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ABC VIERNES 28 4 2006 Opinión 5 UNA RAYA EN EL AGUA MUERTAZOS ENGA, vale. Vamos a revisar la memoria histórica. Vamos a estudiar la República y la guerra in- civil, como le gusta decir a Antonio Burgos. Vamos a repasar nuestra Historia sin miedo a los demonios y sin caer en la trampa en que se suele meter el PP, que parece empeñado en aceptar el papel de heredero del franquismo que le tienen destinado en la farsa oficial. Vamos a estudiar, que nunca viene mal. Sobre todo a algunos que se las dan de cultos por haber leído media docena de libros sesgados. ¿Quiere el Congreso memoria histórica? Que llame a una comisión de historiadores independientes. Españoles y extranjeros: Fusi, Cortázar, Álvarez Tardío, Juliá, Elorza, Aróstegui, Viñas, BennasIGNACIO sar, Beevor, Jackson, PayCAMACHO ne, Thomas, Preston... se puede elegir. Que se les oiga sin trabas. Que hablen del papel del PSOE en la revolución de Asturias, de Casas Viejas, del levantamiento catalán contra la legalidad de la República, de la guerra interna en el bando republicano, de la represión en ambos lados, de la ayuda extranjera, de la Legión Cóndor, de los comisarios políticos, del Quinto Regimiento, de los moros de Franco, de las fosas comunes, del pistolerismo falangista y el terror anarquista, de las checas, de Queipo de Llano y de Mola, de las dudas de Azaña, del recelo de la izquierda al voto femenino. Que hagan un dictamen todo lo objetivo que se pueda, y que se pase a Pleno. A ver si el PSOE y sus socios lo pueden respaldar sin enrojecerse de sus antepasados. La Historia es muy antipática cuando se aborda sin prejuicios. Pero conviene hacerlo de vez en cuando. Lo que no vale es reescribirla desde la política. Y menos, desde el rencor retroactivo. Los políticos están para mejorar- -si pueden- -el presente y diseñar el futuro, pero para interpretar el pasado es menester recurrir a los que saben y estudian. Y un juicio independiente sobre el drama republicano arrojaría conclusiones poco gratas para quienes prefieren contentarse con un bucle de falsa melancolía. Para someterse a ese dictamen, la izquierda española carece de coraje moral. En cambio, esa mayoría actual de ciudadanos biográficamente ajenos al conflicto podría aprender muchas cosas que no se enseñan en la LOGSE. Lo tengo muy contado, pero lo repetiré: Paco Acosta, uno de los sindicalistas condenados en el Proceso 1001, me expresó una vez su desconfianza sobre la reapertura de esta mal llamada memoria histórica Si desenterramos nuestros muertos, la derecha sacará los suyos. Barbaridades hubo, por desgracia, en los dos bandos; no hicimos la reconciliación para esto Acosta estuvo en la cárcel de Franco por ser de Comisiones Obreras. Eso le da más legitimidad que a Llamazares y a Zapatero para saber de qué habla. Todo el mundo tiene abuelos, y pelearse con ellos a muertazos sólo conduce a una discordia estéril. Lo escribió Celaya, otro comunista: allá los muertos, que entierren como Dios manda a sus muertos. Este humo de ayeres malhadados no es más que una trampa para distraernos de un mañana incierto... y de un hoy manifiestamente ingrato. V EQUILIBRIO I NESTABLE. La clásica separación de poderes, la del barón de Montesquieu, sólo existe en los libros, toda vez que los gabinetes gubernamentales se apoyan en las mayorías parlamentarias. Tácitamente, las democracias han sustituido el equilibrio entre los poderes ejecutivo, legislativo y judicial por otro distinto (entre gobierno, oposición y judicatura) sin que el sistema se resienta. En la práctica, como han observado los exégetas del Espíritu de las Leyes, los tres poderes se reducen a dos, al ser el judicial como nulo aunque, aduce con razón Carmen Iglesias, tal nulidad para Montesquieu, no supone una negación de la existencia ni de la fuerza de aquél. Efectivamente, la independencia del poder judicial es, ante todo, una separación respecto a lo político. La separación de poderes en la esfera propia de lo político podría, pues, reducirse al equilibrio entre gobierno y oposición. Si los descontentos con la JON gestión gubernamental obtienen la JUARISTI mayoría parlamentaria, se produce la alternancia. Cuando el equilibrio se altera hasta hacer la alternancia imposible, el sistema se convierte en régimen. El desequilibrio del sistema desde la oposición deriva siempre en guerra civil, más o menos cruenta. La Segunda República atravesó dos situaciones claramente bélicas, la insurrección de las izquierdas en 1934 y la rebelión militar, que arrastró a las derechas, de 1936 a 1939 (el golpe de Sanjurjo, como el del 23- F medio siglo después, no dio lugar a guerra civil alguna porque no estaba respaldado por la oposición) Resistió la primera y fue destruida por la segunda. Por muy encabronada que se sienta la actual oposición, es evidente que ni puede desequilibrar el sistema ni tiene ganas de hacerlo. En buena medida, la impotencia de la oposición, no ya para desestabilizar el sistema sino incluso para garantizar la alternancia, se debe a la necesidad de in- vertir todas sus energías en mantener el equilibrio de poderes que el Gobierno y sus aliados nacionalistas no han dejado de minar desde hace dos años. De ahí la paradoja de una oposición identificada con el sistema frente a un gobierno insurreccional, prisionero de su imaginario bélico y revanchista. La tragedia de la izquierda española, ha afirmado Arcadi Espada, es que quiere ganar la Guerra Civil. En esta tesitura, lo peor que podía pasar- -y que ya está pasando- -es el acercamiento del Gobierno a quienes más han hecho por prolongar la falacia de una Guerra Civil inconclusa (que, por descontado, también esperan ganar) Los atentados de Barañain y Guecho, las cartas de ETA a los empresarios y las provocaciones de Batasuna a los navarros han desencadenado un conjunto de ataques del Gobierno y del PSOE a la oposición, con un denominador común: la caracterización de la derecha democrática como franquista, lo que dista de ser una novedad, pero a la que la prisa de los socialistas por cerrar acuerdos con el complejo etarra añade ahora matices inéditos. Probablemente, ni Ramón Jáuregui, al establecer por enésima vez la genealogía franquista del PP, ni Jordi Sevilla, al definir a dicho partido como la derecha carca de siempre, creen salirse de la tópica socialista al uso. Pero las circunstancias actuales modifican el sentido de estas calificaciones. Optando- -en concordancia con Batasuna- -por presentar el fin del terrorismo como pacificación (y no como recuperación de la libertad secuestrada) el Gobierno consolida la superstición bélica. Una cosa es tratar a la oposición de forma altanera e insolente. Otra, muy distinta, identificarla con el antagonista mítico (el franquismo) cuya contumacia impide poner fin a la Guerra Civil (es decir, a la guerra de ETA) Por esta vía, se llegará a ver en la aniquilación política del PP el requisito indispensable para la paz, o sea, para el acuerdo entre ETA y el PSOE, que simbolizaría la victoria póstuma de las izquierdas y los nacionalismos derrotados en 1939. Sobra decir que el sistema democrático no sobreviviría a este final feliz.