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56 DOMINGO 23 4 2006 ABC Toros ZARAGOZA FERIA DE ABRIL El Cid y Perera a ráfagas en el naufragio de Tejela Plaza de toros de la Misericordia. Sábado, 22 de abril de 2006. Primera de la Feria de San Jorge. Media entrada. Tres toros de Lagunajanda, dos (2 y 4 de El Torero, justos de presencia y fuerzas y nobles; y un sobrero (1 de Hermanos Lozano, muy serio y astifino y complicado. El Cid, de nazareno y oro. Pinchazo y estocada (silencio) En el cuarto, estocada desprendida. Aviso (ovación) Matías Tejela, de rosa y oro. Estocada (ovación) En el quinto, pinchazo y estocada (división de opiniones) Miguel Ángel Perera, de blanco y oro. Estocada y descabello. Aviso (silencio) En el sexto, estocada que hace guardia, pinchazo, estocada y descabello. Dos avisos (ovación) Á. G. A. ZARAGOZA. Nobleza con las fuerzas justas en los ejemplares de Lagunajanda y El Torero, que viene a ser lo mismo con distinto nombre y divisa. Nobleza que permitió que tanto El Cid como Miguel Ángel Perera dejaran constancia sobre el albero zaragozano de algunos pasajes de interés, no muchos, ésa es la verdad, pero que mostraron las credenciales de dos toreros con una personalidad definida. En el platillo contrario un Matías Tejela que con el mejor lote- -dos toros nobles y suavones- -naufragó a base de vulgaridad y poca o nula exposición. Mala tarde por lo anodina y gris. El Cid, que se las entendió como Dios le dio a entender en primer lugar con un sobrero altivo, armado con dos puñales y de juego más que complicado, entendió bien al buen cuarto. Dándole distancia acertó a embeberlo en la muleta sin brusquedades, con temple y momentos de buen gusto. Perera, que no se acopló con el tercero, demostró firmeza en una faena valiente y mal rematada al sexto. En Cáceres, novillos de Román Sorando. Emilio de Justo, oreja y oreja. Daniel Morales, ovación y oreja. Cayetano, ovación y dos orejas. Castella cortó dos orejas a un gran toro de Zalduendo, premiado con la vuelta al ruedo en el arrastre PEPE ORTEGA La muerte del toro de Benlliure ZABALA DE LA SERNA SEVILLA. Moría Encendido y a la vez esculpía una escultura de Benlliure. Moría con toda su bravura a cuestas, camino de los medios. Broncínea muerte. Momento de dramática belleza que condensó la intensidad de toda una larga tarde de tres horas. En su dura pelea por no doblar en las tablas se halló el quid de dos éxitos: su propia vuelta al ruedo en el arrastre y la segunda oreja de Sebastián Castella. Esa resistencia encendida, propia de su nombre, contra el ocaso, contra el sonido de la mulillas que se escuchaba a lo lejos, tintineante y amenazante cascabeleo que el toro de Zalduendo no quería oír de cerca. Toro de clase y entrega, cuyos únicos flecos de duda se vivieron antes de que Castella entrase con la espada por delante: algún amago a tablas, algún pezuñazo en la arena. Cuestión relativamente menor después de contemplar cómo mueren los valientes, después de cómo había embestido. La muerte lo borró todo. Porque también había hoyado el albero en el segundo puyazo. Bueno, también hizo olvidar que la faena de Sebastián Castella no mantuvo el ritmo del principio. Y eso que estuvo tremendo en el arranque de los pases cambiados por la espalda, con una trincherilla de aderezo y un cambio de mano de guarnición extraordinarios. Y los derechazos tersos y ligados con la quietud admirable de su concepto. Mas a su concepto le sigue faltando expresión y ajuste. Gesto y embraguetamiento. Así el tono se enfrió. En los últimos compases Encendido quiso apagarse, Real Maestranza de Sevilla. Sábado, 22 de abril de 2006. Séptima corrida. Lleno. Cuatro toros de Jandilla, de desiguales hechuras y juego; dos de Zalduendo, el 2 premiado con la vuelta en el arrastre y el 6 de fondo noble; un sobrero de La Dehesilla, manso, manejable y pegajoso; 1 mentiroso y complicado y 5 rajado. César Rincón, de tabaco y oro. Estocada tendida y atravesada y dos descabellos (silencio) En el cuarto, estocada rinconera (algunos pitos) Sebastián Castella, de nazareno y oro. Estocada trasera. Aviso (dos orejas) En el quinto, estocada baja (saludos) José María Manzanares hijo, de blanco y oro. Pinchazo y estocada baja (silencio) En el sexto, estocada desprendida (oreja) se retranqueaba, miraba las tablas. Castella le tuvo que dar un par de vueltas, sacarlo a la segunda raya para igualarlo. Y le agarró una estocada, pelín pasada. La gloria escenificó los estertores: Encendido rehuyó la madera y paso a paso, una vez que le habían quitado la espada- ¡oh, error, para haber recreado con exactitud la escultura completa de don Mariano Benlliure! buscó el platillo. La gente se volcó con toro y torero. Sebastián Castella no había desperdiciado ocasión durante toda la lidia de hacerse presente con ambición, desde las verónicas de saludo a las tafalleras del quite. Y en su continuo ataque había conseguido engrasar más de la mitad del cerrojo de la Puerta del Príncipe. Lo que pasó luego, y antes de luego, durante las tres horas, da para mucho. Porque el quinto de Jandilla saltó al ruedo dos veces: una cuando se equivocaron y se lo echaron a Rincón en primer lugar. Evidentemente César no debía lidiarlo: ir contra la suerte del sorteo es pecado. Pero los apoderados de Castella no quisieron que su pupilo abriese plaza. Así que salieron los cabestros y lo condujeron a los chiqueros de nuevo. Influyese o no- -yo creo que no- este quinto marcó más tarde clara querencia a toriles. Fue bronco, áspero y rajado. Y le frustró la ocasión de redondear la tarde a Castella. A César Rincón, además de lo narrado, se le notó espeso. El primero de verdad fue un toro mentiroso y complicado. Para exponer como hace quince años... El cuarto se mató contra el maldito burladero del 7 donde se revientan no pocos toros por los vuelos de los capotes que tardan en recogerse. Y el sobrero de Pereda hacía hilo, y el César colombiano no estuvo. Quien sí estuvo, y muy bien, fue Manzanares hijo con el zancudo sexto de Zalduendo, segundo parche de la incompleta corrida de Jandilla. Hace un año hubiera sido inconcebible esta actitud de quedarse, querer ligar y no aburrirse hasta exprimir el fondo noblón de su enemigo, que no humillaba por morfología. Faena básicamente diestra- -faltó abundar con la zurda- -y creciente. Los pases de pecho de pitón a rabo fueron cumbres. Y no digamos el torerísimo cierre de ayudados por alto de acento codillero y empaque hondo. La oreja fue de justicia, como también lo es recalcarle que con el apagado jandilla anterior debió apostar más con la zurda, que además era el pitón. Y no volver a perdonar un quite. Ése es el camino.