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14 Nacional LA LUCHA POR EL PODER MUNICIPAL Y AUTONÓMICO LUNES 1 5 2006 ABC Un mandato lleno de resbalones puede llevar al socialismo a perder Barcelona, la última gran capital que controla en España. Las encuestas señalan desencanto ciudadano y una extrema igualdad entre el previsible candidato del PSC a la reelección, Clos, y el de CiU, Trias Barcelona, la capital cansada TEXTO: ÀLEX GUBERN BARCELONA. ¿Puede la izquierda perder su último gran bastión municipalista? Barcelona, gobernada ininterrumpidamente por el PSC desde la constitución del primer ayuntamiento democrático, empieza a dar síntomas de que el vuelco es posible. Los indicios de agotamiento del proyecto son visibles: desde la eclosión del problema del incivismo- -salpicado por frecuentes brotes de violencia- -al cuestionamiento del modelo urbanístico, pasando por la cada vez más inestable relación entre los partidos que conforman el tripartito municipal- -PSC, ERC e ICV- En sucesión cronológica, el fracaso sin paliativos del Fórum 2004, el hundimiento del Carmel en 2005 y luego el debate sobre el civismo en 2005 y 2006 han trufado un mandato negro para el gobierno municipal. En los comicios de 2003, Clos optó a la reelección con el lema Barcelona, la mejor ciudad del mundo una grandilocuente proclama indicativa de lo sobrado del PSC por aquel entonces. La situación es ahora bien distinta. A falta de poco más de un año para la celebración de las elecciones, las encuestas siguen colocando al partido socialista por delante del resto, si bien la distancia respecto a CiU es cada vez menor, hasta el punto de que desde la formación convergente, esgrimiendo sondeos propios, se habla incluso de empate técnico. Pero si el PSC sigue como fuerza hegemónica, la valoración de su previsible candidato, Joan Clos, bordea el suspenso. En contraste con la situación de principio de mandato, Clos es el cuarto líder en valoración: por detrás de sus socios Jordi Portabella (ERC) e Imma Mayol (ICV) y lo que es más preocu- ESTA CASA ES UNA RUINA ÁNGEL GONZÁLEZ ABAD E l alcalde Clos se las prometía muy felices cuando la Generalitat cayó en manos del tripartito liderado por Pasqual Maragall. ¡Por fin tendré amigos en la plaza de Sant Jaume! gritó el primer edil, como intentando sacudirse la pesada losa que el pujolismo puso sobre la capital catalana durante tantos años. Clos no sabía lo que se le venía encima. Primero, el estrepitoso fracaso del Fórum, un evento que iba a mover el mundo, del que sólo queda el rescoldo de unas cuentas megamillonarias por aclarar. Y después, el hundimiento del Carmel y los constantes brotes de incivismo y violencia callejera, y la sensación de que Barcelona avanza en dirección contraria a la ansiada calidad de vida por la que claman sus habitantes. Tantos años quejándose de que el Gobierno de Pujol asfixiaba a Barcelona, y llegan los propios y entre todos- -tripartito aquí, tripartito allá- -casi se la cargan. Atonía de Clos y del Ejecutivo de Maragall, incapaces de mantener el impulso de Barcelona, una de las joyas del poder socialista que ahora aparece claramente cuestionada en su liderazgo. pante para él, a bastantes décimas de su máximo rival, el nacionalista Xavier Trias. Clos sólo supera al líder del PP, Alberto Fernández, tradicionalmente castigado en las encuestas y con amplias bolsas de voto oculto. Es cierto que desde mayo de 2003 todos los candidatos han caído en valoración, aunque ninguno en la medida de Clos. Cuestionado por su partido En este escenario, la disputa electoral en Barcelona se presenta más abierta que nunca. Diversos elementos ayudan a ello: por un lado, la debilidad del candidato socialista- -cuestionado incluso por su propio partido, que ha dudado hasta hace bien poco si era conveniente buscar otro cabeza de cartel y le marca de cerca, hasta el punto de forzarle a emprender una remodelación de gobierno- y por otro, la inédita solidez