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6 Opinión MIÉRCOLES 3 5 2006 ABC AD LIBITUM VISTO Y NO VISTO LA REINVENCIÓN DE ESPAÑA UNA BARONESA, LA MARQUESA Y GALLARDÓN del motivo arbóreo en las civilizaciones más diferenA baronesa Thyssen amenaza con encadenartes, sobre todo en el ámbito de las subculturas de se a los plátanos del madrileño Paseo del Pranuestra propia tradición, y confiesa su impaciencia do, si al alcalde de Madrid se le ocurriera tocarpor leer alguna vez una historia de la filosofía escrita le un pelo a un árbol en la reforma urbana del tramo sub specie arboris Es decir, bajo apariencia de árPrado- Recoletos. Y Esperanza Aguirre, que es marbol. Y repasa el estudio de la lógica y la ontología quesa, ha aprovechado el tradicional ánimo levantisarbórea de Deleuze y Guattari en Capitalismo y esco del 2 de Mayo para venir a decir lo mismo: que quizofrenia esos plátanos centenarios, que tendrán, por lo Para Deleuze y Guattari, en la parte concermenos, cincuenta o setenta años, no se tocan, niente a la crítica de las ideologías, el árbol se o habrá encadenamiento, pero, como a un gaconvierte en el villano de la historia. La explileote, de Gallardón. cación es que los autores pagan su nueva imaDe los árboles, como se sabe, vienen nuesgen directriz, el rizoma, con una especie de artros hermanos los monos de Rodríguez y deborofobia. Deleuze y Guattari declaran haber más progresistas, como Al Gore, aquella lumdejado de creer en el árbol porque ya hemos brera del progreso americano que, después de autoproclamarse el inventor de Internet en IGNACIO RUIZ sufrido bastante bajo su influencia. QUINTANO- ¡Estamos cansados del árbol! una entrevista en TV, puesto a escoger entre Sí. Porque el árbol posee una complejidad aristola vida de un hombre y la vida de un árbol, no supo crática, se ramifica a partir de un centro orgánico y por cuál decidirse. La cosa no podía ponerse más seno hace de su altura ningún misterio, mientras que ria, pero se puso. En el movimiento ecologista aspiel rizoma representa un tipo de complejidad anarramos a un modelo cultural en el cual talar un bosquista y no- jerárquica. El árbol es el símbolo de la que sea considerado más despreciable y más crimimonocracia y el totalitarismo. El árbol es el Estado y nal que vender niños de seis años a los burdeles asiáel rizoma es el subsuelo. A la vista de esta alternatiticos sentenció el verde alemán Carl Amery. va, acotan los filósofos, un izquierdista no tiene que En La rama dorada del buen J. G. Frazer, nuesreflexionar mucho. Desde luego, la baronesa Thystro padre y señor de la antropología romántica, nasen y la presidenta Aguirre, que es marquesa, están rra la adoración a los árboles de la raza aria de Europor la defensa de la posición de los plátanos hasta el pa. ¡Aquella selva herciniana ante cuyo infinito a los encadenamiento. El alcalde Gallardón, no. La barogermanos interrogados por César se les hacían los nesa y la marquesa se quedaron en el árbol del bien y dedos huéspedes! Frazer deduce la severidad del culdel mal. El alcalde, en cambio, ya ha llegado al rizoto de la ferocidad de las penas para el que se atreviema, al menos al rizoma de Álvaro Siza. ¡Cielos, qué ra a descortezar un árbol: cortaban el ombligo del alturas! Aquí arriba- -anota el periodista Peter culpable y lo clavaban a la parte del árbol que había Seewald en el monasterio de Montecassino- todo sido mondada, obligándolo después a dar vueltas al expresa el misterioso atractivo de la permanencia. tronco de modo que quedasen sus intestinos enrollaLa seriedad de estos hombres tiene algo propio de lo dos al árbol con el fin de reemplazar la corteza muerantiguo, de cuando nuestra vida no era tan cínica y ta por un sustituto vivo tomado del culpable. vacía, cuando no estaba destrozada por la permanenEl alemán Peter Sloterdijk avisa de que apenas se te exposición a la estulticia. ha reparado en lo poderosa que ha sido la influencia C ADA uno de nosotros, en más o en menos, tendemos a entender como lógico y natural todo aquello que nos conviene o complace, independientemente de su justeza y adecuación al interés general. Es algo que forma parte de la condición humana y que, en la escala que va del egoísmo a la generosidad, sirve para medir la calidad que nos adorna. Puede ampliarse la idea, sin grandes deterioros, al ámbito familiar, al barrio, la ciudad, la comarca... la autonomía o la nación. Según crece la escala, aumenta la dificultad para encontrar y establecer un interés común; pero el mecanismo continúa siendo el mismo y sus resultados finales, claro está, poco solidaM. MARTÍN rios. FERRAND Según se estableció ayer en el Parlamento de Andalucía, con el distanciamiento de los andalucistas y del PP, en afirmación exclusiva de la mayoría de izquierdas, es que a la hermosa región del Sur lo que le conviene y complace es una fórmula federal para el Estado y en ese espíritu discurren los 246 artículos, repartidos en 11 títulos, que integran el proyecto de ley que, cuando sea aprobado por las Cortes, podremos llamar nuevo Estatuto Andaluz de Autonomía. La yuxtaposición de monólogos autonómicos que, hoy por hoy, sustituye un deseable diálogo nacional es una prerrogativa que dejó abierta la Constitución del 78 y, lejos de taponarla, después de que Cataluña iniciara la procesión, no hay Autonomía que no corra tras una nueva definición de sí misma. Es, a fin de cuentas, la aportación de José Luis Rodríguez Zapatero a nuestra convivencia. A falta de verdaderas iniciativas de Gobierno, de esas que mejoran la vida real de las gentes, hemos entrado en la espiral de la literatura constituyente y, en plena ceremonia confusionista, andamos todos distraídos con la reinvención de España. Es una borrachera que traerá incómodas resacas. No llegará a romper lo que durante siglos ha estado unido de mejor o peor grado, que la inercia de la Historia es fuerza poderosa; pero parece tan seguro como innecesario que esta fiebre nos debilita y empobrece. Los catalanes quieren co- soberanía y los andaluces, en un quiebro, lo que pretenden es co- decisión en los asuntos del Estado. Parece que sólo Castilla- La Mancha no busca un nuevo enganche nacional mientras las demás porciones españolas tienen su demanda original. Para atenderlas a todas habría que reformar la Constitución; pero eso, para hacerlo bien, habría que plantearlo con una convocatoria constituyente y en el orden inverso de las actuaciones en curso. Lo que fue, en el 78, el fruto de una común buena voluntad se ha convertido en un ejercicio para el lucimiento de los pícaros autonómicos, resurrección de los viejos caciques. Ahora, lo que podría ser mejorado con el debate razonable, se enmienda con espasmos de oportunismo y prisas electoreras. Un juego apasionante; pero, ¿podemos permitírnoslo? L