olvidar su componente pasional? El general de Gaulle insistía en la Francia de las castas: solo quedan en el mundo dos sociedades de castas, aseguraba, India y Francia. La ENA, los ingenieros de minas, la Escuela Normal Superior, dominan el alto funcionariado. Chirac, Villepin, Ségolène Royal, Hollande, Védrine, Elisabet Guigou, Attali, Fabius, todos son diplomados de la Escuela Nacional de Administración, monstruos de memoria, entendimiento y voluntad. Ségolène Royal, 52 años, es diputada en la Asamblea Nacional. Ha sido ministra tres veces. Llegó al parlamento con 31 años. Tiene cuatro hijos con Francois Hollande, con el que nunca se ha casado (al cambiar la legislación y abrirse el registro de parejas de hecho, Royal y Hollande figuraron entre los primeros inscritos) Hollande es secretario general del Partido Socialista. H ACEMOS un alto en Francia mientras la tensión entre Estados Unidos e Irán parece entrar, provisionalmente, en vías de razón. Entre tanto Evo Morales nacionaliza el gas y el petróleo bolivianos. En París aparecen dos precandidatos a la presidencia de la República: Ségolène Royal y Nicolas Sarkozy. No hay que recordar la influencia mutua entre París y Madrid. Royal quiere representar al socialismo. Inclinada al centro, joven, tranquila, sonriente, temible por su capacidad de trabajo, también por su imaginación. Si al final es proclamada candidata, el combate con Sarkozy tendrá mucho interés. Y explicará algunas claves de Francia, siempre en evolución. Última encuesta: Royal, 34 por cien; Sarkozy, 30 por cien. Falta un año aún y queda mucha tela por cortar. La historia, la verdadera historia, juzgará a Jacques Chirac. Han sido visibles sus cambios de criterio: ante el contrato de primer empleo, CPE; o la parcial privatización del gigante eléctrico EDF; o la defensa de la lenDARÍO gua francesa en el mundo... Son sólo VALCÁRCEL tres ejemplos. Chirac, sin embargo, ha mantenido el norte en objetivos esenciales: la independencia de Francia y de buena parte de Europa en materia de paz o guerra, frente a alguien tan poderoso y difícil como George W. Bush; el peso de una potencia nuclear media, pero dotada de doce submarinos nucleares y casi 400 cabezas atómicas, capaz de hacer desaparecer, en un soplo, a cien ciudades del mundo. O la alianza con Alemania. Quizá la peor amenaza de descarrilamiento para Chirac haya sido el rechazo al tratado constitucional europeo, hace ahora un año. Pero es probable que, después de la elección presidencial francesa, en mayo de 2007, la canciller Ángela Merkel proponga al sucesor de Chirac un proyecto de resurrección. Si Ségolène Royal es elegida candidata del centro izquierda, quizá haya algo menos de oportunismo en el ambiente, algo más de rigor. Algunos especialistas hubieran preferido a Villepin como candidato del cen-