de la opción de CiU. Esta formación, por primera vez- -y en un indicio de lo liviano de sus últimos intentos- repite candidato con Xavier Trias, un político que presume de talante y tiene un notable índice de aceptación entre el votante socialista. Durante las dos últimas décadas, el consistorio barcelonés ha funcionado como un contrapeso a la Generalitat pujolista. La dicotomía entre la Cataluña rural y la Cataluña urbana se traducía en el monopolio del PSC en los grandes municipios y de CiU en los pequeños, algo que en Barcelona ha llevado aparejado un dominio total por parte de la izquierda, inversamente proporcional al recelo y subinversión hacia la capital catalana de los sucesivos gobiernos convergentes. No obstante, ahora la situación es otra. Con la llegada del tripartito a la Generalitat, y luego la victoria del PSOE en las generales, el equilibrio se ha roto: Barcelona ha dejado de ser isla roja El rentable y reiterado argumento electoral de una Barcelona damnificada por el maltrato tanto de CiU como del Gobierno del PP ha perdido sentido. El PSC teme que, si finalmente no hay adelanto de las autonómicas, De la esperanza por la Generalitat amiga a la parálisis estatutaria Después de 23 años de gobiernos de CiU, la llegada del ex alcalde Maragall al frente de la Generalitat fue recibida con júbilo en el ayuntamiento. Y es que, como una letanía, el discurso de CiU que denunciaba la marginación de Barcelona se repetía. No faltaba razón: las inversiones en infraestructuras, por ejemplo, no se hicieron efectivas en proporción acorde al peso de Barcelona hasta la última y agónica legislatura de Jordi Pujol. En los despachos municipales se miraba con envidia a Madrid: mientras las tuneladoras de Gallardón no descansaban ni siquiera de noche, el suburbano barcelonés languidecía. Se suponía que el tripartito iba a dar la vuelta a la situación. No ha sido así, y, pese a importantes cambios y esbozos de proyectos, se impone el desencanto. Y eso que el gran debate, el de la financiación, todavía debe perfilarse a partir de la aprobación estatutaria. El debate del Estatuto ha sido un tapón legislativo para reivindicaciones históricas de Barcelona, como la del reconocimiento político de su área metropolitana: tres millones de habitantes y casi el 70 del PIB catalán. A la histórica alergia metropolitana de CiU se suman ahora el recelo de ERC y la inoperancia del PSC, concentrado en el Estatuto. las locales en Barcelona sirvan para amonestar al socialismo por parte de un electorado de izquierdas desencantado. Paralelamente, la lealtad de ERC hacia el tripartito municipal se escribe en condicional: los guiños que su líder, Jordi Portabella, lanza a Trias sobre un cambio de alianzas son constantes. El convergente se deja querer y afirma, en una toma de posición más estratégica que definitiva, que sólo descarta al PP. Y es que las formas correosas e incisivas del popular Alberto Fernández incomodan a la oposición muy de guante blanco de Trias. PSC: pérdida de dos concejales Aunque las proyecciones de voto, y su traducción en número de concejales, continúan colocando a Clos como alcalde- -en el último barómetro, además, el PSC frenaba la curva descendente de los últimos dos años- sigue aumentando de forma imparable el porcentaje de quienes no tienen decidido su voto- -el 18,3 -y el de quienes dicen que no piensan acudir a las urnas- -10,5 algo que abre todavía más el cuadro. Por lo pronto, las proyecciones con las que trabaja el PP darían ahora una pérdida de dos concejales al PSC, pasando de quince a trece- -en el pasado mandato llegó a tener 20, a uno de la mayoría absoluta- mientras que CiU ganaría dos, hasta los once. El PP se quedaría en siete, y ERC e ICV se estancan en cinco ediles. Fórum, Carmel, incivismo... El mandato se escribe a partir de los tropiezos del tripartito municipal Las encuestas señalan que casi el 20 de los votantes no tienen decidida su opción: los indecisos serán clave