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ABC LUNES 1 5 2006 Opinión 5 UNA RAYA EN EL AGUA ESCLEROSIS SINDICAL C UN DESAGRAVIO N su artículo del pasado sábado, La República imaginada mi querido Manuel Martín Ferrand, deplorando los desafueros de los malandrines y folloncicos que pretenden reinventarse una Segunda República que nunca existió, paraíso de la democracia y arcadia de los derechos humanos, invoca la memoria del poeta Armando Buscarini (1904- 1940) quizá el más enternecedor y pintoresco de cuantos monstruos poblaron la bohemia madrileña de principios del siglo XX. Sostiene Martín Ferrand que ciertos parlamentarios, desenterradores de cadáveres y de odios, tienen en común con Buscarini el que sólo quieren ser de izquierdas y compara los métodos pedigüeños del poeta con los procedimientos filibusteros de quienes nos venden sus inconsistentes folletitos de glorificación de una República que produjo tanto gozo en su tramposa instauración JUAN MANUEL como dolor en su sombrío y decadenDE PRADA te desarrollo En otro lugar, mi querido Martín Ferrand define a Buscarini como uno de los muchos y pobres desgraciados que la República se llevó por delante En honor a la verdad, hemos de precisar que nuestro bohemio sobrevivió a las vicisitudes de aquel régimen, como a la Guerra Civil que lo sucedió, pues desde 1929 hasta su fallecimiento, once años después, Armando languideció en sucesivos manicomios, en un itinerario atroz por los pasadizos de la esquizofrenia, hasta fallecer víctima de una tuberculosis pulmonar. Pero no son estas precisiones cronológicas las que deseo aportar en desagravio de aquel menestral de las musas. A Armando Buscarini, ángel custodio de mi vocación literaria, he dedicado cientos de páginas, primero haciéndolo personaje muy principal de mi novela Las máscaras del héroe y después dedicando varios años al desciframiento de su muy embrollada biografía, que se coronó con la escritu- E ra de una extensa semblanza, Armando Buscarini o el arte de pasar hambre contenida en mi volumen Desgarrados y excéntricos Imposible resulta rastrear en su vida y en su obra el más mínimo atisbo de veleidad republicana, mucho menos izquierdista. El alma cándida de Buscarini, inflamada de alucinaciones líricas, jamás se enfangó en los lodazales de la política; y aunque su poesía, prolífica en ripios sonrojantes pero también estremecida de vez en cuando por el aliento de la emoción, es un constante grito gemebundo contra la sociedad filistea que desdeña y escarnece su arte, jamás incurre en el apóstrofe revolucionario. Es notable, en cambio, la cantidad de poemas religiosos que dejó escritos; y en su opúsculo Yo y mis versos (1921) incluye un Canto a España que comienza así: ¡España: tú vives altiva y guerrera entre tu grandeza y entre tu aureola, mostrando- -oro y sangre- -tu invicta bandera, que es la más gloriosa bandera española! Pocos meses antes del advenimiento de la República, recluido en el manicomio de Valladolid, Armando Buscarini dirige un muy monárquico testamento a Alfonso XIII, en el que solicita a Su Majestad que se me digan infinidad de misas para la completa salvación de mi alma y expresa su deseo de que mi cadáver vaya envuelto en la bandera española, puesto que yo fui siempre un gran patriota También reclamaba a Alfonso XIII, en pleno rapto megalómano, la completa rehabilitación de mi memoria mancillada y que de mis poesías se hagan ediciones soberanas En breve los hermanos Rubén y Diego Marín publicarán en Logroño las poesías completas de Buscarini, satisfaciendo así su última voluntad; con este artículo he querido rehabilitar su memoria mancillada Espero que me lo perdones, querido Manolo, pero los huesos de mi ángel custodio se habrán removido en la fosa común donde fue enterrado, cuando lo emparentaste con los malandrines y folloncicos añorantes de la Segunda República. UANDO se le pregunta por qué sigue siendo comunista, el Nobel José Saramago suele responder con otra interrogante irónica que alude a las razones eternas de los pobres: ¿Acaso ha cambiado el mundo y yo no me he dado cuenta? La respuesta bien podría ser que sí, porque en efecto la globalización y la tecnología han transformado, y de qué manera, las relaciones socioeconómicas, aunque el bueno de Saramago, tan insobornable y honesto como políticamente fósil, no haya acabado de enterarse. El problema es que estos cambios, tan acelerados, no han suprimido la vieja, eterna dialéctica entre los productores de plusvalías y sus beneficiarios, aunque las hayan modificado tan deprisa que ni IGNACIO la izquierda ni los sindicaCAMACHO tos hanterminado de apreciar los matices del fenómeno. Apegados a la vieja tradición marxista, continúan analizando la realidad con claves obsoletas, y en sus análisis se quedan por lo general fuera las nuevas fórmulas que han dinamizado hasta el vértigo el mercado del trabajo. Los sindicalistas que se manifiestan en los actuales Primeros de Mayo- -mientras el país se va a la playa o de viaje- -no representan más que una parte del mundo laboral. En las anquilosadas estructuras de los sindicatos convencionales hay exceso de burócratas y aparatchiks con vocación política, y continúan demasiado presentes los viejos mecanismos de las correas de transmisión con los partidos y otras plataformas de poder. Faltan, en cambio, inmigrantes- -la gran fuerza de mano de obra primaria y secundaria- mujeres, teletrabajadores, autónomos- -otra enorme y descuidada bolsa productiva- -y mileuristas los jóvenes graduados de sueldo bajo que están sacando las castañas del fuego a las grandes compañías. Falta, también, sentido práctico, imaginación y capacidad de adaptación a unos tiempos en que cualquier multinacional te birla una fábrica- -véase Landaben- -en cuanto subas el listón de la exigencia; hay países en desarrollo, no ya en Asia sino dentro de la propia UE, donde los costes laborales obligan a tentarse la ropa del maximalismo. El antiguo sindicalismo de clase quizá no haya caducado, pero necesita identificar a las nuevas clases, y esa asignatura está por aprobar en España, donde las centrales continúan en gran medida apegadas al estilo metalúrgico y a los mitos de la estabilidad y el proteccionismo, excelsas referencias de un tiempo que ya no existe. Basta ver esos enormes, funcionariales y bien subvencionados aparatos de dirigencia, calcados de la política, cargados de nóminas y liberados, para apreciar que le han perdido la cara a una realidad móvil, peligrosísima por su adaptibilidad y transformismo. Hasta ahora, lo que ha salvado el mercado laboral español es la tradición pactista de la Transición, que ha permitido acuerdos de reforma esenciales para salvar la esclerosis social que atenaza a vecinos como Francia. Pero un sindicalismo que de verdad quiera ganar el futuro necesita correr por lo menos a su misma velocidad.