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ABC SÁBADO 29 4 2006 Opinión 5 UNA RAYA EN EL AGUA NUCLEAR NO, PERO... L horror de Chernobylseha convertido en paradigma de la amenaza nuclear, con sobradas razones, pero también lo es, sin tanta alharaca, dela degradación del sistema soviético. No obstante, hay relación de causa- efecto: la catástrofe ucraniana fue posible por una monumental chapuza de seguridad basada en un suicida, salvaje ahorro de costes. Por eso aún sigue ahí, bajo el sarcófago de hormigón, el reactor descompuesto como un monstruo con las fauces abiertas dispuesto a escupir por ellas la pavorosa silueta del Quinto Jinete. El debate sobre la energía nuclear se reactiva en cadacrisis del petróleo; voces razonables- -entre ellas la del comisario Almuniayhasta lade ¡unfunIGNACIO dador de Greenpeace! -CAMACHO han vuelto a demandar en Europa un replanteamiento de la cuestión sin esos prejuicios ideológicos que la han caracterizado históricamente. Es una energía barata, eficaz y razonablemente limpia, cuyo reverso esconde, sin embargo, los naturales demonios del miedo al Apocalipsis. Los expertos suelen indicar que en realidad no se trata de un debate sobre la energía, sino sobre la seguridad, pero no es poca cosa; el larguísimo ciclo de la radiactividad obliga a tomarse el asunto con la menor frivolidad posible. Se trata de una polémica contaminada por la batalla ideológica; una vieja bandera de la izquierda que, sin embargo, jamás fue óbice para los agresivos programas desarrollados bajo el sistema comunista. La desnuclearización representa una opción absolutamente legítima, siempre que se trate con la necesaria coherencia. La mayoría de quienes claman contra las centrales atómicas no están dispuestos a prescindir de las comodidades de un desarrollo basado en el uso masivo de la energía. Existen al respecto actitudes perfectamente hipócritas, como las de la izquierda alemana o española, que han aprobado programas de desmantelamiento- -este fin de semana se cierra Zorita- -sin dejar de comprar electricidad de origen nuclear a países que, como Francia, han sido menos quisquillosos. Nosotros no la queremos, peroel lavaplatos funciona porque otros la aceptan. Para lucir el solete sonriente de nuclear no, gracias es menester decir sí, gracias a otras fuentes energéticas que garanticen el crecimiento económico. Las llamadas alternativas gozan de muy buena prensa pero no soncuantitativamente significativas: la eólica, por ejemplo, apenas cubre un 20 por 100 de la demanda española en los días de más viento, y en las puntas de calor se vuelve inútil porque en la Península no se mueve una hoja. Por eso es una profunda irresponsabilidad la afición de la izquierda a rechazar centrales convencionales, incluso las de ciclo combinado, cuya construcción se ha convertido en una carrera de obstáculos casi siempre insalvables para las compañías energéticas. Entre nosotros pervive una protesta atávica emparentada con el antiindustrialismo que en el XIX llevaba a apedrear los ferrocarriles. Es muy fácil, pero poco honesto, desplegar radicalespancartas ecologistas cómodamente preparadas bajo la grata protección del aire acondicionado. E LA CASILLA DE LA IGLESIA MAGINO que a alguna de las tres o cuatro lectoras que todavía me soportan, enfrentada a su formulario de declaración de la renta, le asaltará el dilema de si debe colaborar en el sostenimiento de la Iglesia. Quizá esa lectora hipotética a la que me dirijo no sea una católica practicante, quizá la incomoden algunos pronunciamientos de las jerarquías eclesiásticas, quizá la fe que exaltó su infancia se haya agostado; sin embargo, le desagrada ese laicismo belicoso que se respira en el ambiente, se siente a disgusto cada vez que la Iglesia es escarnecida desde tribunas mediáticas y acosada por quienes desean resucitar ese clima de anticlericalismo aciago que infama los peores pasajes de nuestra Historia. A esas personas que, sin comulgar plenamente con sus postulados, valoran beneficiosamente el acervo moral que la Iglesia nos ha transmitido; a esas personas que, desde la JUAN MANUEL distancia con la fe y la práctica catóDE PRADA licas, consideran beneficiosa la aportación de la Iglesia al debate de las ideas y su defensa coherente de unos principios humanistas en medio de una sociedad que galopa desbocadamente hacia la deshumanización van dirigidas estas líneas. ¿Se han detenido a considerar cómo sería nuestra sociedad sin la aportación de la Iglesia? Thomas Mann nos recordaba que el cristianismo constituía un enriquecimiento sin parangón de lo específicamente humano un poder moralizador del que el hombre occidental nunca debería desprenderse, salvo que ansiara su destrucción. Pero, además de este infinito caudal de conquistas morales y culturales que el cristianismo nos ha legado (un caudal que sólo los muy resentidos o los muy obtusos se atreverán a negar) conviene destacar la ímproba misión que la Iglesia ha asumido en una época como la nuestra, en que los viejos errores (los errores I que conducen al hombre a su autodestrucción) se presentan como modas novedosas y atractivas. Justo ahora, en una época de incertidumbres, en que los fundamentos éticos de nuestra convivencia se han reducido a escombros, la Iglesia ofrece a nuestra sociedad un valioso baluarte de coherencia, de incómoda coherencia si se quiere; pero el mero hecho de defender posturas incómodas cuando lo más sencillo sería dejarse arrastrar por la marea del relativismo rampante demuestra el valor primordial e insustituible de la Iglesia. Sumemos a esta condición de baluarte inexpugnable la ayuda espiritual que brinda a millones de personas, sumemos su ingente labor asistencial, caritativa, educadora, humanizadora en definitiva; y llegaremos a la conclusión de que la Iglesia es un precioso bien común que debemos preservar. Una forma de reconocer esta aportación ingente de la Iglesia a lo específicamente humano es colaborar en su sostenimiento económico. Al marcar la casilla de la Iglesia en nuestra declaración de la renta, estamos favoreciendo que esa voz a veces enojosa, a menudo discrepante de las modas, siempre leal a unos principios que se cifran en el mensaje eternamente novedoso del Galileo siga escuchándose. Decía Chesterton que la Iglesia ofrece a los hombres una muralla de apariencia disuasoria, erizada de abnegaciones y sacrificios; pero una vez salvada esa muralla, el hombre se topa con un prado de libertad en el que pude retozar feliz como un niño. Los enemigos de la Iglesia, en cambio, nos ofrecen una alternativa de apariencia más golosa y encantadora; pero en su meollo se retuercen las serpientes de la angustia. Al marcar la casilla de la Iglesia en nuestra declaración de la renta, no hacemos sino reconocer de dónde venimos y hacia dónde vamos; no hacemos sino cultivar ese prado donde aún podemos retozar en libertad. Quienes prefieren que sigamos extraviados y confusos, contemplarían con regocijo que no marcáramos esa casilla.