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ABC MIÉRCOLES 3 5 2006 69 Toros MONUMENTAL DE LAS VENTAS CORRIDA DEL DOS DE MAYO CABOS SUELTOS DE UNA DESPEDIDA ZABALA DE LA SERNA Fernando Robleño recibió al tercer toro a portagayola EFE Los toros de Adolfo Martín no dieron margen para el aburrimiento JOSÉ LUIS SUÁREZ- GUANES MADRID. La corrida empezó en muy buen tono, debido a la movilidad de los toros de Adolfo Martín, que dejaron ver la estela de la tradición familiar: no dieron margen para el aburrimiento. Precioso el que rompió plaza. De salida hizo cosas de listo. Pepín Liria le ganó terreno en las verónicas iniciales, en las que hubo aguante y arrojo. Durante el tercio de varas, el astado se mostró gazapón, pues no sólo entraba andando, sino pasito a pasito. Pepín, que brindó la faena al diseñador Lorenzo Caprile- -autor de su vestido goyesco- comenzó la faena con dos pases por bajo y se sacó al rival al centro del anillo. En el derechazo inicial, sufrió una colada. Sometió al astado en la primera ronda completa. Francamente conseguida la tanda posterior y únicamente valiente y esforzada una tercera, en la que el de Adolfo puso verdadera acometividad, aunque fuera problemática. A la hora de los naturales bajó el nivel y una nueva colada confirmó la listeza de que había hecho gala el morlaco desde el principio. La tercera de las coladas dio lugar a un revolcón del murciano. Tras una pausa de recuperación, ejecutó unos conseguidos pases zurdos. El aviso llegó antes de entrar a matar: ¿por qué no se descuentan los tiempos muertos como en el fútbol? Pasó a la enfermería y no pudo continuar la lidia. Lo más importante de la corrida ocurrió en el segundo toro. Luis Miguel En- Monumental de las Ventas. Martes, 2 de mayo de 2006. Corrida goyesca. Tres cuartos largos de entrada. Toros de Adolfo Martín, 1 y 2 -que hizo gran pelea en el caballo- -con casta y temperamento; los restantes llegaron con nobleza a la muleta; el 6 más dificultoso. Pepín Liria, de verde y negro. Menos de media y tres descabellos. Aviso (ovación) Luis Miguel Encabo, de blanco y negro. Estocada baja (silencio) En el cuarto, pinchazo y estocada desprendida (ovación frenada al saludar) En el sexto, estocada (silencio) Fernando Robleño, de caña y negro. Estocada y dos descabellos (silencio) En el quinto, dos pinchazos y descabello (saludos) cabo se lo sacó a los medios entre aplausos, aunque la verdad es que no pudo encajar el genio de la res. El de Adolfo se arrancó con presteza al caballo y fue bien picado por Rafael Da Silva en cuatro varas. En la última- -con la puya como regatón- -el burel se durmió en el peto. Encabo replicó con aplaudidas chicuelinas y consumó un acertado tercio de banderillas en que ganó terreno al rival, que desarrolló muchos pies. Durante los muletazos preliminares sufrió algún achuchón, quizá porque el torero no estaba bien colocado. Sobrevinieron consecutivos arreones, sin que el torero pudiera reducir el brío del antagonista. Se pidió absurdamente la vuelta al ruedo, que no fue concedida, pues no se puede confundir el mal genio con una bravura que terminó delante del equino. El cuarto- -que era el que iba para quinto- -no tenía mucha fuerza y, aunque tenía un tranco muy feo y llegó un punto paradote a la muleta, llevaba tras de sí un buen son sordo. Encabo le puso el engaño en la cara y logró arrancarle algunos pases de cierto rango hasta cuajar unos muletazos realmente buenos por los dos lados, especialmente unos naturales ligados. Había encontrado el ritmo tarde. El sexto llegó paradito- -era el más rematado de hechuras- -y, con la corrida vencida, Luis Miguel Encabo se limitó a salir del paso. Fernando Robleño recibió al tercero a portagayola. Empezó con el pase del péndulo de Carlos Arruza, tan mexicano, y que tanto prodigó últimamente Alejandro Silveti. Por eso, algunos lo llamaron el silvetazo Su oponente tenía la fuerza más o menos justa. Robleño se logró acoplar en unos primeros naturales, pero no encontró el verdadero norte en los siguientes y consiguió, al final, un tono medio. De ese modo prosiguió el resto de la faena, a excepción de los muletazos últimos. Con su segundo, aprovechó las intermitentes buenas embestidas que tenía el toro, pero no logró la continuidad apetecida. Parte facultativo: Liria sufrió una contusión en la cara anterior del hemitórax derecho, pendiente de estudio radiológico, con contusiones en el hombro y en el pie derecho. Pronóstico reservado epasando la despedida de José María Manzanares, arrebatada o asumida, no dejan de aparecer cabos sueltos, muchos de los cuales se enmarañan en una escena que se vivió en el callejón. Manzanares se había cortado la coleta, la ovación estallaba y uno de sus apoderados, el viejo don Pablo Lozano, le animaba a pasear el anillo irregular de la Maestranza. En ese momento el maestro en retirada ofendió gravemente al maestro castellano. Los toros de Alcurrucén ni habían embestido ni le habían gustado sus hechuras. Luego ya se precipitó todo, la emoción, los toreros abriendo a golpe de ariete la Puerta del Príncipe. Y Cayetano, con su buen debut en segundo plano, que se bajaba de sus costaleros para acompañar a pie por la Puerta del Príncipe a la pléyade de toreros con su torero espejo. El rumbo de lo que en principio era un homenaje espontáneo, o teóricamente espontáneo, otro cabo suelto, derivó en una situación límite. Cayetano perdió, de pura generosidad, su papel, perdido de paso también en aquel maremagno desconcertante de no saber qué hacer. La escena de entrebarreras colea de boca en boca por los mentideros taurinos. La transmisión oral funciona en el planeta taurino como la CNN. Yo tengo las dos versiones de los propios protagonistas. Manzanares jura que no conocía los toros. Los apoderados juran que sí los había visto, que se sabe la camada de memoria. Ambos coinciden en que nunca se dudó por otra ganadería que no fuese Alcurrucén porque el ahora retirado maestro del barrio de Santa Cruz de Alicante así lo quiso. El arranque de la coleta, arrebato temperamental y abrupto luego, va a dejar otro cabo suelto: José María Manzanares hijo. El padre volvió en su día a los ruedos con Pablo Lozano para dar ejemplo a su vástago, con la intención de que lo siguiese y reconducirlo y guiarlo hasta las manos lozanistas. La cuerda se ha tensado de forma extrañísima, como las cosas que ocurrieron en Sevilla, cabos sueltos que escapan a la lógica. El maestro no pensó en los posibles efectos colaterales de su decisión. Ni en Cayetano ni en Josemari. ¿O sí? R