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ABC MARTES 2 5 2006 Cultura 59 LA HISTORIA DE ESPAÑA, NOVELA A NOVELA En la imagen, una escena de la vida cotidiana en un poblado tarteso, en la que se representa procesos artesanales y de fabricación Con motivo de la publicación de la La historia de España, novela a novela el autor analiza la cultura tartesa, a la cual estará dedicada la segunda entrega de esta colección, que llegará a los kioscos el 14 de mayo, con ABC El mito de un país que llamaron Tartesos POR JOSÉ MARÍA LUZÓN CATEDRÁTICO DE ARQUEOLOGÍA DE LA UNIVERSIDAD COMPLUTENSE Cuando en la Antigüedad los primeros escritores y geógrafos se referían a las tierras del lejano Occidente, las noticias que trasmitían estaban adornadas de leyenda. Se describía un país en el que abundaban los metales, las ciudades estaban organizadas con antiquísimas leyes y en los campos pastaban abundantes rebaños. En época más reciente, cuando Hispania ya es una provincia de Roma y lo que quedaba de aquella época eran solamente recuerdos, los escritores hablan de un pasado legendario. Pausanias, por ejemplo, que escribía en el siglo II d. C. cuenta que había un río en el país de los íberos que provocaba grandes avenidas, al que llamaron antiguamente Tartesos, pero que en su tiempo le llamaban Betis. Y junto a ese río, o entre dos brazos de su desembocadura, había quienes decían que hubo una ciudad que llevaba el mismo nombre. Durante toda la Antigüedad Tartesos fue la tierra mítica a la que habían llegado los primeros colonizadores y navegantes orientales, en una fecha imprecisa y llena de connotaciones legendarias. Ningún historiador o geógrafo pondría en duda que se referían a la Turdetania, a las costas y puertos de más allá de las Columnas de Hércules, a las llanuras agrícolas del valle del Guadalquivir, o a las regiones mineras de las montañas que flanquean su margen izquierda, desde el Algarbe hasta Sierra Morena. El bronce de Tartesos se había convertido, en los centros comerciales del Mediterráneo oriental, en algo tan apreciado y valorado, que se hacía especial mención de su procedencia, cuando lo dedicaban en los santuarios como ofrenda del retorno feliz. Así lo hizo el navegante Coleos de Samos, en el siglo VII a. C. después de una expedición de la que volvió con inmensas riquezas. En diferentes momentos los escritores que se referían a Tartesos, marcaban el acento de su localización atendiendo a la prosperidad o el desarrollo en su época de diferentes lugares. Unas veces hacen hincapié en la abundancia de toda clase de metales, mientras que otras nos están hablando de algún centro comercial, cercano al mar y en la desembocadura de algún río. Por ello, la historiografía que se consolida con prospecciones y excavaciones arqueológicas a partir de la segunda mitad del siglo XIX, se ocupó durante más de un siglo en disquisiciones geográficas. Se trata, sobre todo, de localizar una ciudad en un paraje que cumpliese con determinados requisitos sugeridos por las fuentes. El más conocido, por la popularidad de sus ediciones, fue durante algunas décadas el libro de estudio y divulgación que publicó el arqueólogo Hiarbas de Egelasta Así se llama el ministro de los Metales del reino tarteso en la novela de Jesús Maeso, Tartessos Es el personaje principal de una fascinante historia que se desencadena a partir de la desaparición de la adivina del templo. Esta obra es la segunda entrega de la colección de novela histórica que empezará a publicar ABC el próximo domingo 7 de mayo, con Isabel, la Reina alemán Adolf Shulten. Cualquier persona de cultura media que quisiera ahondar en las raíces remotas de nuestra historia, navegaba por las páginas de este libro y los versos del derrotero de nuestras costas, que había escrito en la Antigüedad tardía Rufo Festo Avieno. Tartesos se menciona aquí en el discurso de una descripción que parte del Atlántico y va bordeando, con alusiones fantásticas y leyendas de marineros, toda la Península. Merced a la acumulación progresiva de noticias y datos procedentes de las excavaciones arqueológicas en toda la costa meridional y los principales focos y asentamientos andaluces, hoy tenemos una visión muy distinta de la realidad material de lo que pudo haber sido Tartesos. El valle del Guadalquivir y los numerosos puertos y abrigos en la desembocadura de los ríos, que se extienden desde las costas de Almería hasta el cabo de San Vicente, nos presentan unas poblaciones de características homogéneas, en las que podemos ver y comprender los orígenes de la leyenda. Orientalizante Hoy sabemos que los navegantes más arriesgados de diversas islas del Egeo, Grecia, la costa de Asia Menor y otros lugares, habían dejado la huella de su presencia al menos desde el siglo IX a. de C. También podemos valorar en las excavaciones arqueológicas de la Bahía de Cádiz, cómo eran las poblaciones de la desembocadura del Guadalquivir y las factorías próximas a los distritos mineros de Huelva. En todos ellos la actividad industrial y comercial se desarrolla de manera muy similar y los rasgos culturales responden a un perfil que denominamos de manera genérica con el nombre de orientalizante. Todo lo que pudo haber sido el territorio que los escritores antiguos denominan Tartesos, conoce la organización de poblados urbanizados a la manera oriental, cerámica importada de muy diferentes lugares del Mediterráneo y vestigios, en suma, que responden con la objetividad que proporcionan los restos arqueológicos, a la realidad de lo que los antiguos consideraban un Eldorado de paz y riquezas.